Por motivos prácticos, nos vemos a la hora del aperitivo en un hotel cercano a la estación de Chamartín, en Madrid. Se acaba de bajar del tren que la ha traído desde su domicilio en Valencia. Después, ha quedado a comer con una amiga, que la llevará, a las 16.30 a tomar el tren de vuelta a casa. Así es, o así parece, Carmen Arce Martínez. Una mujer que, a sus 70 años, no tiene prisa ni pausa. Quiere aprovechar, y disfrutar, cada minuto de una vida, la suya, que ella ve normal y cualquiera, desde fuera, extraordinaria. Pero estamos aquí, frente a frente, al lado de un señor, huésped del hotel, que asiste, callado y sin perder ripio, al fascinante relato de esta elocuente señora que, además, viene documentadísima. Antes de que me presente, es ella la que, casi, me canta mi currículo: “Los domingos eres vecina de página de Manuel Vicent, que es también valenciano. Cuando voy a hablar con alguien, trato antes de saber quién es, por respeto”. Qué señorío. Confieso que no conocía su historia. ¿Le duele no haber sido reconocida como futbolista? Verás, no es tan sencillo. Es cierto que, como futbolista, he sido muy desconocida hasta hace pocos años, pero en la oncología, como enfermera de esa especialidad que he sido, sí he sido reconocida. Tengo cierto prestigio: estudié en Michigan, trabajé e hice un máster en el Royal Mardsen Hospital de Inglaterra, he trabajado toda mi vida en el Instituto Valenciano de Oncología, donde, tan respetada he sido, que casi no me han dejado jubilarme. Pero, sí. Como futbolista, no lo he sido tanto. A nosotras nos apagaron como una vela con un vaso, la vida nos pasó por delante. En la película ‘Pioneras’, se sugiere que fue la Sección Femenina quien presionó para que la Federación no las reconociera como Selección Oficial. ¿Las peores machistas eran las mujeres? Bueno, es que eso no lo has vivido. Eran, digamos, el brazo femenino del Régimen. Pero no fue solo eso, sería injusto decirlo. La FIFA, a raíz de la Copa Mundial de Fútbol Femenino en 1971, viendo que las mujeres jugaban extraordinariamente bien al fútbol, reclutó a médicos que propagaron el bulo de que el fútbol afectaba a la capacidad reproductiva de las mujeres. Es cierto que nos maltrataron, pero el fútbol femenino en España ha sido maltratado históricamente. Hasta que la calidad, las victorias, la rebeldía de las chicas y la unidad entre ellas se ha impuesto. ¿Cómo le entró el veneno del fútbol en la Valencia de los últimos años sesenta? Mi padre era agricultor, teníamos una masía con naranjos y arrozales, y era muy aficionado. Mi hermano jugaba de portero en un equipo que se llamaba Don Bosco, y yo, a veces, cuando entrenaba, le sustituía en la portería. Fue mi padre quien vio un anuncio en Las Provincias en el que buscaban chicas de más de 12 años para jugar al fútbol y me animó, me presenté, quedamos unas 30, y me cogieron. Jugué cuatro temporadas, en el Racing de Valencia y en el Hércules de Alicante. Me llamaban Kubalita porque era rubita y me sacaron parecido a Kubala. El día que jugué el primer partido internacional con la Selección en La Condomina, sin escudo oficial porque no nos dejaban, cumplí 15 años. Llenábamos los campos, pero no nos reconocían. Quedamos 3-3 sin haber casi podido entrenar. A Concepción Sánchez, la delantera de aquella selección la llamaban Conchi ‘Amancio’ por el jugador homónimo. ¿No les molestaba que les pusieran alias de hombres? No, porque entonces estábamos tan obsesionadas con jugar que, con que nos dejaran, todo nos parecía bien. Y tampoco había otros referentes. Ahora, a mí me sabe mal que, todavía, a la máxima goleadora de la Liga femenina se le llame la pichichi, en honor a un jugador hombre, o que el premio a la mejor portera sea el Zamora, en honor a otro. Habría que inventar otros nombres, y de mujer. Ya toca. ¿Por qué dejó de jugar antes de los 20? Es injusto echarle toda la culpa a la Federación, o a la Sección Femenina. Todo eso es cierto, pero también la vida y las circunstancias, nos apagaron. No cobrábamos. No teníamos ni seguro cuando viajábamos. Pedimos equipaciones y nos dijeron que nos vistiéramos con trajes regionales, en mi caso, de fallera. Todo eso en una edad en la que unas tenían que trabajar, ayudar en casa, ver qué hacían con su vida. En mi caso, mi madre siempre estaba enferma. Se pasó cuatro años en el hospital, por una operación de cadera que no salió bien, y yo yendo y viniendo a cuidarla. Para mí, el rato de entrenar y jugar era mi evasión, cuando verdaderamente era yo. Entre eso, y que mi equipo se disolvió, lo dejé, y eso fue muy dramático para mí. ¿Por qué estudió enfermería? Yo lo que quería era trabajar. Entré de auxiliar en la farmacia, que no hacía falta título, en un hospital, y un doctor, viendo cómo atendía a la gente me animó a estudiar. En Valencia iba a abrir un gran hospital oncológico, y ahí fue donde empezó, digamos, mi segunda vida. ¿Qué hace falta para ser enfermera en una especialidad tan dura? Corazón y formación. Para ser una buena enfermera, sobre todo en oncología, donde tantas veces ves a la muerte, tienes que saber guardar la distancia justa. Sin quemarte, porque quemada no sirves; pero sin salir indemne, porque entonces no consuelas. Digamos que es como si te quemas con una vela: duele, pero sigues trabajando. Ten en cuenta que, en eso, también fui un poco pionera. Yo he hablado y conocido el cáncer cuando no lo llamaba por su nombre. ¿Arrastra secuelas? Nunca he estado quemada profesionalmente, más allá de ser consciente de que no hay medios suficientes, o personal para atender a los enfermos y a las familias como debiéramos. Pero sí me quedó para siempre el tener un concepto de servicio a los demás y el impulso de vivir la vida cada segundo, porque sé que de un momento a otro te puede cambiar de arriba abajo. ¿Por eso ha quedado a comer con una amiga entre viaje y viaje? Claro, me has cazado. Eso tiene que ver con aprovechar el tiempo y las oportunidades que te va poniendo la vida y sacarle lo bueno. ¿Tiene familia, hijos? Soy soltera, a mucha honra. Y tengo un hijo adoptado de 27 años al que adopté cuando él tenía 7 y yo 50, porque, antes, no podía. No podía adoptar un hijo entrando en el hospital a las 7 de la mañana y llegar a casa a las 9 de la noche, después de trabajar, de dar clases y de hacer mil cosas. ¿Por qué dice “a mucha honra”? Porque, en eso, también me salí del guion. Yo no fui pionera queriendo. Y no he sido soltera queriendo. Simplemente, mi profesión me absorbió de una manera tan dramática que no me veía casada. Tampoco encontré a la persona por la que dijera: “se acabó”. Cuando digo que soy soltera a mucha honra es porque no siento que me falte nada por no haberme casado. Igual ese coraje le viene de los tiempos del fútbol. Pues claro. Nunca, nada ha sido fácil. En el fútbol sufrí machismo. Pero es que en la oncología, en Inglaterra, en los años 80, yo era la única española, y ahí sufrí clasismo, por mi origen y porque no tenía un inglés perfecto. Me decían compañeras de Sudáfrica, o de Nueva Zelanda: “tú, por lo menos, como eres rubia y de ojos azules, si estás callada no te juzgan”. Enfrentó el reto de ser futbolista, el de la enfermería. Imagino que criar a un hijo sola a los 50 también lo ha sido. Por supuesto. Y una exigencia personal muy, muy grande. Criar y educar a un niño de 7 años que viene con una mochila a cuestas, cuesta mucho. Te pongo un ejemplo: durante mucho tiempo no se fiaba de mis comidas. Le ponía espaguetis, porque le encantaban, y yo comía pollo, y, entonces, él dejaba los espaguetis y me cogía el pollo. En la escuela, él pensaba que, con saber leer y escribir, bastaba. Me ha costado mucho que estudiara, hoy es técnico de rayos. ¿Y dice que su vida es normal? Bueno, dejémoslo en que he tenido una vida intensa. Robin me dice de broma: “Mamá, menos mal que no me pariste, al menos, eso que te ahorraste, porque todo lo demás lo has pasado”. No le falta razón.Se ha pasado la vida cuidando: a su madre, a los pacientes, a su hijo. ¿Y a usted, quien la cuida? Esa es una buena pregunta. Intento que mi trabajo, ahora, sea cuidarme yo, ponerme la primera, que no lo he hecho nunca, pero me cuesta muchísimo, porque, cuando me doy cuenta, ya estoy buscando alguien o algo a quien cuidar. En cuanto te descuidas, pones el foco en el otro. En ‘Pioneras’ se ve cómo hombres, y mujeres, llamaban ‘marimachos’ a las futbolistas, y se recrea una relación sentimental entre dos de ellas. ¿Cómo recuerda aquello? A algunas compañeras, sí las llamaban marimachos, sobre todo, cuando se jugaba en pueblos. A mí, igual porque era poca cosa, me decían guapa, o rubita. En nuestro equipo, había una compañera que tenía pareja. Pero tengo que decir que entonces, en el equipo, no se veía bien. Te estoy hablando de un momento en el que nosotras, después de los partidos, nos duchábamos vestidas por vergüenza de vernos desnudas entre nosotras. Teníamos esa mentalidad de lo estándar. Mi opinión es que, si dos personas se quieren, se quieren, y punto. Y ni todas las futbolistas son lesbianas ni todos los futbolistas son heterosexuales. Es obvio, pero hay que decirlo. ¿Qué siente cuando ve hoy a las futbolistas españolas triunfar? Es un honor y un orgullo. Yo he tenido la vida que he tenido y no la puedo cambiar, ni tampoco la cambiaría, pero sí lo siento como algo nuestro. Cuando vi a Alexia Putellas recoger el Balón de Oro, con el tatuaje de su padre, es como si fuera mi hija, y sé que es un sentimiento común a todas mis compañeras, porque lo comentamos en el chat que tenemos. Somos amigas para siempre. ¿Se siente un referente? A ver, es un orgullo y una responsabilidad. Vas a una escuela y eres todo lo que fuiste: para mí, es importante transmitir lo que represento: lo hago de corazón, y es auténtico. ¿Qué opina de esos futbolistas casi adolescentes multimillonarios endiosados en su burbuja? Mira, solo el 3% de los niños que empieza en el fútbol de manera más o menos formal va a vivir de esto. El problema es que los chicos creen que van a ser de ese 3% y las chicas, no. Por eso estudian y se preparan. A pesar de que ya hay chicas triunfadoras, guapísimas, y con dinero, tienen la cabeza más amueblada. Eso de ver lo que tienen alrededor y creerse los reyes del mundo, no lo van a tener. Nunca van a vivir en una burbuja. Defínase con tres palabras: Alegre, tenaz y amiga. Tengo una amiga canaria que me llama “la amiga de guardia”. Y es el mejor piropo que me han dicho nunca. PIONERA DE 'PIONERAS'Carmen Arce (Valencia, 70 años) era una niña cuando su padre vio un anuncio en el periódico Las Provincias pidiendo chicas de más de 12 años para jugar al fútbol y apuntó a su hija. Carmen jugaba tan bien que, a veces, sustituía a su hermano en su puesto de portero en el equipo Don Bosco. Por supuesto, la seleccionaron, y acabó siendo la primera portera de la primera Selección Española Femenina de Fútbol, que jugó su primer partido internacional en el estadio de La Condomina, contra Portugal, en 1971, el mismo día que Carmen cumplía 15 años. Quedaron 3-3, pero aquel resultado, como el partido, no figuró como oficial porque la Federación no consideró oportuno legalizar esa Selección hasta mucho después. Arce, que jugó cuatro temporadas, en el Rácing de Valencia y en el Hércules de Alicante, acabó, como casi todas sus compañeras, abandonando el fútbol "apagada" por el machismo de la época. Su vida, después, no fue, en absoluto, menos interesante. Hace cinco años que se jubiló después de toda una vida como enfermera de oncología. Otra vez pionera.