La pederastia clerical, el mayor escándalo reciente de la Iglesia española, no era uno de los temas centrales del viaje del Papa a España y, sin embargo, acabó teniendo una presencia destacada. No fue por decisión del Pontífice ni tampoco de los obispos españoles ―que marcaron la línea de no dar ningún protagonismo al problema―, sino por las víctimas, que señalaron el elefante en la habitación: ¿se encontraría con las asociaciones de afectados para afrontar la polémica gestión de la jerarquía eclesial? Todas las miradas estaban puestas en las primeras palabras de León XIV sobre el problema, pues marcarían la dirección de un discurso que aún no ha definido después de un año de pontificado. “Es una llaga todavía abierta”, dijo a este periódico durante el vuelo papal antes de aterrizar en Madrid, y confirmó que se encontraría con víctimas, pero que era “imposible recibir a todas”. Tres días después habló del tema ante los obispos, pero sin citar la palabra pederastia ni criticar el encubrimiento de los casos.El Papa abordó el asunto, pero a medias. Se limitó a lo mínimo y dejó en el aire aclarar qué hará con la pederastia en la Iglesia española. En realidad, aún sigue meditando cómo moverse en este terreno explosivo en toda la Iglesia, y desde luego en España no ha dado ninguna pista. Sigue siendo una cuestión pendiente. Aunque el mensaje de la Conferencia Episcopal Española (CEE) ya es que se trata de un asunto resuelto. La expectación era grande antes de su llegada. Su antecesor, el papa Francisco, había mirado para otro lado ante la gestión de la jerarquía eclesial española, que ha negado el problema, ha tapado denuncias, ha ocultado casos, ha manipulado cifras en su informe Para dar luz e, incluso, divulgó por error datos personales de 45 víctimas en internet.El pontífice argentino ni siquiera hizo declaraciones cuando el Defensor del Pueblo publicó su demoledor informe encomendado por el Congreso sobre la pederastia clerical, donde subrayaba la poca colaboración de una parte de los obispos y urgía a una reparación económica de los afectados. Los resultados situaban a España como el país con el cómputo de víctimas más alto del mundo: un 1,13% de la población adulta actual ha sufrido abusos en el ámbito religioso (440.000 personas), según una encuesta que formaba parte del estudio. Fue un silencio significativo, pues Francisco sí habló de otras investigaciones oficiales en otros países como Francia, Australia o Portugal. En su viaje a Irlanda en 2018, Jorge Bergoglio se refirió a los “crímenes repugnantes” de casi 500 curas pederastas y más de 1.000 denuncias que registraba el país y al “sufrimiento y vergüenza” que le causaban. En España, la contabilidad de este periódico eleva hoy los acusados a 1.632 y a más de 3.000 víctimas. Por eso, las asociaciones de víctimas tenían esperanza de que León XIV marcara la diferencia. Sin embargo, la organización indicó que no habría un encuentro oficial y, de haber algo, sería privado. Tampoco recibieron una propuesta para una cita a puerta cerrada, por lo que amenazaron con manifestarse ante la nunciatura durante la visita papal. Ante la polémica, el Vaticano salió al paso con un comunicado el día antes de la llegada de León XIV, anunciando un encuentro privado con afectados. Los representantes de asociaciones, los más críticos con la gestión de la Iglesia española, no recibieron una convocatoria, por lo que entendieron que se quedaban fuera. La nota era inaudita, pues la Santa Sede nunca ha informado antes de esos encuentros. La costumbre era hacerlo después. El mismo día de su llegada, durante el vuelo papal, a preguntas de este diario subrayó que seguiría trabajando para “instituir normas” para luchar contra esta lacra. EL PAÍS le entregó un pendrive con los seis informes enviados hasta ahora a la Iglesia española y el Vaticano, con más de 800 testimonios, y también la lista de 64 obispos y 26 superiores religiosos acusados de ocultar o encubrir casos. También el libro Padre Pica sobre el caso del jesuita español Alfonso Pedrajas en Bolivia, uno de los más graves destapados hasta ahora. Ya en España, el primer día, el Rey citó el problema en su discurso de bienvenida, alegando que el “dolor causado por los casos de abusos” debe repararse con “claridad y firmeza”. Es la primera vez en la historia que un monarca habla públicamente sobre la pederastia clerical, aunque las asociaciones de víctimas lo vieron como un movimiento para “blanquear a la Iglesia”. El Papa solo habló una vez de la cuestión ante los obispos, en la sede de la CEE. Dedicó un pequeño párrafo de su discurso de cuatro páginas a definir la pederastia como una “plaga” y pedir a los prelados que “cada persona herida debe poder encontrar escucha sincera, acogida, protección y caminos reales de sanación”. Se limitó a lo mínimo.El Papa no pronunció las palabras “abusos sexuales” o “víctimas”, aunque la referencia fue clara. Pero ese mismo día fuentes de la CEE comenzaron a difundir entre periodistas que el Pontífice había cometido un error y su intención no era decir “plaga”, sino “llaga”, por una errónea traducción del italiano. No obstante, las traducciones de los discursos en otras lenguas incorporaban esa palabra. Por otra parte, es competencia del Vaticano informar de estos fallos y no ha emitido ningún comunicado oficial.Esta maniobra de la CEE se suma a la valoración del secretario general de los obispos, César García Magán. Dijo a los medios en el tren de camino a Barcelona que la referencia de León XIV al escándalo era “un reconocimiento” a la gestión de la jerarquía española. Pero el Papa no la valoró en ningún momento. Marca una diferencia con el papa Francisco, pues el anterior nuncio en España, el filipino Bernardito Auza, siempre comunicó a los obispos españoles en sus intervenciones públicas que el Pontífice estaba contento por cómo la Iglesia española había afrontado el tema. León XIV tampoco criticó las malas prácticas o el encubrimiento. Más de una decena de los prelados que le escuchaban en la sede de la CEE han sido señalados de encubrir, tapar o silenciar casos de abusos. Es más, dos estaban sentados en la misma mesa del pontífice, los cardenales Antonio María Rouco Varela y Juan José Omella, arzobispo de Barcelona y uno de los anfitriones del viaje papal. Robert Prevost ya ha gestionado el problema de la pederastia del clero. En Perú, donde fue obispo en Chiclayo, puso en marcha la primera Comisión Nacional para la Protección de Menores. Y en 2024, siendo prefecto del Dicasterio de los Obispos en Roma, lideró la liquidación del grupo ultracatólico el Sodalicio con decenas de casos de abusos, se posicionó del lado de las víctimas, defendió a periodistas y se enfrentó a varias campañas mediáticas de desprestigio. Es decir, conoce perfectamente el problema, los mecanismos de la jerarquía eclesial para encubrirlo y sabe cómo afrontarlo.La breve mención del Papa a la cuestión durante su viaje a España va en consonancia con la postura que indicó en su primera entrevista tras ser elegido pontífice, con la periodista Elise Ann Allen, en su biografía León XIV: Ciudadano del mundo, misionero del siglo XXI (Debate). En ella, apunta que la gestión de los abusos “no puede convertirse en el foco central” del trabajo eclesial: “No podemos hacer que toda la Iglesia se centre exclusivamente en este tema, porque esa no sería una respuesta auténtica a lo que el mundo necesita en términos de la misión de la Iglesia”.“Las víctimas no son ‘una prioridad”Las críticas de las asociaciones no se quedaron en el rechazo de encontrarse con ellos, sino también en que León XIV acudiera a la abadía de Montserrat, uno de los focos del escándalo en Cataluña. Fue en este lugar donde surgió uno de los casos más graves de esta comunidad autónoma, destapado por este periódico en enero de 2019: los últimos tres abades del monasterio, los anteriores al actual, encubrieron abusos durante décadas y han surgido acusaciones contra tres frailes con al menos 15 víctimas.La omisión fue llamativa, pues Cataluña es el territorio donde más casos se han registrado en España: 236 acusados y al menos 506 víctimas (más del 14% de los conocidos), según los datos de EL PAÍS. Tampoco hizo ninguna referencia en Canarias. En Tenerife, el obispo Bernardo Álvarez admitió hace un año a una víctima que la diócesis había encubierto casos como el suyo metódicamente e incluso llegó a justificar a los sacerdotes pederastas diciendo que a él varios “chicos de 13 años” le habían “provocado”.Ciro Molina, el afectado presente en la conversación con Álvarez, ha escrito en varias ocasiones al Vaticano para poder reunirse con el Papa. También ha enviado una misiva a León XIV durante el viaje, donde lamenta que “quienes organizan su tiempo [el del pontífice] lo han desechado” porque, para la Iglesia, las víctimas no son “una prioridad“. Molina apunta a una clave: la voluntad de León XIV puede estar condicionada por la curia vaticana que gestiona su agenda y la comisión española que ha organizado el viaje. La opacidad es una seña de identidad de la Iglesia, especialmente si se trata del escándalo de la pederastia. Toca esperar qué camino seguirá ante el escándalo español: la inacción de Francisco o nuevas directrices o nombramientos para cambiar las cosas. El método de Prevost es escuchar, reflexionar, pero luego actuar de forma directa. Así lo hizo con el Sodalicio en Perú, pero el interrogante es si aplicará la misma línea en España.
León XIV deja en el aire qué hará con el escándalo de pederastia en la Iglesia española
El Papa se limita a lo mínimo al abordar el tema de los abusos en su viaje: lo define como “plaga”, pero no recibe a todas las asociaciones de víctimas







