Hay mañanas en las que el océano Pacífico no amanece en calma, sino impone su fuerza. El martes de esta semana fue una de ellas. Mientras el resto del país despertaba con la rutina habitual, en alta mar, a bordo de una pequeña embarcación de 21 pies, Antonio Flores y dos compañeros sintieron cómo el agua cambiaba a un ritmo fuerte e inusual. La tormenta Cristina no venía sola; traía consigo efectos indirectos que los pescadores artesanales de la aldea El Jiote, Pasaco, Jutiapa, no veían desde hacía un tiempo.
"Ese día pasamos 40 minutos esperando que nos diera el chance para entrar, porque eran olas que se chocaban de frente, de costado. A veces en cinco o 10 minutos logramos cruzar, pero ese día fue distinto", relató.
Por momentos, las olas eran tan altas que la costa desaparecía de la vista. "Cuando la ola pasaba, nos quedábamos en un vacío y ya no se miraba la tierra. Ahí notamos que esto no era normal", recordó.
"Permanecimos porque sabemos que así puede ser un día de trabajo, pero sin saber que sería lo último que pescaríamos, y no nos imaginábamos qué pasaba a la orilla de la playa; nos dimos cuenta hasta al regresar", agregó.
Encontraron agua donde normalmente hay arena seca. El mar se había desbordado hacia el estero, rompió barreras naturales y se metió en los hogares.











