“El último Messi”. Cuesta escribir esas trece letras. Trece, justamente trece: el número que rompe la armonía del doce, ese que gobierna los meses del año, los apóstoles, los signos del zodíaco y las horas del reloj. El doce parece hecho para cerrar ciclos; el trece, en cambio, para anunciar despedidas. Aunque 13 eran los años que el pequeño Lio tenía cuando le dieron la bienvenida en La Masía catalana del Barcelona. ¡Enhorabuena trece!

Aun así, hay algo que se resiste a ser tecleado: “el último Messi”.

Uno ya convivió con otros últimos: el último mohicano, el último trago, el último tango en París. Pero Messi nunca perteneció a esa familia de fin de línea. Messi siempre fue el primero. El primero en sorprender desde su estatura de pulgarcito come-gigantes, el primero en emocionar desde la modestia y en conmover simplemente siendo él mismo, el primero en convertir lo imposible en rutina y lo extraordinario en costumbre. Al menos en este singular siglo que nos toca atravesar, Messi es único. Por eso no hay “último Messi”. Los últimos pertenecen al cotidiano; los únicos, a la historia.

Hasta el idioma parece rehusarse a colocarlo detrás de una palabra tan definitiva. Suena extraño. Suena mal eso de ‘último’ asociado a Messi. Nadie habitó la excepción con tanta naturalidad desde que el mundo es digital, cloud, interconectado y smart. Nadie, en esta era donde casi todo se repite, se copia o se imita, la encarnó como su original espíritu de tímido chiquilín y atrevido de potrero, porque los originales, como él, aparecen con la frecuencia de los eclipses.