De mis notasNi los comentaristas, ni su propio entrenador, ni la Fifa, nadie le dijo adiós a Messi en su último mundial.

Terminó la final del Mundial 2026. España se quedó con la copa; Argentina se quedó con la sensación de que algo más grande que un resultado se cerraba esa noche.

Y, en el silencio que siguió, nadie dijo lo que todos sabíamos: que ahí, sacándose los botines por última vez en un mundial, se despedía el jugador que más le dio a este deporte en su historia reciente.

Ni el entrenador. Ni los comentaristas. Ni la organización que le deben media década de audiencia global. Nadie paró la maquinaria un segundo para decirlo en voz alta.

Y es que lo que hizo este jugador fue grande. Casi 20 años siendo el mejor del mundo —no el mejor de una temporada ni el mejor de una racha de buena suerte, sino el mejor récord sostenido, año tras año, con una regularidad que la propia crónica futbolera no siempre sabe cómo premiar—.