Cuentan que en un pequeño pueblo vivía un hombre muy humilde. Su casa era sencilla, su mesa nunca estaba llena y muchas veces no sabía cómo iba a llegar a fin de mes. Sin embargo, tenía una riqueza que pocos poseían: siempre había lugar para un invitado más.

Cuando alguien estaba solo, lo invitaba a compartir una comida. Cuando un vecino necesitaba ayuda, allí estaba él. Cuando alguien tenía un problema, encontraba en su casa una taza de té, un oído dispuesto a escuchar y una palabra de aliento.

A veces me pregunto qué significa realmente ser rico

Los años pasaron y, contra todo pronóstico, su situación cambió. Un negocio prosperó, luego otro, y aquel hombre pobre se convirtió en uno de los más ricos de la región. Su casa creció, sus tierras se multiplicaron y su nombre comenzó a ser conocido. Pero algo más también cambió.

Ya no tenía tiempo para escuchar. Las puertas que antes estaban abiertas comenzaron a cerrarse. Las personas dejaron de ser importantes y los números ocuparon su lugar. Sin darse cuenta, había pasado de mirar a los demás a mirarse solamente a sí mismo.