Luis de la Fuente, seleccionador español de fútbol, difícilmente ha oído hablar de Sarral. También es muy posible que Lamine, y la mayoría de internacionales catalanes del Barça, incluso los futbolistas de comarcas como Cubarsí o Joan García, no sepa que se trata de un municipio de la Conca de Barberà. A pesar de dominar la industria del alabastro, menos noticias tendrá del pueblo Rafael Louzán, presidente de la Federación Española, si antes no ha sido reportado por el vicepresidente Joan Soteras, máxima autoridad también de la Federación Catalana. No es fácil tampoco estar muy al corriente de una enfermedad como la de Huntington.La enfermedad, el fútbol, el alabastro y el sitio, en apariencia desconectados, tienen sorprendentemente un hilo en común del que tira sin parar Abert Esteller, una persona cuya madre y abuelo fueron víctimas de un trastorno hereditario al 50% y un sarralenc al que se le ha ocurrido la idea de organizar un partido con la selección española en Sarral para dar visibilidad y fomentar la concienciación social sobre el Huntington. El desafío no es ninguna quimera, sino que tiene un precedente documentado en papel y en una película que ha digitalizado personalmente, fotograma a fotograma, nada que ver con la tradición oral, y que remite a 1975.El domingo 27 de julio de aquel año, a las 17.00 horas, en plena solana veraniega, se celebró en el campo de tierra de Sarral, una localidad de unos 2.000 habitantes, cercana a Montblanc, un amistoso excepcional que enfrentó a dos equipos de 10 jugadores y acabó en empate después de la disputa de dos partes de 30 minutos: 3-3. Formaron con la camiseta verde: Iribar, Kubala, Gárate, Blasco, Irureta, Mingorance, Rojo I, Rexach, Sol y Mur, mientras que con la amarilla se alinearon: Solsona, Churruca, Quini, Biosca, Ramos, Capón, Migueli, Villar, Planas y Asensi. Y faltaron Violeta, Claramunt, Valdés, Jesús Martínez y José María.A excepción del Madrid, que se disculpó después de constatar el éxito de aquella insólita y arriesgada aventura en un escenario propio de un club de regional -por la cancha pelada, por los vestuarios habilitados en la escuela y por la utilización de las duchas de la piscina- los distintos clubes accedieron a ceder a sus internacionales para un encuentro que reunió a 3000 aficionados, después de disponer unas gradas supletorias, y en el que por supuesto jugó el seleccionador Ladislao Kubala. Así de generoso era Kubala, veraneante de Sarral por su amistad con Antón Miró Ricard, el hacedor de milagro que quiere repetir Esteller.Antón Miró, un payés hijo de Sarral, hizo fortuna en Barcelona a partir de 1952 y por su afición al fútbol intimó con algún directivo del FC Barcelona, sobre todo con el presidente Agustí Montal, y con Kubala. La capacidad de seducción de Miró no tenía límite si se tiene en cuenta que cada verano organizaba un partido de homenaje con un figura del Barça desde 1969. Sadurní, Eladio y Rexach desfilaron por Sarral. También acudió el presidente de la federación catalana y después española Pablo Porta y el entrenador azulgrana Rinus Michels. La fiesta fue in crescendo hasta el punto de rendir honores al propio Kubala en 1975.La cita adquirió una dimensión insospechada desde que Miró y su ayudante Antón Giné se empeñaron en convocar a los internacionales de la selección entrenada por Kubala. Viajaron a la concentración del equipo y se entrevistaron con los distintos presidentes de clubes para obtener el permiso oportuno sin más cebo que el surtido de regalos de alabastro salidos de los talleres de Sarral. Los jugadores aparecieron como si se tratara de un partido de clasificación mundial y aquel encuentro que parecía uno de tantos, propio de una fiesta mayor, resultó un éxito rotundo y con una amplia repercusión mediática, como constató Esteller.No es pariente de Miró, tampoco un mecenas, ni siquiera un hincha del fútbol, sino que Esteller se encontró con las páginas de fútbol vividas en Sarral cuando acudió a casa de Manuel Molas, que había sido secretario del ayuntamiento, en busca de documentación para montar una fiesta sonada de los Quintos. Esteller se convirtió desde entonces en una especie de sucesor de Miró con la diferencia de que antes de perseguir a unos futbolistas cada vez más distantes se ha puesto a compartir el proyecto con los periodistas: aspira a montar en el pueblo un partido a poder ser con la selección para dar a conocer la enfermedad de Huntington.También es conocido como el mal de San Vito. “Muy bien se podría decir que es la suma de tres enfermedades más: el Parkinson, el Alzhehimer i el ELA”, asevera Esteller, que antes de ser padre de Maria y Albert se sometió a unas pruebas diagnósticas para descartar que había heredado el trastorno neurodegenerativo que sufrieron su madre y su abuelo Jacint Potau. Aunque trabaja de contable en una conocida bodega de Barberà en tanto que técnico administrativo de formación, Albert cuida también el fin de semana de sus propios viñedos y se desvive por dar a conocer la enfermedad de Huntington.La aspiración es máxima y recurre a la redes sociales para que De la Fuente, Lamine y Louzán sepan de Sarral, y se pueda repetir el partido jugado hace algo más de 50 años. Igual no puede ser con la selección española y tiene que oficiar la catalana, o un equipo de los grandes que se muestre solidario con la causa, vete a saber, porque Albert Esteller no parará hasta poder organizar una cita que evoque la de Miró con Kubala. Nada mejor que el gancho de la Copa del Mundo para volver la mirada hacia Sarral.