Hay algo fascinante en que objetos ideados para llevar a cabo tareas tan mundanas como grapar un par de papeles, sacar un corcho o tostar una rebanada de pan hayan acabado convirtiéndose en codiciadas obras maestras del diseño que, además de encontrarse en muchos hogares y tener precios más o menos asequibles, se exponen en los museos de arte más reputados de todo el mundo. Es el caso de la mítica grapadora M5, creada por la firma vasca El Casco hace casi un siglo. Desde que saliera al mercado en 1932, este utensilio de papelería ha ocupado escritorios de directivos, jefes de Estado como Vladímir Putin o Andrés Pastrana, arquitectos y diseñadores internacionales. Definida por el diseñador Juli Capella como “el Rolls-Royce de las grapadoras”, la M5 forma parte de la colección permanente del MoMA de Nueva York y del DHub Barcelona. Décadas después, sigue a la venta en papelerías por algo más de 250 euros. Todo un logro para una herramienta cuya única función es juntar papeles.Pero, ¿cómo se ha convertido una grapadora en un icono del diseño? La respuesta está en su impecable fabricación. La primera grapadora M5 se comercializó en los años treinta y apenas ha cambiado desde entonces. Aquel fue un periodo especialmente fructífero para el diseño de calidad con vocación atemporal: antes de la invasión de los materiales plásticos y, por tanto, de que se generalizara la obsolescencia programada, el diseño de mediados del siglo XX se hacía con intención de durar y con el objetivo de encontrar la forma adecuada, el material perfecto y el diseño más eficaz. Cada pieza de la M5 tiene una razón de ser y cada mecanismo responde a una necesidad funcional. Su sistema de muelles logra que el accionamiento sea rápido y suave y la robustez de sus materiales garantiza que perdure durante décadas. La prueba es que hay ejemplares fabricados en los años setenta y ochenta que siguen funcionando perfectamente e incluso han pasado de padres a hijos. “De su aspecto formal, mecánico y con sus partes vistas, destaca el brazo y su práctico sistema de presión, mediante un muelle, que saca las grapas universales una tras otra”, añade Rossend Casanovas, conservador del Museu del Disseny especializado en diseño industrial.Esta filosofía conecta con algunas de las ideas que han definido el mejor diseño industrial del último siglo. A mediados del XX, Dieter Rams formuló sus célebres principios del “buen diseño”: un objeto debía ser útil, comprensible, honesto, duradero y coherente en todos sus detalles. Así ocurre con la M5, cuya belleza radica precisamente en su sencillez y eficacia. Esa misma idea aparece en las reflexiones que el diseñador británico Jasper Morrison compartió hace años con ICON Design: “Mi idea del diseño siempre ha partido de la vida cotidiana”. La afirmación parece escrita para la grapadora vasca. Porque la M5 no aspira a ser una obra de arte ni una pieza de colección. Su ambición es mucho más modesta y, precisamente por eso, más difícil: hacer extraordinariamente bien una tarea ordinaria. Morrison desarrolló esta filosofía en el concepto de Super Normal, creado junto a Naoto Fukasawa. Ambos defendían que los objetos mejor diseñados son tan eficaces que pasan desapercibidos. Una cafetera italiana, un vaso de comedor escolar o un cubo de plástico pueden contener más inteligencia de diseño que numerosos objetos firmados por autores célebres porque la realidad es que cuesta imaginar una versión mejor. La empresa vasca, que el próximo 17 de junio saldrá a subasta pública después de llevar años atravesando dificultadas económicas, empezó fabricando armas en el País Vasco, concretamente en Éibar, a comienzos de siglo XX y terminó creando artículos de escritorio tras la Guerra Civil. Los industriales Juan Olave Bilbao y Juan Solozábal Mendive, trabajadores de la fábrica armamentística, registraron la marca El Casco y pasaron de manufacturar revólveres a perforadoras de papel y sacapuntas con la misma maquinaria con la que producían armamento. Y en esta transición de las armas a la papelería se encuentra la clave del éxito de la M5. Como recordaría décadas después Jon Solozábal, nieto de uno de los fundadores, los primeros técnicos de la empresa tenían una obsesión: “Una grapa debería desfilar por la grapadora con la misma precisión que una bala por el cañón de un revólver”. Y aquella exigencia casi obsesiva terminó definiendo el producto. “La empresa orientó la producción hacia los objetos de escritorio de gama alta que, dicho sea de paso, se producían con igual precisión que un arma, todo ensamblado con tal meticulosidad que permite ser desmontada por completo, dado que en el ajuste de las piezas no se utiliza ninguna soldadura”, explica a ICON Design Casanovas. El metal pulido, la precisión del mecanismo y el sonido limpio que produce al grapar generan una satisfacción física difícil de describir. Gillian de Bono, periodista del Financial Times durante décadas, llegó a afirmar en 2017 en sección How I spend it (cómo lo gasto, en español) que nunca había disfrutado tanto al unir unos papeles. Una década después de estas declaraciones, la M5 sigue fascinando porque representa algo cada vez más valioso: la idea de que los objetos cotidianos merecen ser diseñados con inteligencia, precisión y respeto por quien los utiliza. Y casi un siglo después de su creación sigue siendo un icono porque demuestra que incluso el gesto más simple —grapar unas hojas— puede convertirse en una experiencia memorable si detrás de un objeto hay una combinación de ingeniería, artesanía y diseño.