Los europeos han recibido con alivio la caída de Viktor Orbán. Es probable que la Hungría de Peter Magyar siga siendo áspera y nacionalista, pero sin duda será menos corrupta y menos abiertamente hostil al proyecto europeo de lo que fue bajo su predecesor. Sin embargo, la llegada de Magyar también podría reavivar una disputa que había permanecido latente durante mucho tiempo gracias a la alianza entre Orbán y el primer ministro eslovaco Robert Fico: la complicada relación entre Eslovaquia y su minoría húngara. El peligro radica menos en el propio Magyar que en Fico, que afronta la reelección el próximo año y podría encontrar útil la agitación nacionalista en medio de unos problemas económicos cada vez mayores. Pero el nuevo líder húngaro, deseoso de reforzar sus propias credenciales nacionalistas en el ámbito interno, también ha provocado ocasionalmente las sensibilidades eslovacas. Esto importa más allá de la cuenca del Danubio: un nuevo episodio de antagonismo entre eslovacos y húngaros podría paralizar la cooperación regional y complicar la toma de decisiones en la Unión Europea. Para comprender por qué las relaciones podrían deteriorarse, es necesario entender hasta qué punto eran estrechos los vínculos entre Fico y Orbán. Coincidieron como primeros ministros durante ocho de los últimos dieciséis años. Si Fico amplificó la influencia de Orbán en Bruselas, ambos líderes también se ayudaron mutuamente a ganar elecciones en sus respectivos países. La televisión pública húngara, ampliamente seguida en el sur de Eslovaquia, donde se habla húngaro, ofrecía una cobertura muy favorable tanto a Fico como a Peter Pellegrini, presidente de Eslovaquia. A cambio, Fico toleró la práctica de Budapest de distribuir pasaportes a los húngaros étnicos residentes en Eslovaquia, muchos de los cuales votaban de forma abrumadora por Orbán en las elecciones húngaras. Para garantizar su lealtad, Budapest financió generosamente equipos deportivos y actividades culturales al otro lado de la frontera. La estrecha colaboración entre Orbán y Fico contribuyó a esconder bajo la alfombra disputas que nunca llegaron a resolverse. Eso duró hasta diciembre de 2025, cuando una cuestión largamente reprimida salió a la superficie, anticipando posibles problemas futuros. Los decretos Beneš La polémica de diciembre de 2025 giró en torno a los decretos Beneš, un vergonzoso conjunto de leyes de la Checoslovaquia de posguerra mediante las cuales los alemanes y húngaros étnicos fueron despojados de sus propiedades y expulsados del país bajo la acusación de haber colaborado con la agresión nazi. En medio del caos posterior a la guerra, los decretos nunca llegaron a aplicarse plenamente en Eslovaquia. Muchas de las propiedades destinadas a ser nacionalizadas nunca fueron confiscadas. Durante décadas, la cuestión permaneció latente. Eso cambió cuando el gobierno de Fico reactivó los decretos hace varios años para acelerar la construcción de una nueva autopista. Cientos de propiedades, valoradas en decenas de millones de euros, fueron expropiadas con el argumento de que deberían haber sido confiscadas décadas antes en virtud de los decretos Beneš. La reacción fue inmediata, especialmente entre los húngaros étnicos. Cuando Eslovaquia Progresista, el principal partido liberal de la oposición (del que el autor es vicepresidente), se opuso a esa práctica, Fico impulsó en diciembre de 2025 una legislación que criminalizaba las críticas a los decretos Beneš. La medida indignó a la mayoría de los húngaros tanto dentro de Eslovaquia como fuera del país, quienes consideran que esos decretos son reliquias indefendibles de un castigo colectivo basado en la pertenencia étnica. Los socios de coalición de Fico echaron aún más leña al fuego. Rudolf Huliak respondió a las críticas preguntando si los eslovacos necesitaban "volver a aprender húngaro". Un globo sonda para el nacionalismo A primera vista, las acciones del gobierno parecían poco características y contraproducentes. En diciembre de 2025, Orbán estaba inmerso en su campaña para la reelección. Las decisiones de Fico le obligaron a distanciarse de quien había sido hasta entonces su aliado. Además, brindaron a Magyar la oportunidad de acusar al gobierno de Orbán de no defender los derechos de los húngaros étnicos en Eslovaquia. Opinión Aún más perjudicial para Fico fue que el episodio alienó al principal partido que representa a la minoría húngara en Eslovaquia, que hasta entonces se había mostrado en términos generales favorable al gobierno. En la práctica, la formación cambió de bando, hasta el punto de que su líder llegó a intervenir en actos de la oposición. Esto es importante porque los húngaros étnicos, aunque cada vez menos numerosos, siguen siendo los votantes decisivos de Eslovaquia. Nunca ha existido un gobierno eslovaco no populista que no los tuviera en su coalición. Incluso Fico necesitó su apoyo para formar mayorías en el pasado. Sin embargo, lo que parece una torpe herida autoinfligida puede haber sido en realidad un ensayo de la campaña electoral de 2027 para Smer, el partido de Fico. Al igual que Orbán a principios de este año, Fico tiene pocos logros con los que presentarse ante los votantes. La economía se ha deteriorado bajo su mandato. La deuda pública está fuera de control. Las subidas de impuestos no han conseguido reducir el déficit presupuestario y, al mismo tiempo, han encarecido el coste laboral y reducido el atractivo del país para la inversión. En febrero de este año, Samsung anunció el cierre de su gigantesca fábrica en Eslovaquia. Cuando los argumentos económicos son débiles, el nacionalismo resulta una tentación. Al igual que Orbán, el primer ministro eslovaco podría optar por librar una campaña quijotesca contra una sucesión de enemigos en gran medida inventados, como Bruselas, Ucrania y —ahora— Hungría. Vista desde esta perspectiva, la polémica sobre los decretos Beneš no fue un error, sino una prueba para medir si el sentimiento antihúngaro sigue movilizando a los votantes. Los resultados son ambiguos. El bloque opositor ganó apoyo durante la controversia, pero algunos de los partidos más pequeños de la oposición se alinearon con el Gobierno, lo que sugiere que los viejos reflejos nacionalistas siguen siendo potencialmente útiles. La nueva Hungría Magyar ha gestionado esta cuestión de manera razonablemente acertada. Con buen criterio, ha evitado exigir la derogación total de los decretos Beneš, algo que provocaría un enorme caos jurídico en materia de derechos de propiedad no solo en Eslovaquia, sino también en la República Checa. Además, esa exigencia podría desencadenar reclamaciones por parte de Bratislava para obtener compensaciones por los daños causados durante la ocupación húngara de partes de Eslovaquia en la Segunda Guerra Mundial. En cambio, Magyar se ha limitado a instar a Bratislava a dejar de utilizar los decretos como base legal para las expropiaciones y a derogar la reciente ley que prohíbe criticarlos. Se trata de un objetivo sensato que comparte también la oposición eslovaca. Sin embargo, Magyar ha hecho referencia en repetidas ocasiones a Eslovaquia como "Felvidék", un antiguo término húngaro que significa "tierras altas" y que muchos eslovacos interpretan como una insinuación de que su país no es más que un apéndice de su vecino meridional, de mayor tamaño. Igualmente perjudicial fue su comentario de junio de 2026 según el cual Hungría es "el único país del mundo que limita consigo mismo", aludiendo a territorios de Eslovaquia, Serbia, Ucrania y Rumanía que en el pasado formaron parte del Reino de Hungría. Si Fico basa su campaña electoral en el sentimiento antihúngaro, existe el riesgo de que tanto Bratislava como Budapest conviertan las reuniones dentro de la Unión Europea en escenarios para utilizar el conflicto con fines políticos internos. Las consecuencias se dejarían sentir mucho más allá de sus propias fronteras. Opinión TE PUEDE INTERESAR La hora de los Estados eficaces Antonio García Maldonado El mandato del primer ministro eslovaco expira el próximo año. Si la oposición llega al poder, no bastará con rebajar la tensión. Derogar la ley que penaliza las críticas a los decretos Beneš sería relativamente sencillo. Más difícil será abordar los problemas económicos específicos del sur de Eslovaquia. Las deficientes conexiones ferroviarias y por carretera, así como el brote de una enfermedad que amenaza a la industria vinícola de la región, han alimentado el resentimiento de la población. Lo más complicado de todo será afrontar los capítulos más oscuros de la historia compartida entre eslovacos y húngaros. Eslovaquia Progresista ha pedido que ambos países trabajen para alcanzar una interpretación común de los episodios más divisivos de ese pasado. Un esfuerzo de esa naturaleza exigiría que Magyar mostrara una mayor sensibilidad hacia las preocupaciones de Eslovaquia. Si su ascenso coincide con un cambio de gobierno en ese país el próximo año, podría abrirse una oportunidad para dejar atrás la estrategia de ignorar los agravios mutuos y avanzar hacia una búsqueda honesta de una solución. * Este análisis ha sido publicado originalmente en el European Council Foreign Affairs (ECFR) por Tomáš Valášek con el título "Hungarian thaw, Slovak freeze: How the post-Orban era could chill relations on the Danube"
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El mandato del primer ministro eslovaco expira el próximo año. Si la oposición llega al poder, no bastará con rebajar la tensión









