El escándalo que rodea al jefe del Gabinete de Ministros argentino, Manuel Adorni, desbordó las peculiaridades de un caso sospechoso de corrupción administrativa. Está excediendo también el marco de la crisis política que provocó en el gobierno de Javier Milei. El affair Adorni se está convirtiendo en un mapa de las miserias de la vida pública de su país.Lo primero que llamó la atención en la conducta de Adorni fue su expansión patrimonial. Protagonista de una vida más que austera, el funcionario y su esposa, Bettina Angeletti, resolvieron satisfacer un inventario de consumos postergados en los primeros dos años de gestión. Cambiaron un apartamento modesto por otro menos modesto. Compraron una casa de descanso en un club de campo de segunda categoría y la mejoraron con arreglos que costaron más de 250.000 dólares, pagados sin factura. Viajaron con sus hijos al balneario uruguayo de Punta del Este en jet privado. Y también conocieron Aruba.Ninguna de esas adquisiciones y excursiones podría ser solventada con los ingresos declarados por la pareja. Más allá de las contradicciones en que Adorni incurrió al intentar justificar los gastos. No sólo había dicho que jamás se había tomado vacaciones. Para explicar la compra del departamento alegó haberse beneficiado por un préstamo de dos humildes jubiladas, las vendedoras, que tomaron al inmueble como garantía hipotecaria. Adorni quedó expuesto a una investigación penal. Debió dar explicaciones en el Congreso. Y está bajo la presión de la prensa, de la oposición y de varios compañeros de su propio gobierno para que presente la declaración jurada que aclare las rarezas de su vida material. Lo hizo el viernes pasado. Tres meses después de que comenzara la tormenta. Cometió tantos errores que logró que su comportamiento ya no llame la atención como un caso de corrupción sino como un caso de torpeza. Es decir, Adorni dejó en evidencia que, además de problemas morales, podría estar exhibiendo un déficit cognitivo.El responsable de la administración argentina, que había jurado ante los diputados y ante los periodistas que sus declaraciones de bienes no habían ocultado nada, admitió que había omitido declarar 300.000 dólares. Confesó que se había olvidado de esa suma, atesorada en criptomonedas. La inversión inicial era muy audaz: 200.000 dólares que hoy no se sabe de dónde salieron. Era todavía más osada, porque después de esa aclaración comenzó a circular un video del propio Adorni, fechado en la época en que habría efectuado ese envidiable negocio con bitcoins, diciendo que él desconocía por completo ese mercado.Adorni reveló también, contra lo que había declarado en el Congreso, que esos ahorros los había realizado “en negro”. Es decir, sin pagar impuestos. ¿Por qué esa irregularidad? Excusa: “No queríamos pagar impuestos a la vieja política”. Es decir, al kirchnerismo y su pésima gestión económica. Lo llamativo es que esos 200.000 dólares que pronto se convirtieron en 300.000 fueron acumulados durante el kirchnerismo.El funcionario agregó nuevas dudas a las que ya existían. ¿Cómo demostrar que esos dólares eran suyos, es decir, que no adquirió las cripto-claves de un tercero? Si tenía esos ahorros, ¿por qué se endeudó con las jubiladas? Si, como se sabe ahora, atesoró fondos desde hace, por lo menos, trece años, ¿por qué incurrió en la imprudencia de empezar a gastar cuando se convirtió en funcionario?Adorni tuvo tres meses para preparar su presentación. Pero durante ese lapso fue incapaz siquiera de repasar sus declaraciones públicas, de modo de evitar contradicciones. Esta desidia, que se pone de manifiesto en la baja calidad de los argumentos, confirma una característica muy marcada en el oficialismo de Milei. Se trata de un grupo de amateurs, muchos de los cuales jamás habían pasado por el Estado, y carecen por completo de cultura política. Esta particularidad se extiende a Milei y a su hermana Karina, poderosa secretaria general de la Presidencia y madrina de Adorni. Cada vez menos personas entienden porque los Milei se resisten a desprenderse de ese activo tóxico.Una hipótesis, cada vez más inconsistente, es que entregar la cabeza del jefe de Gabinete sería conceder un triunfo al encarnizado rival de Karina Milei dentro del Gobierno: Santiago Caputo. Es un asesor de campaña que, con la ínfima responsabilidad de un consultor que contrata sus servicios externos, maneja dos tercios del presupuesto nacional. En las últimas semanas en esas áreas estallaron numerosos casos en los que también se sospecha corrupción de gran escala. Caputo es el responsable de la imagen de la administración. Es evidente que no puso cuidado en la de Adorni.Algunas especulaciones sobre la resistencia de Milei a exonerar a su jefe de Gabinete son inquietantes. ¿El funcionario se enriqueció gracias a que le asignaron un sobresueldo “en negro”? ¿Es el único miembro del equipo que recibe esa compensación inconfesable? Aunque fuera así, el daño que este escándalo provoca en el oficialismo lleva a pensar que Adorni sobrevive por un solo motivo: la falta de experiencia política de Milei.Con independencia de la dudosa moralidad y de la indiscutible torpeza del jefe de Gabinete, su caso es un papel de tornasol que revela las enormes fisuras de todo un sistema. A Adorni se le sigue un proceso judicial en el juzgado federal de Ariel Lijo. Fue uno de los dos candidatos frustrados de Milei para cubrir dos vacantes de la Corte Suprema de Justicia. Lijo fue rechazado por una amplia mayoría del Senado, que lo consideró corrupto. Hace ya casi una década este juez fue sometido a un proceso de remoción en el Consejo de la Magistratura del que salió ileso por la protección política del gobierno de Mauricio Macri. En aquel entonces se lo señaló, entre muchas otras cosas, por ser dueño enmascarado de un haras de cría de caballos de carrera, que era la parte más desafiante de su nutridísimo patrimonio. Es muy posible que la imagen de Lijo sea mucho más repudiable por parte de la opinión pública que la de su justiciable Adorni.El otro frente con el que debe lidiar el debilitado jefe de Gabinete es el del Congreso. Allí la oposición más agresiva, la que más lo castiga, es la que responde a Cristina Kirchner. Es decir: es la que responde a una expresidenta que está sometida a prisión domiciliaria por el extraordinario desmanejo de los fondos destinados a la obra pública en su provincia, Santa Cruz. Es sólo uno de los expedientes que mortifican a Cristina. Kirchnerismo y corrupción han pasado a ser sinónimos. Es una ventaja para Adorni.La oposición aliada del Gobierno, que lidera Macri, ha censurado la conducta de Adorni. Pero no sumará sus votos para que el jefe de Gabinete sea sancionado por el Congreso, como prevé la Constitución. Macri ha dado razones políticas para ese apoyo. Pero podría haber también otros motivos. El jefe del bloque de Pro, el partido del expresidente, Cristian Ritondo, está siendo investigado en la Justicia por la sospecha de que adquirió propiedades por, al menos, 3 millones de dólares, en el estado de La Florida de los Estados Unidos. Además de controlar sociedades off shore en paraísos fiscales. Es decir: quien podría interpelar a Adorni equivale a tres Adornis.Este paisaje desalentador habla de un problema de largo alcance. Milei llegó al poder envuelto en una bandera: la denuncia de una casta corrupta y la promesa de limpiar la ciénaga. Al cabo de más de dos años de gestión, el elenco principal de figuras de la política argentina presenta, en los estudios de opinión, más imagen negativa que positiva. La dirigencia sigue estando impugnada. Milei no ha podido cumplir con el mandato que le dieron. Sólo falta que se piense que vino a agravar los males que debía reparar.