EL PAÍS ofrece en abierto la sección América Futura por su aporte informativo diario y global sobre desarrollo sostenible. Si quieres apoyar nuestro periodismo, suscríbete aquí. El 30 de mayo de 2026, en el Día de la Etnia Negra en Panamá, jóvenes afrodescendientes de toda América Latina y el Caribe se reunieron en la ciudad de Colón para firmar una declaración que hace evidente una realidad de sus comunidades: las desigualdades que enfrentan no son accidentales. Son el resultado directo del colonialismo, la esclavización y décadas de exclusión racial estructural. Esta declaratoria resume en una sola frase su motivación: “Las juventudes afrodescendientes no somos el futuro: somos el presente organizado, consciente y decidido a cambiar el rumbo de la historia”.Colón, la ciudad elegida como sede, resulta ilustrativa para las problemáticas tratadas en el evento, pues encarna la paradoja que el congreso buscó nombrar. Está junto al canal de Panamá, una de las arterias comerciales más importantes del mundo, pero sus aguas costeras están contaminadas, su infraestructura evidencia décadas de abandono y su población, mayoritariamente afrodescendiente, sufre las consecuencias. Según datos del Banco Mundial y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), 134 millones de personas se autodenominan afrodescendientes, el 21% de la población total de la región. Sin embargo, la invisibilización y la falta de representación aparecieron de manera recurrente en las intervenciones de los participantes consultados.Uno de los ejes centrales del encuentro fue precisamente esa brecha: no la participación simbólica (ser invitados a hablar o ser fotografiados en foros), sino la que deja huella en leyes y presupuestos. Carlos Carrasco Muro, comunicador social venezolano y activista afrodescendiente, lo expone con claridad: “Más allá del testimonio que se suele buscar de los jóvenes, lo que se quiere es que esa voz se traduzca en algún tipo de compromiso con los procesos políticos hacia las comunidades afrodescendientes”.Abel Aronátegui, director del Centro de Arte y Cultura de Colón, sede del congreso, coincide, pero señala también dónde está la oportunidad: “Hoy la participación existe, pero todavía es limitada en espacios donde realmente se definen políticas y presupuestos”.El contexto internacional le da peso a esta exigencia. Veinticinco años después de la Declaración de Durban, considerada el principal acuerdo internacional contra el racismo, los jóvenes afrodescendientes sostienen que la participación política sigue siendo una deuda pendiente en gran parte de la región, pese a medidas como las cuotas electorales y otras formas de inclusión que han propiciado apenas un ligero incremento en la participación.Desde Brasil, Ester Sena, asesora de Juventud en Geledés, Instituto da Mulher Negra, una de las organizaciones afrofeministas más importantes de América Latina, amplía el diagnóstico hacia los espacios globales y desmonta uno de los argumentos más usados para postergar el cambio: “No es que los países todavía no sepan quiénes somos. Algunos utilizan ese argumento para seguir ocultando las desigualdades raciales profundamente arraigadas en sus sociedades y, de esa manera, evitar asumir la reparación histórica que tienen con la población afrodescendiente”.El daño ambiental no golpea de la misma formaLa crisis climática ocupó un lugar destacado en los debates, y las voces consultadas coinciden en que sus comunidades la viven de una forma que las cifras generales no capturan. Según el Panorama Social de América Latina 2023 de la Cepal, las personas afrodescendientes están sobrerrepresentadas en los sectores de menor productividad, con mayores tasas de informalidad y en las mujeres esta situación se agrava aún más. Esa vulnerabilidad económica amplifica el impacto de los desastres climáticos.Al respecto, Carrasco pone como ejemplo lo que ocurre en Barlovento, en el estado venezolano de Miranda: una región de tradición cacaotera con fuerte presencia afrodescendiente que enfrenta simultáneamente mayor sequía y la contaminación del río Guaire (que atraviesa Caracas sin tratamiento y desemboca ahí). “Hay una agenda climática pendiente con la interseccionalidad afro que requiere urgencia”, dice. En México, Shirley Zamudio Beltrán, activista y licenciada en relaciones internacionales señala el mismo patrón en la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca: “Hemos tenido varios huracanes que han azotado pueblos que no tienen infraestructura para soportarlos. Hay inundaciones, pérdida de cosechas, de bienes, de pesca. Algunas comunidades se quedan completamente incomunicadas cuando llueve demasiado.” Y explica la raíz del problema: “Los pueblos que históricamente fueron segregados a espacios más inaccesibles, hoy, por consecuencia estructural, siguen siendo apartados del acceso al desarrollo”.La declaración firmada en Colón nombra este fenómeno con una categoría precisa: racismo ambiental. No es que el cambio climático afecte más a estas comunidades por azar geográfico, sino porque la ubicación histórica de esas comunidades es, en sí misma, el resultado de siglos de exclusión.Cuando el algoritmo también discriminaQuizás el punto más novedoso de la declaración fue la inclusión de la inteligencia artificial como un nuevo campo donde el racismo se reproduce. El documento exige marcos éticos y regulatorios que prevengan el “perfilamiento racial algorítmico” y pide investigar su impacto diferenciado en las juventudes afrodescendientes.La preocupación no surge de la nada. En 2024, la Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos advirtió sobre los riesgos de perfilamiento racial y otros sesgos discriminatorios en sistemas de inteligencia artificial.Zamudio Beltrán lo ilustra con una analogía directa: “¿Recuerdas cuando las cámaras fotográficas antiguas no distinguían bien los rasgos de una persona negra? Algo similar está pasando con la IA en reconocimiento facial. El algoritmo confunde a personas afrodescendientes con otras, las encasilla en que todas son iguales. Es un algoritmo racista”.Aronátegui, desde su territorio, confirma el patrón y apunta hacia dónde debe ir la solución: “En sistemas como reconocimiento facial o segmentación digital se reproducen sesgos por falta de diversidad en los datos y en quienes diseñan estas herramientas. La oportunidad es avanzar hacia una inteligencia artificial más inclusiva, donde las juventudes afrodescendientes también sean protagonistas en su diseño y desarrollo”.Para Carrasco, el problema de fondo es que hay muy pocas personas afrodescendientes dentro de las empresas tecnológicas que puedan corregir esos sesgos desde adentro. “Los datos que usan las aplicaciones de inteligencia artificial están basados en la información que generamos las personas y las instituciones. Si esa información es racializada, la IA la va a reproducir”.Lo que piden los jovenes afrolatinosAl final, las cuatro voces convergen en que los documentos no bastan sin mecanismos reales. Carrasco pide una participación política real, que sea vinculante también en ámbitos “ambientales y tecnológicos”; Zamudio Beltrán apunta a dos medidas específicas: protocolos obligatorios contra el acoso escolar racializado y la tipificación del racismo como crimen de odio en los códigos penales, con perspectiva interseccional para las víctimas. Por otro lado, Aronátegui propone una visión más estructural que impulse un programa nacional integral para juventudes afrodescendientes “que articule formación, acceso a empleo y participación en decisiones públicas”. Sena, por otro lado, introduce una dimensión que no se había nombrado con esta contundencia: zanjar la violencia policial como condición previa a cualquier otra agenda. “En Brasil, el número de jóvenes negros asesinados sigue siendo alarmantemente alto. No podemos discutir el futuro de las próximas generaciones mientras tantos jóvenes afrodescendientes aún luchan por el derecho básico de vivir.”