David France (Míchigan, 65 años) se instaló en Nueva York a comienzos de los años ochenta. Formaba parte del aluvión de gais y lesbianas que en esa época llegaron a la ciudad, como “una diáspora inversa”: “Habíamos nacido en el exilio, separados de los nuestros, pero nos reuníamos en un espacio que existía solo en nuestra imaginación”. Era 1981, el mismo año en el que el Centro de Control de Enfermedades (CDC) de EE UU notificó los primeros casos de una extraña neumonía. Todos eran hombres, jóvenes, y gais. France asistió a la propagación del virus del VIH y la eclosión de la pandemia de sida en uno de sus epicentros. También, a la lucha que sobrevino después para reclamar derechos para los afectados, pelear por la búsqueda de tratamientos, o hacer frente a una ola homofóbica. “Fue muy difícil adaptarse. Es un milagro que muchos hayamos sobrevivido”, explica en una entrevista por videollamada France, uno de los grandes narradores de la crisis del sida. Años después de vivir esa experiencia, France sintió que debía regresar a esa historia. Se planteó escribir un libro, pero el mundo editorial no mostró ningún interés. Acabó estrenando un documental: Cómo sobrevivir a una plaga, que en 2012 estuvo nominado a los Oscar. El éxito de ese trabajo le permitió, en 2016, convertirlo en un majestuoso ensayo, que ahora, por primera vez, se ha traducido al español (Cómo sobrevivir a una plaga. La historia de los activistas y científicos que consiguieron controlar el sida, editado por Capitán Swing y traducido por Alberto Sesmero). “Estoy muy emocionado de poder llegar a los lectores en español. Creo que el libro adquirió vigencia después de la covid y ahora, de nuevo, con la cuestión del hantavirus. Esa idea de los agentes infecciosos globales y misteriosos es hoy más relevante que nunca”, apunta. En su exhaustivo ensayo (de unas 800 páginas), que arranca con la identificación de los primeros casos de sida en Nueva York en 1981 ―indicadores de que el virus había empezado a circular de manera global― y culmina con la comercialización de los primeros antirretrovirales efectivos contra el virus, en 1996, recorre todas las facetas de una pandemia que dio forma al siglo XX. “En sus orígenes era una enfermedad tan estigmatizada que había hospitales en Nueva York que se negaban a admitir a personas con VIH. La gente acababa muriendo en sus casas o en taxis camino de Urgencias. Pasar de esa situación a la que narro al final del libro, unos 15 años después, supuso un cambio cultural enorme”, expresa. “Sin embargo, tuvieron que pasar otros tres lustros para que existiera la voluntad política de llevar esos medicamentos a quienes más los necesitaban [los países en vías de desarrollo]. No debería haber llevado tanto: millones de personas murieron en ese tiempo”, matiza. Un retraso que asocia con la homofobia. Actualmente, con medicamentos mucho más efectivos, y con menos efectos secundarios, las personas con VIH pueden llevar una vida normal, con una esperanza de vida similar a la del resto de población, además de hacer imposible el contagio. Aunque France considera que “todo esto elimina muchos de los aspectos que generaban reacciones tan horribles en el pasado”, lamenta que “el estigma perdure”. Hace unos meses, el actor y director español Eduardo Casanova se visibilizó como persona seropositiva (hecho en el que ha ahondado en el documental Sidosa). “Con odio no se puede vivir; con VIH, sí”, afirma Casanova en un momento del filme. “El VIH sigue cargando con cierto juicio moral”, añade France, “otras enfermedades de transmisión sexual no han sido tratadas con este nivel de desprecio”. De nuevo, la homofobia subyace en esa reacción. Aunque el virus en origen, en África, infectaba principalmente a personas heterosexuales; cuando llegó a Occidente encontró en los gais un blanco fácil. Solo unos años antes ―en 1978, tras los disturbios de Stonewall en EE UU― había comenzado una ola para reivindicar los derechos del colectivo. Las personas homosexuales habían comenzado a tener un poco de aire, a poder expresarse y relacionarse con un poco de libertad. La aparición del VIH fue instrumentalizada por los sectores más reaccionarios de la sociedad para intentar paralizar el movimiento. Su estrategia consistió en vincular el virus con la homosexualidad masculina: se alimentó el pánico moral y los estereotipos. Además, el Gobierno estadounidense, con el conservador Ronald Reagan al frente, ignoró por completo al VIH hasta 1987 y no fomentó la investigación al respecto. Ante esto, y viendo cómo no dejaba de morir gente, toda la comunidad queer se sintió interpelada a hacer algo: “No podías quedarte al margen. No conozco a nadie que no hiciera nada”, apunta el autor, “cada uno asumió su papel”. Así, en su ensayo aparecen médicos, enfermeras, abogados, chaperos, escritores, brokers, actores, periodistas… ciudadanos que acabaron movilizándose para cuidar de los infectados, además de impulsar los esfuerzos por controlar el virus. El rol de France fue el de cronista. “En The New York Times no hablaban sobre parejas homosexuales: las ignoraban y disfrazaban esas relaciones como si fueran de amistad. También tardó en abordar el VIH y la pandemia de sida”, apunta France, que escribió en diversas publicaciones gais y acabó haciéndolo para este periódico: “Durante mucho tiempo, los medios mainstream ni siquiera contrataban a personas queer. Sin embargo, hubo presión de los movimientos de base: exigían una mejor cobertura, y que los periodistas asumieran su responsabilidad ante una pandemia global”. Si la primera parte del libro explica la expansión del virus, del miedo, de la homofobia y de la muerte; en la segunda se centra en la lucha, el activismo y en la consolidación de organizaciones como ACT UP (AIDS Coalition to Unleash Power, coalición del sida para desatar el poder), que a través de la acción directa acabó convertida también en una referencia de la lucha LGTBIQ+.Cuando el sida apareció en EE UU, la reclamación de los derechos del colectivo acababa de iniciarse. “El primer objetivo fue reivindicar nuestra humanidad ante los gobiernos, la medicina o el mundo cultural. Carecíamos de protección laboral o habitacional [te podían echar del trabajo o de tu vivienda por ser gay]; las parejas homosexuales no tenían ningún tipo de reconocimiento ―con graves consecuencias para los viudos de la pandemia―, y ni siquiera se mencionaba la homofobia”, detalla France. “La comunidad tuvo que organizarse y aprender por sí misma. Eso contribuyó a avances extraordinarios: el sida produjo un impulso en el activismo queer”, concreta. La mayoría de la sociedad ignoraba el VIH y el sida porque “consideraban que era algo que solo afectaba a maricones”. Las personas heterosexuales se veían a sí mismas ajenas a esa realidad. Esa sensación de otredad permanece hoy: mientras que en España más de la mitad de las infecciones de VIH ocurren en hombres que tienen sexo con hombres; los casos de sida ―cuando el virus ha dominado el cuerpo del afectado― los lideran personas heterosexuales (una veintena el año pasado), pues se hacen muchas menos pruebas. “Los heteros están desconectados incluso de la historia: muchos se siguen sorprendiendo al leer el libro, al escuchar este relato, también los que vivieron esa época”, añade el autor.Otro de los asuntos que France aborda es el impacto psicológico de la epidemia, lo que define como “síndrome del superviviente del sida”. Algo que afectó tanto a los que contrajeron el virus como a los que, como él, no lo hicieron: “Hay culpa: ¿por qué sobrevivimos nosotros y otros no? Fueron 15 años de muertes masivas y constantes. Es un trauma profundo y duradero”. Esa experiencia vivida no solo impactó en las personas, sino también en las esencias del activismo ―con mensajes tan potentes y aún vigentes como “Silencio = Muerte”―, que para France se sustentó en una mezcla de “amor y rabia”. Amor hacia las personas que se infectaban, para cuidarlas y acompañarlas, y también para promover el sexo seguro y los cuidados. Rabia para luchar y apuntar a una sociedad que optaba por mirar hacia otro lado y que con su ignorancia sentenciaba a muerte a amigos, parejas, o familiares. “Esa pulsión amor-rabia sigue existiendo en la lucha”, añade el periodista. Además, afirma que ha tomado aún más fuerza desde el resurgimiento de políticas anti-LGTBIQ+ promovidas por la internacional reaccionaria, como las que aplica Vladímir Putin en Rusia, pero también Donald Trump en EE UU: “Pensábamos que la batalla de la igualdad y los derechos estaba ganada. No es así”.
David France, cronista del VIH: “El sida produjo un impulso enorme del activismo LGTBIQ+”
El periodista, que vivió y cubrió la pandemia en EE UU, publica en español un ensayo sobre el virus, la búsqueda de tratamientos y la lucha ante una sociedad homofóbica que miraba hacia otro lado











