Con su debut creativo en una producción televisiva, el director retoca un subgénero icónico para abordar, entre el drama y el humor, el estigma del sida

Eduardo Casanova (Madrid, 34 años) se disculpa desde la entrada. Le habría gustado, dice, tener algo más ordenada y ambientada su casa-oficina-museo-decorado, donde recibe a EL PAÍS en una mañana de noviembre. Aunque lleva año y medio instalado con su pareja en este pequeño adosado a las afueras de Madrid,

ata-link-track-dtm="">su actividad imparable apenas le deja tiempo. Cuesta creerlo porque su universo, tan reconocible, lo invade todo.

En las paredes y hornacinas del sótano donde trabaja conviven modelos anatómicos, dibujos de enfermedades venéreas, un pato disecado de dos cabezas, claquetas y carteles de sus proyectos, su colección de dentaduras, figuras vintage de La familia Monster y la prótesis de látex que Ana Polvorosa lució en Pieles (2017). Maricarmen, una gatita con cara de ewok, se esconde bajo un sofá rosa, color del que Casanova admite estar algo cansado. “Estoy en una fase más verde y sesentera”, comenta mientras se viste para la sesión de fotos, cuyo set montará con mimo su compañero. “La estética es fundamental”, insiste quien se define como “un guionista y director que a veces actúa por sus amigos”.