Noche del domingo, 17 de mayo. Tras una intensa jornada electoral, Ulisses Correia e Silva, primer ministro de Cabo Verde, telefonea al líder opositor y su rival en los comicios, Francisco Carvalho, para felicitarlo por su ajustada victoria, incluso antes de la publicación de los resultados. Mientras en África occidental acecha la inestabilidad y proliferan los golpes de Estado y las juntas militares, este país africano se prepara para protagonizar su cuarta alternancia pacífica en 35 años de democracia. Su pequeño tamaño, pero con una robusta diáspora sobre todo en EE UU y Europa, su particular historia, su tradición de consenso y su sólido régimen parlamentario se combinan para hacer de Cabo Verde un ejemplo de estabilidad.“El doctor Correia e Silva reaccionó con elegancia y sentido de Estado, una tradición bien arraigada en la democracia caboverdiana desde las primeras elecciones libres en 1991”, asegura el analista político David Leite, quien destaca varios factores históricos para entender este oasis de estabilidad. “Nunca hemos tenido conflictos armados ni luchas internas por riquezas que no poseemos. También tenemos un sentimiento de identidad nacional que es anterior a la independencia y que surge de una síntesis natural de pueblos y culturas sin conflictos étnicos, tribales o religiosos como los que ocurren en otros lugares”. A juicio de este diplomático y periodista, la inexistencia de fronteras terrestres que son frecuente objeto de disputas y guerras en otras latitudes es también una de sus ventajas.Tras diez años de gobiernos del liberal Movimiento por la Democracia (MpD), las recientes elecciones han otorgado una mayoría parlamentaria de 37 de los 72 diputados del Congreso al socialista Partido Africano por la Independencia de Cabo Verde (PAICV) y, por tanto, la responsabilidad de formar gobierno. Desde 1991, cuando se pasó de un régimen de partido único al multipartidismo, ambas fuerzas políticas se han ido alternando en el poder sin un solo sobresalto. De hecho, en los últimos cinco años han cohabitado sin mayores problemas un presidente de la República del PAICV, José María Neves, y un Gobierno del MpD liderado por Correia e Silva. Para la socióloga y politóloga Roselma Évora, la explicación hay que buscarla en la historia.“Contrariamente a lo sucedido en otras naciones, cuando Cabo Verde alcanzó la independencia de Portugal en 1975 se instauró un régimen parlamentario y no presidencialista que se mantuvo después con la llegada de la democracia. Sí, durante los 16 años siguientes hubo un periodo autoritario de partido único, pero existía una lógica de poder colegiado, una cierta división de poderes. La época colonial fue represiva, pero no hubo violencia generalizada ni guerra civil, lo que ha hecho que los militares no tengan presencia en los procesos decisorios. Siempre hemos tenido gobiernos civiles”, asegura la también profesora de Ciencias Políticas de la Universidad de Cabo Verde.La configuración poblacional de este archipiélago atlántico le otorga también una particularidad que le diferencia de otros países de África occidental. Dos terceras partes de los caboverdianos, un millón de personas, viven en el extranjero y conforman su robusta diáspora, mientras que en el interior del país hay apenas 530.000 habitantes. “Buena parte de los caboverdianos del exterior viven en Estados Unidos, Portugal y otros países europeos. Esto hace que la referencia para ellos sean democracias liberales consolidadas; incluso nuestra propia constitución es muy moderna, equiparable a las del norte global”, remacha Évora.El analista político João de Deus Carvalho coincide en destacar la fortaleza de la democracia caboverdiana, pero también percibe amenazas. “Las alternancias funcionan bien, pero el problema es la manera de ejercer el poder, que muchas veces es clientelar. En estos comicios, por ejemplo, ha habido denuncias de compra de votos y es una práctica que existe en los dos grandes partidos. Luego está la abstención, que ha sido superior al 50%, lo que, a mi juicio, evidencia que el sistema no satisface a los electores, que debe ser corregido”. Para Évora es una cuestión de “frustración y decepción de una sociedad que percibe que hay dos partidos que se alternan en el poder y no dejan mucho margen al resto, mientras existen graves problemas que generan descontento como la educación, el empleo, la salud de calidad o la seguridad”.Después de la pandemia de covid-19, que supuso un fuerte impacto para un país cuya principal industria es un turismo que representa el 20% de su PIB, la economía caboverdiana se recupera impulsada por la llegada de visitantes con tasas de crecimiento anuales superiores al 5%. Sin embargo, Cabo Verde mantiene una fuerte dependencia de sus socios internacionales, sobre todo la Unión Europea, y muchas personas se están quedando al margen de la bonanza económica. “La democracia caboverdiana es sólida y creo que es capaz de superar sus desafíos, pero la pobreza no ayuda ni los políticos que se aprovechan de ella y de la ignorancia de las personas necesitadas”, añade Leite en referencia a las acusaciones cruzadas de compra de votos.Carvalho recuerda que la lentitud del sistema judicial tampoco ayuda. “No solo es lenta, también es cara para el ciudadano medio. Urge una reforma”. En un Estado repartido por varias islas, otra de las grandes preocupaciones de los ciudadanos es el transporte. “El Estado no puede huir de su responsabilidad en esta materia porque vivimos en islas y, tras la privatización de los servicios aéreo y marítimo en los años noventa, se ha convertido en algo muy caro y deficiente”, asegura este experto. Sobre la mesa está también desde hace años la necesidad de una descentralización política y administrativa. Todo el poder está concentrado en Santiago, y otras islas, como Sao Vicente, reclaman transferencia de competencias que permitan un desarrollo más equilibrado.“Es un país pequeño, vulnerable, que no puede hacer grandes inversiones agrícolas y cuya principal actividad económica e ingresos dependen en gran medida del exterior, vía el turismo, las ayudas e inversiones internacionales y la diáspora”, remacha Évora. “Pero en estos 35 años de democracia, con todos nuestros problemas y desafíos, hemos demostrado que es posible vivir en paz. Nuestra transición negociada y el espíritu de consenso nos aportó estabilidad y una democracia formalmente sólida, pero necesitamos avanzar, por ejemplo, en cultura cívica y participación ciudadana. Y entender que el Estado no puede solucionarlo todo. Este es un cambio de mentalidad muy necesario”.
Cabo Verde, la rareza democrática de África
El archipiélago se encamina hacia su cuarta alternancia electoral pacífica en 35 años gracias a una cultura de consenso y un sólido régimen parlamentario








