Primero llegaron las vallas. Después, los guardias privados. Luego, los vídeos de vecinos empujados. En cuestión de días, Tirana empezó a llenarse de flamencos rosas de cartón, pancartas de “Ivanka, go home”. Y ahora, Albania vive una de las mayores protestas de su historia reciente. ¿Qué está pasando en el país balcánico? La respuesta corta es que un proyecto turístico de Jared Kushner e Ivanka Trump, el yerno y la hija del presidente de Estados Unidos, ha tocado demasiados nervios a la vez en la sociedad albanesa. El plan de la pareja tiene dos emplazamientos principales: la isla de Sazan y la zona costera de Zvërnec, junto a la laguna de Narta. Sazan estuvo cerrada al público durante décadas por su uso militar, lo que la mantuvo lejos de la fiebre inmobiliaria que ha devorado otros tramos de la costa adriática. La zona de Vjosa-Narta, por su parte, cuenta con un humedal clave para aves migratorias, tortugas bobas, focas monje y, sobre todo, los flamencos que se han convertido en el símbolo de las protestas. Kushner presentó sus planes para Albania en 2024 a través de Affinity Partners, su fondo de inversión. El yerno de Trump tenía buena parte del camino allanado por su relación con Edi Rama, primer ministro albanés desde 2013 y figura dominante de la política del país. Rama, un socialista furibundamente proestadounidense —como buena parte de la sociedad albanesa—, lleva tiempo haciendo del turismo una marca de Gobierno. El proyecto encaja con su gran apuesta de convertir la costa de su país en uno de los destinos premium del Mediterráneo. La operación se ha vendido como una de las mayores inversiones privadas de la región, con hoteles, villas y turismo de alta gama. En la opinión pública albanesa, sin embargo, la recepción ha sido desastrosa. El estallido llegó cuando empezaron los trabajos preparatorios en Zvërnec. Vecinos y activistas denunciaron la instalación de vallas en terrenos que consideran disputados o directamente suyos. Un asunto especialmente delicado en un país que arrastra, desde la caída del comunismo, un galimatías de registros de propiedad contradictorios, con miles de reclamaciones pendientes y litigios sobre la tierra. El 30 de mayo, una protesta local terminó con escenas de violencia entre manifestantes y guardias privados. Vídeos difundidos en redes mostraron a personal de seguridad empujando a un manifestante al suelo y arrastrándolo. Las imágenes corrieron como la espuma por redes sociales y transformaron una disputa local en un caso nacional. Desde entonces, las protestas se han extendido por Tirana y otras ciudades, con choques con la policía, cañones de agua y concentraciones ante la residencia del primer ministro. La diáspora albanesa también ha convocado actos en Bruselas, Berlín, Milán, Nueva York, Toronto y otras ciudades. Con el lema "Albania no está en venta", esta revolución de los flamencos —así ha sido bautizada— ha mutado en una impugnación más amplia al modo en que Albania está abriendo su litoral al capital extranjero y a los grandes empresarios del país. La chispa adecuada El proyecto de Kushner e Ivanka puede haber sido la chispa, pero el bidón de gasolina llevaba tiempo derramado en el suelo albanés. El Gobierno del país lleva años vendiendo una imagen de modernización acelerada: nuevas torres en Tirana, playas de moda, vuelos baratos, hoteles a mansalva, restaurantes llenos de turistas y la promesa de entrar en la Unión Europea en 2030. Rama ha construido buena parte de su poder sobre esa transformación. Un cartel durante una protesta en Tirana en el que aparecen, de izquierda a derecha, Ivanka Trump, Edi Rama, Jared Kushner y Benjamín Netanyahu. (EFE) Pero para muchos ciudadanos, el precio de este desarrollo a toda velocidad es cada vez más visible y los beneficios, dudosos. Gresa Hasa, investigadora doctoral en la Universidad de Graz y especialista en los Balcanes occidentales, considera que las protestas son únicas desde la caída del régimen socialista en 1991 porque apuntan tanto contra el Gobierno como contra la oposición tradicional. "Hay una sensación creciente de que el Estado ya no sirve al público, sino a poderosos intereses privados y políticos", resume Hasa en un análisis para la Fundación Rosa Luxemburgo. Muchos manifestantes consideran que todos los partidos han defendido, con matices, el mismo modelo de privatización acelerada, falta de transparencia y alianza entre políticos, empresarios y medios de comunicación. El caso del resort resulta, en este sentido, especialmente flagrante. La región de Vjosa-Narta recibió estatus de paisaje protegido en 2004 y su protección fue reforzada por la Ley de Áreas Protegidas de 2017. En 2024, el marco fue modificado para relajar restricciones a la construcción en determinadas zonas. El mismo año que fueron revelados los planes de Kushner e Ivanka. El proyecto también ha logrado avanzar a toda prisa gracias a que el Gobierno albanés concedió a Atlantic Incubation Partners —la compañía a cargo, vinculada al fondo de Kushner— el estatus de "inversor estratégico". Esta figura le permite beneficiarse de procedimientos acelerados y condiciones especiales. En Albania, el término "inversor estratégico se ha ido cargando de sospecha". Para muchos ciudadanos se trata de dar barra libre a cualquiera que se comprometa a desarrollar grandes proyectos, con menos preguntas, menos transparencia y más margen para que el poder político elija ganadores. Por si fuera poco, una investigación de la Balkan Investigative Reporting Network (BIRN) ha expuesto la cara más oscura del proyecto. Dentro del entramado aparecen empresarios investigados por presunta falsificación de documentos sobre propiedades costeras y también aparecen nombres señalados en el pasado por supuestos vínculos con el crimen organizado. Asimismo, destaca el rol de Shefqet Kastrati, uno de los grandes oligarcas de Albania, con intereses en combustibles, seguros, turismo, construcción y el aeropuerto de Tirana. El precedente regional, desde luego, no favorece a Kushner. En Serbia, Affinity Partners impulsó otro proyecto de lujo en el antiguo cuartel del Estado Mayor yugoslavo en Belgrado, bombardeado por la OTAN en 1999 y protegido durante años como patrimonio cultural. La operación, que pretendía levantar un complejo con hotel, apartamentos y oficinas bajo la marca Trump, exigía retirar esa protección y acabó entre protestas e investigaciones judiciales por presunto abuso de poder y falsificación de documentos. Kushner terminó retirándose en diciembre de 2025. El desarrollo tiene dos caras Lejos de mostrar prudencia ante las protestas, el primer ministro Rama ha denunciado una supuesta "guerra híbrida" organizada desde el extranjero y cargos de su partido han insinuado injerencias serbias, griegas o iraníes detrás de la revolución de los flamencos. En un episodio especialmente ridículo, un dirigente socialista utilizó la matrícula serbia de un coche visto en la protesta como prueba de interferencia (el vehículo pertenecía al director regional de Reuters). ¿Hasta dónde llegarán las manifestaciones? La movilización es horizontal, creativa y pacífica, con asambleas diarias, flores blancas entregadas a policías tras los cañones de agua y brigadas que limpian las calles al terminar las marchas. Sin embargo, Hasa advierte que convertir una protesta en poder organizado es otra cosa. Las pequeñas fuerzas que la apoyan —como el Movimiento Juntos, de izquierda, u otros partidos nuevos de centro derecha— tienen poca estructura y diferencias ideológicas notables. Pero quizás la importancia de la revolución de los flamencos no esté en si mañana cae un Gobierno o incluso si se logra paralizar el resort de los Trump. Está en que demuestra que el desarrollo acelerado de Albania también ha ido de la mano del desarrollo de su sociedad civil. “Los ciudadanos han superado el miedo y han encontrado el valor no solo para identificar las raíces del problema, sino también para imaginar un mundo diferente”, concluye Hasa.
La revolución de los flamencos: cómo un resort de los Trump ha incendiado Albania
Un macroproyecto turístico de Jared Kushner e Ivanka Trump en la costa albanesa ha convertido al flamenco en símbolo de una protesta contra la corrupción y la venta acelerada del Adriático














