“Albania no está en venta”. Ese es el grito de batalla que se ha apoderado de Tirana, la capital del país, durante las últimas dos semanas. Miles de personas han salido a las calles este jueves para protestar por duodécimo día consecutivo contra dos megaproyectos turísticos impulsados por Ivanka Trump y Jared Kushner, la hija y el yerno del presidente de Estados Unidos, en un rincón paradisíaco en la costa del mar Adriático. “Este es nuestro hogar y venimos a defenderlo”, afirma Ana Kodra, una manifestante de 22 años, que lleva atada a sus espaldas la bandera del país.Cada día a las seis de la tarde, miles de albaneses, la mayoría jóvenes, se congregan en la plaza de Skanderbeg, un coloso de 40.000 metros cuadrados en el corazón político y cultural de Tirana, para levantar la voz contra el plan que pretende convertir la isla de Sazan y la vecina península de Zvërnec, parte de una reserva ecológica protegida al suroeste del país, en la última sensación del turismo de sol y playa en el sur de Europa. Durante una entrevista la semana pasada, Ivanka Trump se refirió a la zona, uno de los ecosistemas salvajes más ricos de Albania, como una “hermosa isla privada en medio del Mediterráneo”. Las organizaciones ecologistas del país tienen una versión radicalmente distinta de la historia. Aseguran que el patrimonio de los albaneses está en riesgo y que los proyectos ponen en peligro a casi 250 especies de aves, entre ellas a varias colonias de flamencos, el símbolo de las protestas. “El desastre ambiental que está ocurriendo insulta nuestra dignidad como país”, afirma Ermal Progni, un voluntario de la asociación PPNEA, uno de los organizadores de las concentraciones, que lleva 12 días seguidos manifestándose en Tirana. La revolución de los flamencos, como se conoce a la ola de manifestaciones que ha puesto las miradas del mundo en este pequeño país a orillas del Adriático y como se lee en la camiseta que lleva puesta Progni, ya es considerada la protesta ambiental más importante del país desde la caída del régimen comunista en 1991. “Nunca imaginamos que una revolución fuera posible en nuestro país, ni siquiera que fuera posible pronunciar la palabra ‘revolución”, dice con cierto dejo de asombro y orgullo Progni, de 29 años, mientras arma un flamenco rosado de corcho blanco. Ahora, el movimiento va mucho más allá de los flamencos y ha convocado a participantes de todo el espectro político. Los manifestantes exigen la dimisión del primer ministro, Edi Rama, que gobierna desde 2013 y ganó con comodidad las elecciones del año pasado para garantizarse un cuarto mandato consecutivo en el poder. El líder socialista también encabeza junto a sus aliados una mayoría en el Parlamento que le permite hacer reformas constitucionales sin tener que negociar con la oposición. “Este es el momento de mayor peligro para Rama y su Gobierno en los últimos 13 años”, asegura Afrim Krasniqi, director del Instituto de Estudios Políticos, en Tirana. “Necesitamos un cambio, hay muchas cosas que no van bien en el país”, afirma Klevis Nikoli, un manifestante de 33 años, que sostiene una pancarta de unos cuatro metros de altura en la que se lee “Rama dimisión”. Poco antes de las siete de la noche, una marea de pancartas y consignas avanza lentamente para concentrarse frente a las oficinas del primer ministro, unos 800 metros más adelante.El líder albanés ha sido blanco de las críticas por minimizar las protestas, acusar a los medios internacionales de agitar “la histeria” y emprender una defensa férrea de los megaproyectos vinculados a la familia Trump y sus socios, que prometen una inversión de 4.000 millones de euros en el país, según su Gobierno. “Se ha convertido en su portavoz y no ha mostrado ningún interés en escuchar a su propia gente”, reseña Krasniqi. El analista sostiene que el mandatario albanés está tratando de ganarse el favor de la Casa Blanca, a pesar de que la Administración de Donald Trump no está formalmente vinculada al proyecto, y fortalecer la posición internacional de su Gobierno como un aliado confiable para Occidente. “Está tratando de decirle a Estados Unidos y otros gobiernos: ‘Si quieres algo en Albania, yo soy tu hombre”, agrega Krasniqi. Rama, en cambio, defiende que los hoteles de lujo son una oportunidad única y tendrán un efecto de derrama para el país, uno de los más pobres de Europa y donde el turismo representa más de una cuarta parte del PIB. No se sabe mucho de los proyectos en la isla de Sazan y en Zvërnec. En marzo de 2024, Kushner subió a su Instagram las primeras imágenes de sus planes en Albania, en las que se apreciaba una lujosa marina, enormes piscinas y espaciosas habitaciones de estilo futurista con vistas idílicas a las aguas color turquesa de la zona. La publicación apareció apenas una semana después de que entrara en vigor en el país una nueva ley que relajaba las restricciones para impulsar grandes proyectos turísticos de “cinco estrellas” y resorts de lujo en áreas protegidas, según el texto aprobado. Y en diciembre de ese año, el Gobierno albanés designó a una firma ligada a Affinity Partners, el fondo de inversiones del yerno de Trump, como “inversor estratégico” para el desarrollo en Sazan. En abril pasado, las organizaciones ecologistas denunciaron la presencia de excavadoras y la instalación de vallas y un campamento de construcción en Zvërnec, incluso antes de que se presentara una evaluación de impacto ambiental o se asignaran los permisos de obra. A mediados de mayo salió a la luz un vídeo que mostraba a guardias de una empresa de seguridad privada sometiendo a un habitante local que se oponía al proyecto. Las imágenes se hicieron virales y la indignación, también. La revolución de los flamencos es una respuesta directa a más de dos años de ira acumulada, pero también a lo que los manifestantes perciben como una forma de operar del establishment político de su país: la falta de transparencia, las promesas de progreso que parece que nunca llegan y el duro trato a quienes opinan distinto. Por eso, también piden la dimisión del líder de la oposición, el conservador Sali Berisha, que fue primer ministro de 2005 a 2013. “¡Rama a prisión, Berisha a prisión!”, ruge la multitud en Tirana, mientras suenan los silbatos, las palmas y los tambores. Los ánimos están a flor de piel, pero las protestas suelen desarrollarse pacíficamente.En medio del descontento ciudadano, la SPAK, una fiscalía especial contra la corrupción, ha abierto una investigación para determinar si hubo irregularidades alrededor de los megaproyectos. Además, los trabajos de construcción que habían sido denunciados se han paralizado. Rama llamó a la calma a la población y subrayó el fin de semana pasado que no había ningún proyecto en marcha. “Solo hay una visión y un plan: transformar a Albania en el destino turístico de alta gama más atractivo de este lado del mundo”, insistió el mandatario.“¡Revolución, revolución, revolución!“, corean los manifestantes pasadas las diez de la noche, mientras el colectivo inunda las calles del centro de Tirana, los vecinos salen a sus balcones y los taxistas hacen sonar sus bocinas. El clima político del país también ha obligado a que los inversores rompan poco a poco su silencio. Asher Abehsera, uno de los socios locales de Kushner, dijo que respeta a quienes se oponen, pero pidió a la ciudadanía un voto de confianza y no adelantar conclusiones hasta que se den a conocer todos los detalles, en una entrevista con The Wall Street Journal publicada esta semana.Las protestas han sembrado dudas sobre el futuro del proyecto. A finales del año pasado, Kushner dio marcha atrás en sus planes de construir un exclusivo complejo hotelero y de residencias de lujo en un antiguo cuartel militar en Belgrado, declarado monumento nacional. Las manifestaciones en la capital de Serbia frenaron esa inversión, que incluía la construcción de un rascacielos que iba a ser inaugurado como la Torre Trump, así como un escándalo que acabó por llevar a juicio al secretario de Cultura serbio, Nikola Selakovic, por supuestas irregularidades al permitir la construcción en una zona considerada como patrimonio del país. El yerno de Trump, que fundó Affinity Partners en 2021 tras amasar una extensa agenda de contactos como asesor y mano derecha durante la primera presidencia del magnate republicano, se ha mantenido al margen tras el estallido de la revolución de los flamencos en Albania. Tras el entusiasmo que mostró en un primer momento, Kushner ha bajado el perfil y no ha hecho declaraciones públicas sobre las protestas. La Casa Blanca y la familia Trump, sin embargo, han negado en múltiples ocasiones cualquier insinuación sobre posibles conflictos de interés.La plaza de Skanderbeg, que albergaba hasta principios de los noventa estatuas colosales de Iósif Stalin y el dictador Enver Hoxha, que gobernó el país con puño de hierro durante más de cuatro décadas (1941-1985), es ahora el escenario de quienes exigen que las cosas cambien en Albania, un país de menos de tres millones de habitantes a los que se suma una diáspora que supera los 2,2 millones, según datos oficiales. Es también la lucha de muchos jóvenes que exigen un mejor futuro y que ya no quieren irse por la falta de oportunidades, como Progni, que regresó hace seis meses tras vivir cuatro años en Alemania. “El futuro es de los flamencos”, se lee en una de las pancartas. Eso es lo que muchos consideran que está realmente en juego cuando levantan sus puños bajo el calor abrasador en Tirana, al margen de la atención internacional que detonó el interés de la familia Trump en sus tierras. “Me siento orgullosa de mi generación; los políticos dicen que nos quedamos en casa y que no hacemos nada… pues véanos ahora”, comenta sonriente Kodra.