Mostrarse vulnerable frente a los hijos no es especialmente agradable ni fácil de gestionar. Expresar emociones complicadas y dejar ver aspectos de uno mismo más negativos enfrenta casi siempre a la posibilidad de que un padre o una madre se sienta juzgado, herido o incluso rechazado por ellos. Pero, ¿debería ser así? ¿Qué significa exactamente mostrarse de forma más sensible o exponerse emocionalmente ante los hijos? ¿Es conveniente hacerlo cada vez que hay miedo, incertidumbre, tristeza o decepción, entre otras emociones? “Que exponga su vulnerabilidad hace que, como padre o madre, se baje de esa nube de que él nunca se equivoca, que siempre tiene razón y que, si grita o actúa mal, es porque él es el padre y el niño ha de callarse”, explica Ismael Issa, presidente de la Asociación Nacional de Psicólogos en Acción de España (ANPSA). Para este especialista, un progenitor que sabe mostrarse sin miedo al rechazo o al juicio tiene una autoestima sana: “Un adulto que se habla bien y se sabe cuidar se aleja de la ansiedad y el decaimiento. No tiene que demostrar nada; por ello, va a ser más sensible a las necesidades de sus hijos y contará con los recursos para que comprendan mejor sus emociones”.Si un niño ve a su madre llorar y le pregunta: “Mamá, ¿qué te pasa?”, y ella contesta: “Nada, hijo, está todo bien”, es una frase muy común y de la que los niños captan, en realidad, que no está nada bien. “La idea es estar presente para responder y atender primero a las propias emociones para que, después, desde ese sentir, se consiga conectar con los hijos y mostrar la vulnerabilidad”, apunta Isabel Pascual, psicóloga especialista en ansiedad y gestión de la vergüenza. “El buen camino no solo es estar disponible para el niño, sino también presente”, añade la experta. ”La presencia es prestarles atención, algo que percibe un niño inmediatamente”, añade. A partir de ahí, según Pascual, hay que estar disponible para atender emociones más vulnerables sobre algo que nos ha dejado huella o ante ciertas situaciones específicas. ¿Qué implica que un padre o una madre se muestre vulnerable?La vulnerabilidad implica permitirse ser visto de una manera que conlleva cierto riesgo emocional. Entre estas emociones se pueden incluir reconocer que hay miedo o incertidumbre, admitir errores, hablar de sentimientos dolorosos como tristeza o decepción, pedir ayuda cuando se necesita o compartir algo personal que importa mucho. “Algunas de estas situaciones en las que es recomendable mostrarse vulnerable con los hijos pueden ser las dificultades económicas, una mudanza o un despido en el trabajo, por ejemplo. Es muy positivo que todo esto sea transparente”, sostiene la psicóloga.Una investigación publicada en febrero de 2025 en la revista científica Springer Nature, titulada Autocompasión paterna y calidad del apego infantil, ya concluía que los padres con mayores niveles de autocompasión tienden a experimentar una mayor cercanía emocional con sus hijos y, por tanto, mantienen relaciones más saludables, aunque estos efectos se producen a través de diversos procesos psicológicos. “Por ejemplo, que los niños vean que los padres también se equivocan hace que se frustren menos y, al frustrarse menos, su autoestima sea mayor. Por lo tanto, se relacionan mejor con los demás y sus vínculos son más sanos”, explica Ismael Issa.Porque mostrarse vulnerable no significa necesariamente ser débil, sino que implica la disposición a exponerse emocionalmente a pesar de no poder controlar completamente cómo reaccionan los demás. “Que los padres mostremos que somos seres humanos y que nos equivocamos, si expresamos emociones de forma asertiva, esto será un referente para ellos y los niños van a enfadarse menos, van a resolver mejor los problemas en el colegio y en la vida, y adquirirán esas habilidades desde pequeños. Pueden convertirse en una especie de superhéroes emocionales y buenos profesores de vida si ven modelos con papás asertivos que saben expresar las emociones de forma adecuada”, continúa el presidente de la ANPSA.¿Dónde están los límites de la vulnerabilidad?El estudio de Springer Nature definía la autocompasión como la capacidad de tratarse a uno mismo con comprensión, paciencia y amabilidad; es decir, reconocer el dolor o la dificultad sin añadir capas de crítica o castigo. “Cuando un niño ve que su padre puede reconocer de forma asertiva que está triste, preocupado o frustrado sin avergonzarse de ello, aprende que las emociones son normales y que pueden gestionarse de manera saludable, y esto favorece la mentalización, ya que ayuda al niño a comprender que las personas tenemos pensamientos, emociones y necesidades internas”, expone Luis Guillén Plaza, psicólogo experto en terapia focalizada en la emoción en el Centro de Psicología Psicopartner.Sin embargo, la vulnerabilidad tiene límites. “El objetivo no es que el hijo cuide emocionalmente de sus padres. Un adulto puede compartir cómo se siente, pero sigue siendo él quien debe hacerse cargo de sus emociones. La diferencia está en el mensaje que recibe el niño. Por eso, el límite no está en mostrar emociones, sino en la carga emocional que se deposita sobre el menor”, prosigue Guillén. “Todo lo que aprende un niño constituye un ejemplo maravilloso, pero no se puede confundir vulnerabilidad con estructura, madurez y la seguridad que hay que ofrecer a los pequeños. No debemos compartirlo todo como si fueran amigos”, agrega por su parte Pascual.El límite consiste en que una emoción intensa no tiene por qué controlar la conducta. “El niño observa que una persona puede sentirse enfadada sin gritar, estar triste sin derrumbarse o preocupada sin perder el control. De esta forma, aprende a poner nombre a lo que siente, a pedir ayuda cuando la necesita y a expresar sus emociones sin vergüenza. Además, desarrolla una mayor capacidad de mentalización, es decir, de comprender que detrás de los comportamientos existen emociones, pensamientos y necesidades”, concluye Pascual.