Fue llegar el papa León XIV a Cataluña y se obró el milagro: Barcelona volvió a ser por un instante la de los Juegos Olímpicos de 1992. Es decir, aquella ciudad de la que toda España sacaba pecho con ilusión, donde el buenrollismo entre autoridades era más norma que excepción, con un jovencísimo príncipe Felipe portando la bandera española por el estadio olímpico de Montjuïc (hoy Lluís Companys). Esta vez, en cambio, fue la exhibición del nacionalismo catalán en su vertiente religiosa —con la canción del Virolai, la virgen de Montserrat (la Moreneta) y la obra de Antoni Gaudí— lo que impresionó, deslizando un retrato del tiempo político actual.Solo en esta Cataluña pos-procés podría entenderse la protesta de la portavoz de Junts, Míriam Nogueras, reclamando que el Papa hablara en catalán. Fracasado el sueño de independencia, al movimiento le ha entrado nostalgia de aquellos tiempos de construcción nacional de Jordi Pujol. La lengua vuelve así a ser la reivindicación principal para los afines a la ruptura, como premio de consolación por no haber logrado el Estado propio en 2017. Parte del éxito demoscópico de Sílvia Orriols precisamente consiste en hacer que Aliança Catalana se presente como la única formación capaz de recuperar las esencias de la catalanidad —discurso antiinmigración mediante—, apelando a un componente emocional que ni ERC ni Junts pueden satisfacer negociando fríamente competencias en Madrid, a veces de forma poco exitosa. Menos aún, mientras ambos partidos se sigan viendo como traidores que enterraron el procés a cambio de los indultos y la amnistía. No es que Aliança prometa de facto algo distinto al autonomismo de sus rivales, pero ofrece una vía de escape ante la frustración a través de la idea de nación. Sin embargo, la naturalidad con que el Papa introdujo el catalán durante su visita calmó hasta el irredentismo de Carles Puigdemont; no así a los cantantes que al parecer querían exhibir una estelada en la misa de la Sagrada Familia, demostrando hasta qué punto conviven aún en el sentir popular ciertos ecos de ruptura. Pese a ello, un destello de aquel orgullo perdido tras el 1 de octubre afloró ante la magnanimidad del coro musical que cerró la inauguración de la Torre de Jesús. A algunos observadores les sorprendió que, siendo Cataluña una región considerada políticamente muy woke, donde la CUP o los Comunes tienen más influencia social que votos, pudiera hacerse una exhibición que parecía de los tiempos de la vieja Convergència. De ese modo, existe una Barcelona que lucha por reencontrarse con su identidad o legado, y que volvió a estar en condiciones de disputarle la hegemonía a Madrid. En la búsqueda de esa grandeza económica se explica la victoria de un PSC que intenta atemperar la cuestión nacional, pero que si no ofrece resultados frente a las huelgas educativas y los fallos en Rodalies podría perder el poder. En el polo opuesto, Madrid ha hecho suya la globalización en su máximo nivel. El pequeño Miami de Isabel Díaz Ayuso reflejó ante el Pontífice su nueva realidad sociológica: algunos actos incorporaron tintes de cómo se vive también la fe al otro lado del Atlántico, con cierto aire evangélico. Con todo, las apelaciones del papa León XIV a la unidad acabaron teniendo una curiosa plasmación territorial. Las redes se han llenado estos días de comentarios de jóvenes creyentes, afines a Vox, reivindicando la Cataluña católica, donde la herencia de la catalanidad, e incluso el catalán como lengua, vuelve a verse como algo propio de la cultura española y no como un elemento ajeno o excluyente. Esa tímida pulsión lleva tiempo reflejándose en la ultraderecha española: Vox aparece hoy dividido generacionalmente entre sus representantes veteranos —como Juan Carlos Girauta o Hermann Tertsch—, defensores de la idea de la hispanidad; y los más jóvenes, de la línea del diputado Carlos Hernández Quero, quienes se oponen a cualquier concesión migratoria. Entre estos últimos, los hay que preferirían antes a un independentista que a un vecino que hable español, pero de otra nacionalidad. Una parte del electorado de las ultraderechas ya ha empezado a converger: Vox está incrementando su uso del catalán en el Parlament, asumiendo que a muchos de sus votantes les fascina Sílvia Orriols. En Madrid ya hay quien ve con lejanía, pero a la vez aprobación, esa confluencia de intereses de ambos partidos, quizás imaginando alguna especie de entendimiento a futuro.En definitiva, la visita de su Santidad deja nostalgia de aquella España en la que aún permanecía la ilusión por hacer cosas grandes, y no solo por una cuestión de religiosidad. Alzar durante un rato la mirada por encima del pimpampúm político ha permitido recuperar por unos instantes esa sensación de proyecto colectivo, de gente intentando lucir la tradición de su país, ahogando la fealdad de la polarización bajo la estética de lo celestial, la liturgia o la pertenencia a una comunidad. Austeridad, seny y patrimonio cultural se han hecho notar en Barcelona, casi como vestigios de unos años noventa que quedaron atrás. La pesadumbre es pensar que, a la que el Papa regrese al Vaticano, nuestra clase política volverá a 2026.
León XIV en la Barcelona del 92
La visita del Pontífice deja nostalgia de aquella España en la que aún permanecía la ilusión de hacer cosas grandes











