Sentada en un tranvía que serpentea desde las afueras de Zúrich (Suiza) hacia el centro de la ciudad, Katie M., de 72 años, pelo corto y cara seria, tiene claro su voto en el referéndum del próximo 14 de junio que decidirá si el país pone un límite de 10 millones a la población (ahora son 9,1 millones) en el horizonte de 2050: “Solo hay una respuesta para mí y es apoyar la iniciativa. Se construye demasiado, hay refugiados que delinquen. Los extranjeros que trabajan me parecen bien, pero los que no…”. Su acompañante no quiere pronunciarse, pero lleva una gorra con la bandera suiza con la que asiente en silencio. En el mismo vagón acaba de sentarse con su carro de la compra Ruth Senn, de 80 años y de la opinión contraria. “Es una propuesta extrema, no podemos aprobar eso. Tengo un médico nuevo, es alemán. ¿Qué haríamos sin los muchos especialistas y cuidadores extranjeros que trabajan en la sanidad?”, dice la mujer.Son los dos polos de un debate recurrente en el país. Desde 1970, cuando se desestimó en las urnas un plan para limitar al 10% la población extranjera, han sido numerosas las propuestas llevadas a referéndum para contener las entradas a un país que abrió las puertas a los inmigrantes en la posguerra mundial e impulsó con su trabajo parte de la actual riqueza de Suiza. En esta ocasión, el resultado se prevé ajustado, la inmigración divide de nuevo a los suizos después de dos décadas de fuerte crecimiento de la población total (1,7 millones de personas más desde 2002).El Partido Popular de Suiza (SVP/UDC en sus siglas en alemán y francés), que abandera la propuesta, ha convertido en su santo y seña el freno a la inmigración y al asilo, y a los acuerdos bilaterales con la UE, que dan al país un amplio acceso al mercado único sin estar en el club comunitario. Los populares son el primer grupo en el Parlamento (con un 30%) y con sus variadas iniciativas de referéndum sobre la cuestión migratoria y de asilo ―uno de sus objetivos favoritos, aunque los refugiados, a los que criminaliza, suponen el 12% de las entradas― marcan ese debate desde hace décadas. El sistema de democracia directa juega a su favor, ya que pueden llevar la discusión al voto con independencia del paso que marcan unas elecciones generales cada cuatro años. “Esa es la característica distintiva de Suiza: que los temas se politizan y se discuten realmente a través de iniciativas y votaciones, y no tanto a través de las elecciones, como ocurre en otros países”, apunta Fabio Wasserfallen, politólogo de la Universidad de Berna.Pero hasta ahora su éxito, al menos en las urnas, ha sido limitado: en 2010, la derecha populista logró por la mínima el apoyo a la expulsión de extranjeros condenados por delitos graves, y en 2014 dio la campanada ―también por escaso margen― con la idea de volver a imponer contingentes limitados de inmigrantes. El Parlamento descafeinó la decisión para evitar la ruptura con Bruselas y el acuerdo de libre circulación de personas acordado en 2002 y que ha llevado desde entonces a que se hayan instalado cerca de un millón de ciudadanos comunitarios en el país. De aprobarse, la propuesta del PP suizo exigiría medidas contra el asilo, la reunificación familiar y en algún momento romper el acuerdo de libre circulación con Bruselas. Su campaña tira de las emociones, apela a problemas cotidianos como trenes llenos, carreteras colapsadas, escasez de viviendas o la pérdida de la identidad entre tanto extranjero (algo más del 27% de la población). Con ello capta un sentimiento real de malestar latente en una parte de la población. La investigadora y vicedirectora del Foro Suizo de Estudios sobre Migración y Población de la Universidad de Neuchâtel, Denise Efionayi-Mäder, ya constató en un estudio en 2020 en ocho poblaciones de áreas metropolitanas esa inquietud y los argumentos que tanto se repiten estos días. “Se trataba de aglomeraciones que habían experimentado diversos cambios debido precisamente a cierta actividad constructora, al tráfico y a la llegada de nuevos residentes. Y donde el cambio era muy intenso y se produjo con rapidez, la gente se sentía realmente insegura o como un extraño” en su entorno, explica la socióloga en una conversación telefónica. “Y, naturalmente, una parte de esas personas lo achacaba a la inmigración”, con actitudes que van del rechazo al extranjero al racismo contra musulmanes o personas negras y asiáticas. “Pero también había quienes decían: sí, pero hay más transporte público, estamos mejor conectados y eso tiene sus ventajas; se están construyendo nuevas plazas de guardería y colegios”, cuenta la experta. Las quejas de que el país se sale de sus costuras se alimentan desde el SVP, que sabe cómo tocar esas teclas. “Son como detonantes que pueden explicar muchas cosas de forma sencilla. Por ejemplo, que hay muy pocas viviendas porque, naturalmente, los inmigrantes necesitan una, y luego también utilizan los servicios sanitarios u ocupan espacio en las piscinas o en los trenes. Este discurso lleva más de 100 años presente en Suiza y, una y otra vez, se vuelve a movilizar en mayor o menor medida”.Un discurso que Adrian B., de 72 años, comparte parcialmente sin las estridencias de las declaraciones de algunos populistas. “Tenemos relativamente mucha gente, se nota la densidad en la ciudad, los muchos idiomas que se oyen. A veces siente uno que no está en casa. Unos dicen que así tenemos una sociedad más variada, otros que lo típicamente suizo se queda relegado. Creo que hay que ir fijando una frontera al crecimiento. Hay gente que piensa que no es la solución [poner un tope a la población], pero si se aprueba la iniciativa, habrá una obligación de actuar”, afirma este jubilado mientras espera a una conocida en la estación central de Zúrich. Que algo debe hacerse, pero que la solución para el país no pasa por cerrarse en sí mismo, es una opinión que expresan varios entrevistados para este reportaje. Hay así gente que duda en un voto que divide a los partidarios del sí y del no. Entre estos últimos, están sin asomo de duda C. Schwarz (57 años) y su hija C. (de 24 años), que prefieren no figurar con el nombre completo. En un café de Zúrich, la primera considera que “la mezcla de gente es fructífera”, la segunda que los inmigrantes “han contribuido a dar forma al país” y hay gente que no quiere ver “que se benefician también” de su presencia.La inmigración en Suiza cuenta con segundas y terceras generaciones asentadas. En 2024, el 41% de la población residente mayor de 15 años tenía origen migrante. Aunque parte de la población no lo perciba así, “la integración es, en gran medida, una historia de éxito. El gran atractivo del dinámico mercado laboral favorece la inclusión” y contribuye para ello un sistema que “para superar los posibles obstáculos estructurales” busca “la participación mediante una rápida información, formación y cursos de idiomas” para los que llegan, afirma la socióloga de la Universidad de Neuchâtel. Así lo ve también un informe de 2025 de la OCDE, que considera que los resultados en la integración en Suiza “son buenos en comparación con otros países”, pese a que persisten problemas en el sistema escolar y el mercado laboral.Como en otros países del continente, la xenofobia y el racismo forman parte también del fenómeno y discurso migratorio. Según una encuesta de 2025 del Gobierno federal, aunque las relaciones con personas de otra nacionalidad son frecuentes y en general “armoniosas”, hay un tercio “que se siente molesto” con su presencia y se registra una tendencia al aumento de “actitudes xenófobas y hostiles”. En 2024, un 17% de la población indicó haber sufrido discriminación racista en los cinco años anteriores por su nacionalidad, color de piel, religión o procedencia étnica. La Red de Asistencia a Víctimas del Racismo evaluó en 2025 un total de 1.245 casos, un 3% más que el año anterior, pero eso son solo las situaciones denunciadas, “la punta del iceberg”, reconoce la Administración.“Las cifras son bastante similares en otros países europeos, pero durante mucho tiempo en Suiza ni siquiera se abordó el tema del racismo; se decía que eso no existía en el país de la Cruz Roja y los derechos humanos”, apunta Efionayi-Mäder.