Empieza el circo mundialista y David Beckham descubrirá este viernes su estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood. Es el guiño del imperio del entretenimiento a la Copa del Mundo, y casi el único. En el bulevar de los Oscar, entre saraos y buscavidas que imitan a Michael Jackson, hay que rastrear mucho para encontrar referencias a la gran cita del fútbol, pese a que a 20 kilómetros de allí Estados Unidos arranca su concurso contra Paraguay (madrugada del viernes al sábado, 3.00; DAZN). El Mundial levanta la persiana en Estados Unidos, en la ciudad de Los Ángeles, en el estadio SoFi y con la selección nacional, una mezcla que, lejos del colorín hollywoodiense, tiene miga en el momento político actual del país. La población californiana, una de las primeras que salieron a las calles hace un año contra las redadas de la policía migratoria (ICE) desplegada por Donald Trump, acoge el estreno de un equipo que, a la espera de ver qué hace en el césped, lo que sí refleja es la naturaleza interracial y mestiza del país. De los 26 convocados por Mauricio Pochettino, 12 son afroamericanos y tres, latinos. Un dato que coloca al presidente norteamericano ante la realidad del territorio que gobierna. Y, por si fuera poco, este debut se producirá en un recinto cuyos trabajadores han firmado un acuerdo con la empresa que les permite ir a la huelga si el ICE se despliega allí para realizar detenciones. En el SoFi Stadium, el más caro del mundo según el Libro Guinness (5.000 millones), es casi imposible dar un paso sin escuchar una palabra en castellano. Ubicado en Inglewood, al sur de la alfombra roja de Hollywood, sus empleados y la gente de paso representan bien la demografía de la ciudad, la segunda del mundo con más mexicanos. Allí se cuadrarán para el himno estadounidense, por ejemplo, Alejandro Zendejas y Ricardo Pepi, ambos delanteros de la selección estadounidense. El primero es originario de Ciudad Juárez (México) y desde los seis meses creció en El Paso (Texas), donde nació Pepi. A este, según ha confesado, siempre le tiró el Tri, por sus padres, mexicanos como los de Zendejas, pero al final fue el combinado de Estados Unidos el que mostró más interés por él. El tridente latino lo completa el centrocampista Cristian Roldán, de padre guatemalteco, madre salvadoreña y nacido cerca de Los Ángeles. “He sufrido bastante racismo, pero nada comparable al de la comunidad negra. Me importa mucho generar ese cambio”, proclamó hace un lustro, cuando se unió a una organización de jugadores negros de la Liga estadounidense (MLS). La incorporación de niños y jóvenes latinos en el circuito de captación de talento encuentra un obstáculo económico dentro del engranaje del soccer estadounidense. Para entrar en una academia, cada familia debe pagar entre 100 y 300 euros mensuales, un lastre, sobre todo, para los sectores más desfavorecidos, como este. Desde hace más de una década, en la federación nacional existen informes de técnicos alertando de que este canon resulta un problema en la detección de chicos de calidad, en especial, en las edades más tempranas. En el lado afroamericano de la selección, las historias de activismo son públicas, aunque habrá que ver si estas semanas también se expresan con el altavoz del Mundial en su país. Quizá, la más conocida haya sido la de Weston McKennie, el medio de la Juventus que hace cinco años llamó “ignorante y racista” a Trump en pleno movimiento Black Lives Matter. El pasado verano, eso sí, visitó la Casa Blanca con su club y no le regateó el saludo protocolario. En el centro de la defensa, Chris Richards, lleva tatuados a Martin Luther King, “una gran inspiración” para él, además de a Muhammad Ali y Barack Obama. Y del centro del campo hacia arriba se mueve Timothy Weah, cuyo padre, el Balón de Oro liberiano George Weah, fue víctima, según denunció, de “la enfermedad del racismo” cuando era jugador. Su hijo, atacante del Marsella, ha sido de los pocos que se han quejado por el precio de las entradas.Aunque ricos y libres de las amenazas del ICE, ellos también son una muestra del país de migrantes que es Estados Unidos. El zaguero Mark McKenzie, nacido en el Bronx, es de padre jamaicano; el punta Folarin Balagun tiene progenitores nigerianos; y el delantero Haji Wright, ascendencia liberiana y ghanesa. Todos debutan en Los Ángeles, una de las ciudades a las que Trump envió hace un año miles de soldados ante las protestas contra las redadas migratorias y donde la alcaldesa demócrata (Karen Bass) decretó siete noches de toque de queda para frenar los incidentes. Aquellos días de tensión, de hecho, alteraron la agenda del Mundial de Clubes. Hoy el Downtown de la capital angelina parece respirar más tranquilo. El nerviosismo se localiza en los 2.000 empleados del SoFi Stadium, que, además de peticiones salariales, han conseguido de la empresa la garantía de que pueden ir a la huelga si se producen redadas migratorias. El que ha evitado hasta ahora cualquier posicionamiento es el seleccionador, Mauricio Pochettino. “No somos políticos. Nuestra responsabilidad es jugar”, zanjó.