11 de junio, 2026 - 06h30El término república se refiere al poder fraccionado, responsable, sometido a la constitución y a la ley. Es el concepto del poder separado de la persona. Es lo opuesto al caudillismo y lo contrario a la opacidad. Es la forma en que los valores se traducen en instituciones, en que la decisión de cada hombre se transforma en fuente de las potestades públicas, en que la legitimidad está vinculada con la fuerza moral para mandar. Y, por cierto, la república es la negación de la arbitrariedad, y es el sistema en que cada sujeto es considerado como ciudadano, es decir, como militante de la civilidad.Pero república se convierte en palabra vana, en tópico sin sustancia, en retórica cuando las instituciones pierden su función, cuando el principio de autoridad se ausenta, cuando los sentimientos generales son la desconfianza, la impotencia y el miedo. La república como idea, como aspiración, se opaca y se diluye si la ley está hecha de modo que consagre la injusticia, si los fallos no traducen la sensata interpretación del sentido de servicio, que es la única razón para que el poder se explique y la política sea funcional a la sociedad civil.La república requiere de muchas cosas, como instituciones, estructuras racionales ancladas en los valores de la gente, que hagan posible el ejercicio de los derechos individuales; requiere legalidad efectiva, es decir, ley eficaz a la que ni la incompetencia ni la corrupción anulen. Además, la república requiere y necesita, para escapar de la retórica, que se restaure la seguridad personal y jurídica, y que las demandas razonables se entiendan como la fe en la ley y la expresión de la esperanza en decisiones justas, legales y motivadas; que las acciones de los órganos del Estado devuelvan la confianza; que la talla de los jueces haga posible que se le diga no al miedo, no a la desesperanza, no a la arbitrariedad. Que las decisiones públicas sean capaces de restaurar la idea de que la democracia es una forma de vida en la que opera la tolerancia, pero también la justicia, y que no es solamente un evento electoral o un tema de poder; que es sentido común, que es paz, que es responsabilidad pública.El reto, entonces, es asumir que república, legalidad y democracia dejen de ser palabras vacías, estribillos de políticos, abogados, analistas o candidatos, que no sean solo titulares de prensa, ni declaración insustancial de una constitución inútil; que sean ideas y sentimientos que encarnen en los ciudadanos. Eso implica, además, que todos los ciudadanos recibamos cada día el testimonio concreto del valor efectivo de vivir en un Estado de derecho, y que, más allá de las malas noticias, de los sustos y las negaciones, esa república tantas veces repetida llegue a la casa de cada cual, nos ilustre y civilice, y que de ese modo todos entendamos que la única forma en que el poder se justifica es con el servicio, que el poder no es solo mando, que es seguridad, eficacia y justicia. Y que todo eso tiene que ver con el interés concreto y legítimo de cada persona. (O)
Fabián Corral B.: Esto de la república | Columnistas | Opinión
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