En 1994, Javier Pradera, que fue uno de los pilares intelectuales de la izquierda española y de El País durante los primeros años de la democracia, escribió un libro sobre la corrupción. En ese momento ya habían estallado las grandes corruptelas del PSOE, y Pradera estaba desolado. ¿Cómo era posible que socialistas que "iniciaron sus actividades como opositores al franquismo y sufrieron cárcel y persecución" pudieran acabar así? ¿Por qué el Partido Socialista, que había llegado al poder prometiendo honradez, estaba incurriendo en esas prácticas? Pradera quería entender lo que había pasado. Porque se había comprometido profesional y moralmente con el felipismo. El libro era un ensayo serio y desapasionado, pero estaba motivado por un dolor muy particular: el que produce ver cómo se corrompen los tuyos. Pero Pradera decidió no publicar ese libro. De hecho, parece que nadie sabía que existía. A su muerte, en 2011, se encontró en un cajón entre sus papeles, y se publicó de manera póstuma con el título Corrupción y política. Los costes de la democracia. El editor del libro, el profesor y columnista de El País Fernando Vallespín, afirmaba en el prólogo que no se conocían las razones por las que abandonó ese proyecto. Pero Jordi Gracia, el biógrafo de Javier Pradera, y en la década pasada también un influyente pilar intelectual del PSOE y El País, no tenía dudas. Pradera no lo había publicado porque, por muy desmoralizado que estuviera, no quería convertirse en "antisocialista". Podía criticar a Felipe, pero no ir contra él. "Por eso —dijo Gracia en una entrevista— debió aplazar la publicación de su formidable libro sobre la corrupción". Se trata de un episodio muy elocuente. Y explica buena parte de lo que estamos viendo hoy. Pradera criticaba sin piedad a quien fuera, era capaz de ponerse a gritar en mitad de una cena por una pequeña diferencia de opinión, se deprimía y encolerizaba ante el menor error político y moral que no estuviera a la altura de sus muy elevadas exigencias. Pero tenía una línea roja que nunca osó cruzar: la lealtad hacia el PSOE. Pasara lo que pasara, él iba a ser fiel al PSOE. Si consideraba que sus críticas servían al partido para corregirse o mejorar, le criticaría. Pero no lo haría nunca si eso podía contribuir a que perdiera el poder. Lo más cerca que estuvo de cruzar esa línea roja fue ese libro de denuncia de la corrupción, escrito cuando el felipismo ya estaba condenado. Pero incluso en ese caso, se frenó. Prefirió dejarlo en un cajón. Una cosa era decirle a Felipe que lo estaba haciendo mal. Otra muy diferente era contribuir a que gobernara la derecha. Los herederos de Pradera en el periodismo español de izquierdas son, por lo general, menos listos que él. Pero mantienen esa misma actitud. Los más honestos reconocen en privado que el caso Leire, las mordidas de Cerdán, las novias a sueldo de Ábalos, el triste papel como lobista de José Luis Rodríguez Zapatero y el comportamiento poco ético del hermano y la esposa de Pedro Sánchez no tienen perdón. Incluso la Cadena Ser y El País informan de ello, tras años mostrando desprecio hacia los medios que destaparon esos casos. Pero aunque acepten que la crisis moral del partido y del Gobierno es intolerable, no quieren cruzar la línea roja de Pradera. Uno puede criticar al PSOE, pero no hasta el punto de contribuir a que pierda el poder. La izquierda no puede hacer nada que sea tan grave, piensan, que justifique un gobierno de la derecha. Opinión Por eso muchos de ellos siguen buscando argumentos para matizar toda esa corrupción. Es casi conmovedor ver cómo los tertulianos alineados, los columnistas de pequeños medios de izquierdas o el grotesco infotainment de Televisión Española siguen insistiendo en que, por aborrecible que sea todo esto, la culpa es de los jueces y, además, peor es el PP. Algunos de sus argumentos pueden ser atendibles. Pero, por lo general, tratan de ocultar el mismo conflicto moral que experimentó Pradera: puedes ver con tus propios ojos la corrupción y la decadencia del Gobierno, incluso puedes hablar de ello y puede desgarrarte, pero tu lealtad al poder de izquierdas en general, y al PSOE en particular, debe estar por encima de todo. En contra de lo que creen muchos, esta lealtad, que resulta incomprensible a quienes no tenemos ningún instinto partidista, no solo la explican el dinero, los puestos de trabajo y el prestigio. Esa gente, como Pradera, no es deshonesta ni corrupta. Cree de verdad en lo que dice. Ha convertido el apoyo al poder en una religión. Porque considera que ese es su cometido personal y su compromiso generacional. Porque cree que el periodismo no tiene que ver con la verdad, sino con la oportunidad política. Porque ha interiorizado que, por inmoral o torpe que sea lo que haga la izquierda, siempre será mejor que un Gobierno que no sea de izquierdas. Pradera, con su asombrosa inteligencia, lo concibió así en las primeras décadas de la democracia. Sus herederos han decidido seguir ese temerario camino. En 1994, Javier Pradera, que fue uno de los pilares intelectuales de la izquierda española y de El País durante los primeros años de la democracia, escribió un libro sobre la corrupción. En ese momento ya habían estallado las grandes corruptelas del PSOE, y Pradera estaba desolado. ¿Cómo era posible que socialistas que "iniciaron sus actividades como opositores al franquismo y sufrieron cárcel y persecución" pudieran acabar así? ¿Por qué el Partido Socialista, que había llegado al poder prometiendo honradez, estaba incurriendo en esas prácticas? Pradera quería entender lo que había pasado. Porque se había comprometido profesional y moralmente con el felipismo. El libro era un ensayo serio y desapasionado, pero estaba motivado por un dolor muy particular: el que produce ver cómo se corrompen los tuyos.