León XIV, en su intervención ante las Cortes Generales del pasado lunes día 8, se refirió al cuidado del lenguaje y ponderó cómo la palabra puede ser el camino del entendimiento y la concordia, pero también la pendiente deslizante hacia el enfrentamiento y el encono.El hemiciclo, que acogía esa mañana a los diputados y senadores, escuchaba con respeto y atención esmerada. Era notorio el contraste con tantas sesiones plenarias, seguidas desde la tribuna de Prensa, caracterizadas por la bronca; donde hasta los aplausos sirven de munición, donde diputados y senadores se ausentan y abandonan sus escaños, sin necesidad de alegar excusa alguna, para comparecer solo cuando llega la hora fijada para las votaciones; donde quienes resisten en sus asientos optan por la desconexión y se sirven de sus teléfonos móviles y de sus Ipad para internarse en la exploración de otros mundos y dedicarse a otras tareas ajenas por completo al orden del día.En esta ocasión, por el contrario, las palabras de León XIV parecieron tener el efecto de un encantamiento, sin que la presidenta de la Cámara hubiera de llamar al orden a nadie ni tampoco se atreviera a llamar a la cuestión al invitado que, por su parte, tuvo la elegancia de abstenerse de señalamientos explícitos, habida cuenta de la asimetría en que estaba concebida la sesión en la que no habría turnos de réplica.Seguir la retransmisión ofrecida por los realizadores de la señal de televisiva del Congreso permitía ver primeros planos de los recipiendarios más aproximados de las objeciones pontificas sin que pudiera observarse que ninguno de ellos acusara el golpe. Lo más probable es que los destinatarios más obvios procedieran mentalmente a desviar los reproches del Santo Padre a las señorías del bando contrario, sin darse en absoluto por aludidos.Repasar con cuidado el texto al que León XIV dio lectura esquivando los énfasis permite sostener que era muy consciente de a quiénes se dirigía y dónde lo hacía. En todo caso el Papa supo ganarse una escucha que le fue ofrendada sin excepción alguna.Había en el hemiciclo un silencio taurino, como el que desciende sobre la plaza cuando el torero, concluida la faena, toma el acero y se dispone a cuadrar al toro antes de ejecutar la suerte suprema. Es un silencio grave, espontáneo, que no deriva de ruego alguno, que desciende desde la andanada hasta el ruedo, que Bergamín llamó "la música callada del toreo". De modo que en ningún momento se escucharon murmullos, ni de aprobación ni de repulsa. Todos parecían escuchar con los ojos, que es una de las mayores agudezas del espíritu, como señaló Shakespeare en uno de sus sonetos.Han bastado 48 horas para que llegáramos al miércoles día 10 y tuviéramos sesión de control y volvieran los diputados a la siembra del odio. Veamos que ninguno de los dirigentes de los bandos en liza tiene nada que reprochar a quienes están alineados en sus propias filas mientras que acreditan memoria indeleble para las transgresiones atribuibles a los de enfrente.Y por el lado del PSOE y del Gobierno, Pedro Sánchez ya ha encontrado un nuevo talismán en la palabra marrullería, que viene a sustituir por ejemplo a la desgastada máquina del fango. En cuando a las elecciones, dice el presidente, encadenado a la Constitución, que serán cuando se extinga el mandato de cuatro años de las actuales cámaras. Pero quedamos advertidos que él se ve más allá, proyectado al infinito de la mano de ZP. Veremos.
Pedro Sánchez en el más allá
Las palabras de León XIV parecieron tener el efecto de un encantamiento en el Congreso, pero la magia solo ha durado 48 años.











