El número de personas que se vieron obligadas a huir de sus hogares y dejar una vida atrás por culpa de una guerra o algún otro acontecimiento violento descendió en 2025; fueron 117,8 millones, un 4% menos que el año anterior, quienes se encontraban desplazadas a la fuerza, bien dentro de su país —son los desplazados internos— o bien fuera de él como refugiados. Es el primer descenso registrado en una década, pero, aunque lo parezca, esto no es una buena noticia, pues la caída no responde a que el mundo sea un lugar más seguro, sino al retorno de millones a sus países de origen a pesar de que la situación aún esté lejos de mejorar. Este es el principal hallazgo que arroja el informe anual Tendencias Globales 2025, publicado este jueves por la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur), y que confirma un giro que ya había comenzado a vislumbrarse hace unas semanas en las estadísticas del Centro de Monitoreo del Desplazamiento Interno (IDMC), otro de los organismos considerados una autoridad mundial en el análisis de la movilidad humana. La lectura de estos resultados es que, mientras millones de personas siguen huyendo de conflictos y persecuciones, otras emprenden el camino de vuelta hacia países devastados, donde la violencia persiste y los servicios básicos brillan por su ausencia. En muchos casos, esos retornos tienen lugar debido a la presión ejercida por los países de acogida, asegura Paula Barrachina, portavoz de Acnur en España. “Hay veces que esas condiciones son tan difíciles y hostiles que la gente siente que no tiene otra opción. Eso no es una elección libre, aunque sobre el papel lo parezca”, advierte.Ejemplos de todo lo anterior son Afganistán, Siria, Venezuela, Ucrania y Sudán, que son los países de origen de la mayoría de refugiados y otras personas necesitadas de protección internacional. Y, de ellos, Sudán, Afganistán y Siria concentran más del 90% de los retornos a pesar de que la situación de los tres es muy inestable. Sudán, inmerso en la mayor crisis humanitaria del mundo, registró aun así el retorno de 651.500 refugiados y 2,9 millones de desplazados internos. La presencia de Venezuela, por otra parte, recuerda que no solo las guerras empujan al exilio: también lo hacen el colapso económico y político.Afganistán, gobernado por talibanes, ha restringido los derechos de las mujeres y niñas hasta hacerlas casi invisibles —Naciones Unidas las ha descrito como “una forma de apartheid de género”— y la situación económica del país es catastrófica. Pero este país de Asia central protagonizó el año pasado el mayor retorno del mundo: hasta 2,9 millones de afganos regresaron, de los que 1,9 millones eran refugiados. Volvieron sobre todo desde países como Irán y Pakistán mediante ultimátums, retirada de permisos y amenazas de deportación. Para los refugiados y solicitantes de asilo que están en la Unión Europea, las cosas no pintan bien debido al endurecimiento del clima político y de los discursos antimigración. En el caso de los afganos, Alemania suspendió parte de sus programas de admisión humanitaria en el año 2025 y la UE ha intensificado sus contactos con las autoridades talibanes para facilitar el retorno de afganos sin derecho a protección internacional, algo impensable para la mayoría de los Veintisiete hace apenas cuatro años, cuando el grupo fundamentalista regresó al poder. Hoy, sin embargo, el giro es tal que 19 Estados miembros de la UE y Noruega han pedido a la Comisión Europea que encuentre vías para devolver a ciudadanos afganos en situación irregular y negocie con Kabul una política común de retornos, tanto voluntarios como forzosos. Todo ello pese a las advertencias de ACNUR sobre los riesgos de protección que persisten en Afganistán. Este giro coincide con la inminente entrada en vigor del nuevo Pacto Europeo de Migración y Asilo, concebido para acelerar los procedimientos y aumentar las devoluciones de quienes no obtengan protección, mientras que en paralelo Bruselas estudia nuevas fórmulas para facilitar los retornos, entre ellas la apertura de centros de deportación en terceros países. En este sentido, la portavoz de Acnur recuerda que el derecho de asilo no es una “concesión política”, sino una obligación internacional con 75 años de historia. “El problema no son las devoluciones en sí; el problema es cuando regresan personas que necesitan protección internacional”, apunta.Y frente al rechazo europeo, los datos también desmontan tópicos, como el de que los países ricos, especialmente los de Occidente, son los que soportan más carga de refugiados. Pues bien, en realidad son los Estados pobres con diferencia quienes asumen esa responsabilidad, pues el 65% de los refugiados se quedan en un país vecino del suyo. Los seis principales países de acogida de refugiados y otras personas necesitadas de protección internacional fueron Irán, Uganda, Turquía, Alemania, Colombia y Chad. La gran excepción europea fueron los refugiados ucranios, para quienes la UE activó la directiva de protección temporal, beneficiando a cerca de siete millones de personas. Más allá de las fronteras de la UE es donde de verdad se juega el partido: el 68% de los refugiados está acogido en países de renta baja o renta media y el 26% está en los países menos desarrollados del planeta. Otra clave que este informe pone de relieve es que el refugio no es algo temporal, sino que supone un exilio forzado para el 70% de los refugiados del mundo, que según Acnur viven al menos cinco años fuera de su país. En África oriental y austral la situación es más grave, pues más de la mitad de los refugiados y solicitantes de asilo permanecen desplazados más de 15,5 años. Además, un 38% del total son niños y niñas. Por otra parte, la situación del reasentamiento también ha empeorado. En 2025, solo 81.800 refugiados llegaron a terceros países a través de programas de esta naturaleza, menos de la mitad que el año anterior, pese a que Acnur estimaba que 2,9 millones de refugiados necesitaban ser reubicados ese año. Acnur atribuye buena parte de ese desplome al descenso de llegadas a grandes países receptores, especialmente Estados Unidos, tras la suspensión de su programa de reasentamiento. A ello se suma la crisis de financiación que atraviesa el sector humanitario después de los recortes de los principales donantes, con Estados Unidos a la cabeza. Este tijeretazo, de más del 23% en 2025 según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), hasta 174.300 millones de dólares, es para Barrachina la amenaza más preocupante “porque es la menos visible y la que menos titulares genera”, y ha obligado a reducir programas de asistencia, protección e integración en numerosos países cuando al menos 14,7 millones de retornados acaban volviendo a contextos extremadamente frágiles y siguen necesitando apoyo para reconstruir sus vidas.Paradójicamente, el descenso del número de desplazados no ha ido acompañado de una reducción de las necesidades humanitarias, sino de una contracción de los recursos destinados a atenderlas. “Recortar la financiación humanitaria no reduce el desplazamiento, solo lo hace más peligroso”, resume Barrachina. Una nota optimistaSiria vive un retorno histórico: 1,3 millones de refugiados y otros dos millones de desplazados internos regresaron en 2025. Más de siete de cada diez retornados perciben una mejora de la seguridad.Siria vive un retorno histórico después de 14 años de guerra. Unos 1,3 millones de sirios volvieron a cruzar la frontera, y otros dos millones de desplazados internos regresaron a su ciudad de origen. De hecho, más de siete de cada diez retornados afirmaron percibir una mejora de la seguridad, según ACNUR, aunque el 90% de la población sigue en la pobreza y solo uno de cada diez refugiados con vivienda propia la considera habitable. Las ganas de volver siguen siendo altas —el 77% expresa ese deseo—, pero los plazos se alargan y 4,9 millones de sirios continúan viviendo como refugiados fuera del país. En Líbano, la escalada bélica, el deterioro económico y el aumento del rechazo hacia los refugiados también han empujado a muchas familias sirias a plantearse el regreso.
El número de desplazados cae por primera vez en una década, pero millones vuelven a países aún en guerra
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