Vicenta Pellicer, de 60 años, profesora de Valenciano en un instituto público de Castellón, ha perdido 3.600 euros con la huelga indefinida que empezó el 11 de mayo y ha quedado suspendida este miércoles. Pellicer tenía previsto reformar el baño de su casa y cambiar el ordenador, pero ha aplazado ambos gastos y planea, además, unas vacaciones austeras. “Es una cantidad muy grande”, dice, “y evidentemente afecta a mis planes a corto y medio plazo”. El impacto en el hogar de Ismene Baños, maestra de Primaria en Mislata (Valencia), de 39 años, será mayor. Su pareja también es docente, han hecho 22 días de huelga, y calculan que la factura se acercará a los 7.000 euros. “Tenemos una reducción de jornada para cuidar de nuestra hija de año y medio, pero el curso que viene estamos pensando en renunciar a ella”, afirma. Y Cristina Arroyo, educadora infantil en una escuela del barrio de Aluche, en Madrid, acumula 28 jornadas de huelga desde abril, lo que reducirá, calcula, a casi la mitad su exiguo sueldo de 1.300 euros, y le ha obligado a volver a vivir a casa de sus padres a sus 40 años. “Si normalmente me cuesta llegar a fin de mes, imagina ahora”.Las prolongadas huelgas educativas que han marcado el final de curso en la Comunidad Valenciana, Cataluña y Madrid (donde se limita al primer ciclo de Infantil, el 0-3, pero con anuncios sindicales de extenderla a toda la red pública en septiembre) para exigir mejoras en las condiciones laborales y en la calidad del sistema educativo han implicado ya un importante coste para el profesorado que las ha sostenido. Y, en otro plano, también para el alumnado y las familias.Los docentes no solo pierden el dinero que corresponde a los días no trabajados, sino también la parte proporcional de las pagas extra y las vacaciones. “Incluso con la oferta de subida salarial de la Generalitat valenciana, tardaremos años, porque el incremento es escalonado, en recuperarlo”, dice Tàfol Nebot, profesor de Tecnología en Castellón, que calcula que dejará de ingresar 3.800 euros. Con la incertidumbre añadida, dice, de que no saben si se les descontará en verano o en Navidad, poco a poco, o de golpe. Una duda que, preguntada por este periódico, tampoco contestó este miércoles la Consejería de Educación valenciana. “A nosotros”, agrega Manuela Morales, maestra de Pedagogía Terapéutica en Santa Coloma de Gramenet, Barcelona (donde, a diferencia de en la Comunidad Valenciana y Madrid, la huelga se calendarizó por comarcas, lo que la ha hecho más sostenible), “los días de huelga a lo largo de todo el año nos costarán unos 2.300 euros, porque mi marido también es profesor. Pero nos lo hemos tomado como una inversión por la mejora de la educación”.A Julia Moreno, profesora de FP en L’Eliana, Valencia, de 45 años, los 17 días de huelga que ha hecho le han supuesto ver esfumarse su colchón de ahorros “para los imprevistos de la vida”. A Pablo Fuster, de 31, docente de la ESO en Albal, las 22 jornadas de huelga le han retrasado la posibilidad de dejar de compartir piso. Y a Marco Rolando, que ha parado 20 días, la de pagar la entrada de una vivienda.Efecto en los estudiantesLa dureza de las huelgas ―especialmente de la valenciana, agravada por la estrategia de la Generalitat de dilatar la negociación a partir de la primera semana de paro con la esperanza de que el profesorado aflojara― también ha tenido un coste para el alumnado. Hay estudiantes de primero de Bachillerato, como Marcos, de 16 años, que el martes hablaba con un colega a las puertas del instituto Benlliure, en Valencia, preocupados por haber perdido un mes de clase en algunas materias: “Hay contenidos que no hemos dado, como las derivadas, en Matemáticas”, señala. Marco teme que ello le perjudique el año que viene en las pruebas de acceso a la universidad, no solo frente a alumnos de la privada, donde no ha habido huelga, sino de compañeros de otros grupos de su propio centro, donde el seguimiento ha sido menor. El impacto en los chavales ha sido desigual, señala Toni Solano, director de un instituto en Castellón. “A los más vulnerables, como siempre, les afecta más. Los que tienen una familia detrás, y en casa pueden compensar, ir avanzando, leyendo o haciendo actividades alternativas, lo notan menos. Y los que no tienen ese apoyo, o su familia no tiene capacidad para sustituir las clases, sufren más. Los alumnos más absentistas o los que estaban en una situación de exclusión social fueron los primeros que desaparecieron prácticamente del centro”.Actitud de los padresHay padres agobiados porque sus hijos adolescentes se han desconectado de los estudios aprovechando la situación de muchos centros y la nebulosa huelga indefinida paralela que los estudiantes convocaron en Valencia. O al comprobar que sus hijas pequeñas ya no quieren ir a clase. Como Sandra Rodríguez, que lleva a su cría, de casi tres años, a una Escuela Infantil municipal en Móstoles (Madrid) gestionada por una empresa privada. “Están de servicios mínimos, y en clase se han perdido las rutinas. A mi hija la mezclan con peques de otras aulas, y no tienen apoyo para cambiar el pañal. Ahora, cuando la llevo por las mañanas, le cuesta entrar y llora muchísimo; la monta”, dice. La ausencia durante un mes de su tutora también ha hecho mella, cuenta Albert, en su hija de dos años, alumna en el colegio público de un pueblo cercano a Valencia, donde el paro ha sido masivo. “Para ella, ir a la escuela era ilusionante, y ha dejado de serlo. Es más, no quiere ir. Y en casa hemos notado que está más irascible. Cosas que antes no le afectaban ahora la hacen llorar o le molestan más”.En los chats de padres de clase de la enseñanza pública han asomado en las últimas semanas voces críticas con las huelgas, pero han sido minoritarias. Las grandes federaciones de la escuela pública las han respaldado. Igual que hacen Sandra y Albert, que suscribirían lo que afirma Pablo Alcón, de 42 años, profesor de Matemáticas en Alicante. “Yo tengo motivo doble para apoyar esta huelga, porque soy docente y soy padre de la escuela pública. Y creo que, como padre, tengo incluso más motivos para movilizarme y reclamar. Tenemos una situación en la escuela pública que ni le da dignidad a los que trabajan en ella, ni a los que aprenden. Y creo que hay momentos en los que hay que decidir qué tipo de sociedad queremos para nosotros, para nuestros hijos y para nuestros conciudadanos”.
“La huelga ya me ha costado 3.800 euros”: los paros educativos pasan factura a profesores, alumnos y familias
Las movilizaciones obligan a los docentes a reorganizar su presupuesto familiar. La pérdida de clases afecta más al alumnado desfavorecido










