No hay ningún motivo para asumir como una fatalidad la entrada de un partido como Vox en gobiernos autonómicos y quizá algún día en el Gobierno de España. No es inevitable. Que hay alternativas lo demostró el martes el socialista Álvaro Sánchez Cotrina, jefe de la oposición en el Parlamento de Extremadura, donde el Partido Popular decidió pactar con la formación de Santiago Abascal tras las elecciones del pasado diciembre. “Cese inmediatamente a los consejeros de Vox. Échelos. Y ya tienen cuentas”, retó Cotrina a la presidenta de la región, María Guardiola. Era una oferta de apoyo presupuestario a cambio de una ruptura con los radicales, que el Partido Popular rechazó de inmediato. Pero la propuesta del PSOE extremeño rompe, aunque sea a escala local y por ahora sin efecto práctico, la idea de que la única opción para gobernar es una alianza de la derecha española con una de las versiones más radicales de la extrema derecha hoy en Europa.El Partido Popular ya ha cerrado en los últimos meses acuerdos con Vox en Extremadura, Castilla y León y Aragón. Quizá el próximo sea en Andalucía. Ha aceptado con estos acuerdos uno de los eslóganes de la ideología xenófoba como es la “prioridad nacional”. Vox no es un partido como los demás; ni siquiera es un partido de extrema derecha como los demás. La presencia hace dos semanas en una reunión en Portugal a la que asistieron supremacistas blancos, o el apoyo en Bruselas a iniciativas que apelan a criterios étnicos para poner en marcha expulsiones masivas lo sitúan en los márgenes ideológicos. Cualquiera que se una a los de Abascal debería pensárselo o, al menos, abstenerse de señalar que no hay alternativa. Sí la hay, y a Alberto Núñez Feijóo le bastaría mirar lo que hace partidos hermanos del PP en otros países europeos. Alemania, por ejemplo, donde los democristianos del canciller Friedrich Merz, tras las elecciones generales de 2025, podrían haber gobernado en coalición y con AfD. A nadie se le pasó por la cabeza. Lo habrían impedido los principios históricos de la democracia cristiana, incompatibles con los de la extrema derecha. El resultado en Alemania fue que la CDU/CSU pactó con los socialdemócratas del SPD, alianza lógica, pues el canciller está más cerca del SPD que de AfD en política europea, económica, interior y en general en la visión del mundo humanista y democrática.Extremadura no es Alemania, ni lo es España, y en la propia Alemania el cordón sanitario está en duda porque no ha logrado frenar el ascenso de AfD. Pero la oferta de Cotrina, sin necesidad de extrapolar su posible impacto, apunta a una vía que en este país se ha dado por hecho que era irrealizable. No es así. Y no es el primer dirigente socialista que tiende la mano al PP para impedir el ascenso de Vox. Sucedió en Castilla y León, donde el PSOE propuso que gobernara la lista más votada, sin éxito. En Andalucía, el popular Juan Manuel Moreno Bonilla hizo campaña advirtiendo del peligro de la extrema derecha, y ahora negocia con ella. Pero en ninguna de estas autonomías la aritmética parlamentaria obliga sin remedio a un acuerdo con Vox. La oferta del líder socialista extremeño tiene la virtud de abrir el juego en el ambiente de polarización y descalificación sistemática, contra el que el Papa ha alertado este semana en el Congreso. Y coloca al partido de Feijóo ante su responsabilidad: la de propiciar la llegada al poder de la extrema derecha de la “prioridad nacional”, o evitarla. El gesto en Extremadura es la prueba de que existen otras fórmulas.