Entender el trabajo que la italiana Rosa Barba (Agrigento, Sicilia, 53 años) presenta hasta el 28 de septiembre en el Centro de Arte Moderna Gulbenkian (Lisboa) exige comprender que es una de las artistas más representativas de su generación. Se trata de una creadora especial. Viaja en avión constantemente. Pero siempre cerca de la salida. Y cuenta cómo un familiar fue succionado en un segundo por las arenas volcánicas del Etna (Sicilia). La suma de tiempo y espacio crea imágenes. Si un elemento está presente en esta exposición son las cintas de cine de 35 milímetros que corren sobre proyectores Eiken en complejas instalaciones. El museo Gulbenkian fue en su día un edificio brutalista. Tras una reforma suavizó su carácter. Pero el espacio para la expresión plástica es tan elevado que resulta casi imposible levantar paneles y mostrar pintura. Su director, Benjamin Weil, es claro: “Este es un lugar de instalaciones”. Tres grandes pantallas hacia la calle —algunas las utiliza Barba para mostrar vídeos y plantear un diálogo entre el exterior y el interior— y un techo inclinado en cuatro sucesivos bancales salpicados de pequeñas ventanas. Si el avión —como ella lo entiende— configura el espacio, la tierra —el medio ambiente es un tema básico desde sus comienzos— surge a través de ese terrible accidente: el resultado solo puede ser la búsqueda de imágenes. Las 25 obras de la exposición Drawing Vocabularies (Vocabularios de dibujo) —algunas expuestas en la individual que el MoMA neoyorquino le dedicó en mayo de 2025— trascienden los fotogramas clásicos. Incluso lo son las letras de plomo de antiguas imprentas que pega en formas circulares y crean un texto al azar (El lenguaje infinito de una esfera, 2018). Sin duda, los números son los antónimos de las palabras. El recorrido comienza en 2009 con el filme One Way Out (Una única salida) y se cierra en 2026 con Thick Harmonies (Armonías densas), un celuloide de 35 milímetros que gira sobre sí mismo en una infinita, silenciosa e hipnótica sucesión circular. Sea escultura, pintura, vídeo o instalación, Barba escribe las principales propuestas artísticas en un solo espacio. Todo con tal de escapar del cajón vapuleado del concepto site-specific —obra de arte o instalación diseñada expresamente para una ubicación determinada—. La actualidad se entrevera en la conversación sobre arte. Entre ellos, el veto al pabellón de Israel en la Bienal de Venecia, donde ella participó en 2015. “Los artistas tienen una piel porosa: absorben la fragilidad y la belleza, pero también la brutalidad”, reflexiona en la cafetería del Gulbenkian. Mira franca a los ojos. Con su pelo azabache, largo, ensortijado, como si hubiera acabado de levantarse a las cuatro de la tarde. “Tal vez deberíamos encontrar la forma de que estos pabellones nacionales no estén financiados por el Gobierno de turno. Existe un exceso de propuestas alrededor de Venecia”, señala Barba. “Quizá tengamos arte muy interesante que procede de países que tienen gobiernos problemáticos. Habría que encontrar un camino para que sus Administraciones no los financiaran”, propone. “Nadie, desde luego, ha planteado cerrar el pabellón de Estados Unidos”. Barba vive en Berlín. Una ciudad que empieza a perder la fricción y su fuerza plástica. Artistas imprescindibles, como Anri Sala (Albania, 1974), se han trasladado a París. “Es importante no olvidar nunca el horror causado, pero, por desgracia, Alemania está en una situación complicada. Lo ocurrido con el Gobierno de extrema derecha de Israel es inaceptable. Pero el país se halla en un lugar de difícil resolución. Si estás en contra de la política israelí entonces, mucha gente, te asocia como antisemita. Es peligroso y está pasando, también, en el mundo del arte. Porque hay que cuidar a las minorías. Estamos hablando de derechos humanos y tal vez sobre eso debería reflexionar la Bienal”, sintetiza. “Debemos cuidar de los demás”. Tampoco hay que olvidar que “Berlín se ha vuelto una ciudad muy cara. Aunque los artistas aún encuentran espacio y luz”. En Sensible Suns (Soles sensibles, 2025), otro de sus trabajos expuestos en el Gulbekian, investiga la quinesia. El movimiento de un organismo en respuesta a un estímulo externo, y del potencial de la física para convertirse en arte. La física, la astronomía, las matemáticas, la óptica, la música (pasión que comparte con su hija de 19 años), la naturaleza y el celuloide como material plástico llevan años en su trabajo. Casi todas estas obras están en Lisboa, al igual que lo estuvieron en la exposición del MoMA (Pausa en un océano propio) o en el romano Maxxi (Tiempo de exposición). Ambas de 2025. El reloj gira como una analogía de varios de sus trabajos. La reclaman los montadores en la instalación. Es realmente compleja. Rosa Barba está presente en las principales colecciones de arte contemporáneo del planeta. El Museo Reina Sofía, cuando lo dirigía Manolo Borja-Villel, adquirió cinco obras. Le siguieron el MoMA (tres), la Tate (Londres), el Pompidou (París), el Museo de Arte Contemporáneo de San Francisco o el Maxxi (Roma). Esta es una pequeña contabilidad de su talento. Su último vídeo (Myth and Mercury, 2025) bucea en las pregunta: “¿Podemos ver el Mediterráneo como un laboratorio del futuro?”. En el fondo, numerosas obras revelan la fragilidad del lenguaje e incluso su imposibilidad. Desde ideas sencillas hasta la poesía.