Una exposición en el MAAT de Lisboa repasa las cinco décadas de trabajo de la italobrasileña de 83 años, su primera gran muestra tras recibir el León de Oro en Venecia
Hacer una exposición conlleva un baile entre artista y comisario, entre práctica y teoría, en el que mantener el compás y danzar al unísono no siempre es fácil ni se consigue. En gran parte, el acople de ese acompañamiento es lo que lleva a una muestra al éxito o al fracaso. Hablo de esa secuencia de movimientos al lado de un objeto que todavía no tiene sentido o de una forma de mirar que todavía no tiene un cuerpo. De pensar ese baile conjunto no como un cuerpo, sino como un espacio desde la mirada externa pero el afecto, de orientar sin dejar gesto visible, de escuchar y participar. “Un campo poético”, como titula Anna Maria Maiolino su muestra en el MAAT de Lisboa. De la mano de su director, Joâo Pinharanda, y el comisario Sérgio Mah es, en ese sentido, una exposición casi perfecta. O, mejor dicho, una danza que danza. Una danza invisible que crea una topografía que enaltece el tránsito de afectos entre dichas obras con un quehacer curatorial que se intuye tanto como diluye.
Hay más porqués. La artista italobrasileña de 83 años, condecorada en 2024 con el León de Oro por toda su trayectoria en la Bienal de Venecia, siempre ha hecho gala de una obra que escapa de las direcciones únicas. Su trabajo no es lineal ni cronológico, ni sus intereses ni los medios que emplea. Y así es la exposición, igual de honesta, obstinada y paciente. Agrupa trabajos producidos entre 1975 y 2025: un conjunto de obras que se despliegan creando una red circular en la que las distintas piezas establecen conexiones transversales entre sí, de manera que los significados de un trabajo a otro reverberan y se amplían. Algunos de ellos son la serialidad, la visceralidad y el desbordamiento. Lo pequeño, lo efímero, lo corporal. También los gestos discretos y repetitivos, la acumulación y las metáforas. Lo múltiple abunda, también en los lugares desde los que habla Maiolino. Ese don de la ubicuidad quizá sea reflejo de su experiencia migratoria que tanto ha marcado su producción. Nació en Italia, pasó su infancia en Venezuela, vivió en Argentina y Estados Unidos antes de asentarse en Brasil en los sesenta, donde ha desarrollado su trabajo. La artista habla desde la física cuántica cuando busca poetizar la energía invisible de los vacíos activos, desde la magia al pensar que la vida se renueva en los huecos de la tierra y desde lo popular cuando busca raíces en lo existencial del arte y su contribución revolucionaria en nuestro campo sensible.










