A estas alturas es difícil decir nada que no sepamos sobre Paula Rego, una de las artistas más reconocidas y más reconocibles de este primer cuarto de siglo. Con la clásica anglofilia de la burguesía portuguesa, su padre la mandó a estudiar pintura en la Slade School de Londres en los cincuenta: una academia mítica por flemática y figurativa y por escéptica ante los aspavientos de las vanguardias continentales.

Con profesores como Gombrich o Wittkower, muy a la inglesa, la Slade funcionaba sobre todo para pintores fieramente individualistas, visionarios incluso, con historias muy personales por contar, más interesados en encontrar formas nuevas de expresarse apoyándose en la tradición que en encarnar o defender programas de grupo o manifiestos políticos. Por allí pasaron los pintores de Bloomsbury y grandes “raros” como Stanley Spencer o Paul Nash. Esa posición excéntrica, intensa, refinada y a ratos casi perversa le iba muy bien al temperamento insondable y sibilino de Rego: ganó el primer año el prestigioso Summer Prize y fue a partir de la Slade y en Inglaterra donde construyó su fama mundial.

Allí pintó desde luego sus mejores obras, en los ochenta: interiores y escenas de familia entre la alucinación sebastianista y la pesadilla freudiana, de una potencia visual y narrativa inolvidable, perturbadoras, como esa La hija del policía que introduce su brazo en la bota de cuero del padre ausente para pulirla con mimo. Y allí lanzaron su carrera dos galerías, Saatchi y Victoria Miro, con subastas millonarias, con el cargo de artista asociada de la National Gallery en 1990 (el primero en la historia).