Para Antoni Gaudí, que murió tal día como este miércoles, hace 100 años, ingresado en un hospicio porque lo tomaron por un mendigo tras ser atropellado por un tranvía, habría sido un sueño saber que el Papa, los Reyes de España, el presidente del Gobierno y de la Generalitat, el alcalde de Barcelona y una larga lista de autoridades estarían, un siglo después, rindiéndole homenaje y mirando al cielo para ver cómo se iluminaba la torre de la iglesia más alta del mundo. La epopeya de la Sagrada Familia, 144 años en construcción, y que aún no ha acabado, ha tenido este miércoles uno de sus días para la historia con la solemne ceremonia religiosa que ha culminado con la bendición del Papa a la Torre de Jesucristo. Otro momento que hará que la imagen de Barcelona dé la vuelta mundo, con 9.000 personas dentro del templo y 130.000 en el exterior, según las autoridades.En medio de tan elevada épica espiritual, hasta el final se mantuvo el suspense de una de tantas eternas peleas terrenales: en qué lengua haría la bendición. Al final el Papa ha comenzado a pronunciarla en catalán. Luego cambió al castellano y concluyó de nuevo en catalán.Prueba de los dolores de cabeza que ha causado esta polémica, la versión final del misal fue hasta última hora un baile de partes en castellano y catalán, y la propia homilía, con párrafos en ambos idiomas, fue retocada hasta el último momento, limando matices y expresiones. Como pequeña escena de las fricciones cotidianas, antes del inicio de la ceremonia fue retirada en un balcón cercano a la basílica una pancarta de Hazte Oír sobre Cuelgamuros (“León XIV, salve el Valle de los Caídos”), mientras el vecino de arriba exhibía en el balcón una estelada. Pese a todo y por encima de las rencillas, ha sido una noche de inmenso orgullo para Barcelona. Al caer la tarde, mientras el sol iluminaba de lleno las vidrieras sobre el altar de la Sagrada Familia, el Papa llegó al templo en el papamóvil en un paseo triunfal por la ciudad, con las calles llenas de gente que le pasaba niños para bendecir. Dentro de la iglesia, le esperaban 400 obispos y religiosos vestidos de blanco, pues el acto coincide con un encuentro de episcopados mediterráneos, en una atmósfera armonizada por los cantos de 500 miembros de coros catalanes, en las tribunas y naves laterales, y 100 niños y niñas de escolanías alrededor del altar. La imagen del Papa sentado en el centro de un ábside colosal y vertiginoso, con las autoridades a sus pies, era una imponente demostración de poderío escénico de la Iglesia.En su sermón, bajo las columnas arborescentes que simulan el efecto de un bosque, el Papa ha definido la Sagrada Familia “una obra maestra arquitectónica, que es también una elocuente catequesis hecha de piedras, colores y luz”. Ante tal apoteosis institucional y de autoridades allí presente, León XIV no ha dejado de insistir en su homilía en el mensaje de reconciliación que lleva cuatro días repitiendo desde que llegó a España, que es inevitable y sutilmente político, incluso en una ceremonia netamente religiosa como la de esta velada: “La ciudad condal y toda Cataluña se reúnen en este templo, signo también de unidad y de concordia”.Para la ciudad, aseguran los expertos y el propio Ayuntamiento, la culminación de la torre de Jesucristo convierte la Sagrada Familia en un icono global, entra en el catálogo de otros enclaves de obligada visita como la Torre Eiffel, el Machu Pichu o el Taj Mahal. Una proyección que habrá que gestionar por parte de una ciudad donde la masificación turística ha provocado un inusual consenso sobre la necesidad de gestionar y limitar el turismo. Y que este verano tendrá otro gran momento de exposición porque el Tour de Francia saldrá de Barcelona. El templo recibe casi cinco millones de visitantes al año, y otros diez se quedan en el exterior. No obstante, León XIV ha dicho en la homilía, que “es la iglesia más alta del mundo, no para destacar en clasificaciones mundanas, sino para guiar los pasos del pueblo de Dios”.La misa ha sido el acto final y culminante de los dos días de visita de León XIV en Barcelona. Este jueves despegará rumbo a Canarias, última etapa de su viaje en España, hasta el viernes. Es el tercer papa que visita la basílica, tras Juan Pablo II y Benedicto XVI, en 2010, que consagró el templo. A la ceremonia han asistido el Rey Felipe VI y la Reina Letizia, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que ha acudido en compañía de su esposa, Begoña Gómez, y el president de la Generalitat, Salvador Illa. También han estado el presidente del parlamento catalán, Josep Rull, y el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, que con motivo de la visita papal el martes publicó un bando llamando a “recibir al Papa León XIV y todos los visitantes con la hospitalidad que caracteriza a los barceloneses”. “No podemos creer en Jesús y promover la guerra”Entre las metáforas que ha utilizado sobre el templo, León XIV ha dicho que es “una casa que crece con constancia a lo largo de los años, siguiendo un mismo proyecto”. En otro pasaje ha sido mucho más explícito en sus mensajes políticos, contra la guerra, la defensa de la vida y la acogida a los débiles y a los inmigrantes: “Queridos hermanos, no podemos creer en Jesús y promover la guerra. No podemos creer en Jesús y matar al inocente. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria”. “La Cruz de Cristo, que corona esta basílica, es la cruz de los últimos que se vuelven los primeros”, ha concluido.Antes de la ceremonia, el Papa ha rezado en la tumba de Gaudí, en la cripta de la basílica, donde fue enterrado dos días después de su muerte llorado por miles de barceloneses que salieron a la calle a despedir su féretro llevado por un coche de caballos. Murió cuando iba a misa, era un ferviente católico y está en proceso de beatificación desde hace años. De anfitriones de la visita del Papa han ejercido el presidente de la Junta Constructora del templo, Esteve Camps; y el arquitecto director, Jordi Faulí, el noveno que ha tenido la obra. Ambos exultantes y emocionados por la conmemoración del centenario y la inauguración y bendición de la torre por parte del jefe de la Iglesia. La construcción de la basílica fue impulsada por la Asociación Espiritual de Devotos de San José, e inició su construcción en 1882 el arquitecto Francisco Paula del Villar. Solo un año después y tras discrepancias con los promotores, Antoni Gaudí se hizo cargo de las obras. Ya era un arquitecto conocido, con clientes de renombre como las familias Milà o Güell. Tenía 31 años y dedicó a esta obra de su vida otros 42, los últimos 14 de manera exclusiva. Trabajaba en el taller, y el último año incluso vivió allí. Antes de morir dejó terminada la parte del templo que es Patrimonio de la UNESCO: la cripta, la fachada del nacimiento y las cuatro primeras torres (una terminada entera, la de Bernabé, con el campanario acabado).A Gaudí le llaman el arquitecto de dios o de la luz, y pronto cambió el proyecto original de Villar, para hacerlo más monumental. Imaginó un templo con 18 torres (Jesucristo, María, cuatro evangelistas y 12 apóstoles, de los que faltan construir cuatro) y dejó dibujos y una gran maqueta que en parte se quemaron al inicio de la Guerra Civil, pero que sus colaboradores recuperaron en la medida que pudieron. La clave de la Sagrada Familia está en el sistema constructivo que utilizó, con columnas que se ramifican como árboles repartiendo el peso, de manera que pudo prescindir de contrafuertes y arbotantes exteriores. En el interior, las dovelas se convierten en aperturas, puntos de luz, y el peso lo aguantan las columnas.La Sagrada Familia tiene tres fachadas, dos construidas: la del Nacimiento, que Gaudí terminó y que es un canto a la vida y a la naturaleza; la de la Pasión, que reproduce los últimos días de la vida de Jesucristo, y con el templo acabado en vertical, falta la de la Gloria, que es objeto de polémica porque si se construye la escalinata que Gaudí dibujó supondría derribar vivienda.
El Papa bendice la apoteósica culminación del sueño de Gaudí en la Sagrada Familia
Ante los Reyes, los presidentes del Gobierno y la Generalitat, León XIV consagra la torre que convierte el templo en el más alto del mundo, “signo de unidad y de concordia”










