InvestigaciónPelé fue retratado por Warhol y James se convirtió en un San Sebastián en manos de Álvaro Barrios. Aquí están los grandes goles de la literatura.Warhol hizo un retrato pop del rey Pelé. Foto: Andy Warhol / Casterline Goodman Gallery10.06.2026 07:27 Actualizado: 10.06.2026 07:28

Después del terrible debut de Argentina contra Camerún en el Mundial de Italia 90, Maradona tenía el tobillo hinchado como un balón. Su técnico, Salvador Bilardo, vivo como un raponero, le recomendó salir a la rueda de prensa en pantuflas. “Deja que los periodistas te vean”, le dijo.El ‘10’ se puso una toalla y salió a dar la cara en el predio deportivo Trigoria, el lugar escogido por la Albiceleste para concentrarse en ese mundial. Maradona prometió lo imposible, los periodistas le creyeron y la noticia ya no era la derrota de los vigentes campeones del mundo contra un desconocido país africano, sino el tobillo de Diego. Entonces se puso unas inyecciones en el tobillo y jugó otros seis partidos sin sentir el pie izquierdo, el que era mágico. Y logró lo que la Fifa no quería: eliminar a Italia en semifinales. “Le dañé el negocio a Havelange” escribe, socarrón, el Diego en su autobiografía.Yo soy el Diego de la gente. Foto:Archivo particularYo soy el Diego de la gente fue lanzado en octubre del 2000, justo después de que el dios del fútbol soportó la más grave de sus sobredosis. El libro, por supuesto, no lo escribió él, sino dos periodistas de su entera confianza, Daniel Arcucci y Ernesto Cherquis Bialo. A Maradona le pagaron un millón de dólares por los derechos para poder contar su vida. El periodista Leonardo Tarifeño, con otra salida genial, afirmó que Maradona era “el autor argentino mejor pagado por no escribir un libro”. Para muchos de sus seguidores, su autobiografía es la biblia. Diego no se mide y les dedica el libro a 17 personas, entre los que se cuentan dos líderes que están en las antípodas, pero que él adoró: Fidel Castro y Carlos Saúl Menem. Ahí están sus exhibiciones kitsch, como exigirles a las directivas del Nápoles un Ferrari negro o pedir una casa de seis mil metros cuadrados para que Dalma y Giannina, sus hijas, pudieran correr. Aparece moralizante frente a la cocaína y, aunque reconoce que la consumió hasta la autodestrucción, no duda en afirmar que sus sanciones en el fútbol italiano y con la selección se trataron de complots perpetrados por la Fifa. Es un libro escrito con una oralidad deslumbrante y a veces se siente que uno se encuentra frente a Maradona oyendo de primera mano sus anécdotas. Es un libro con banda sonora. Allí recuerda los himnos que le han dedicado grupos como Los Piojos con su Maradó, Calamaro interpretando esa pasión argentina que dice, con toda la razón, “Maradona no es una persona cualquiera”. O recordando La mano de Dios, de Rodrigo, una canción que él mismo ayudó a ser inmortal cuando la interpretó para Emir Kusturica en el documental que lleva su nombre. O Para siempre, de los Ratones Paranoicos. Sin embargo, la gran película sobre Maradona la hizo un napolitano: Fue la mano de Dios, de Paolo Sorrentino, una belleza que evoca los años gloriosos que vivió Napoli en los ochenta cuando Maradona reivindicó al despreciado sur italiano.James Rodríguez fue retratado por el artista Álvaro Barrios. Foto:Álvaro BarriosPero hubo alguien más famoso que Diego. Maradó puede ser Dios, pero el Rey fue Pelé. Antes de él era muy difícil en el fútbol hacer un gol de afuera del área, elevarse a las alturas y quedarse suspendido, como si fuera un ángel, y luego rematar de cabeza como si fuera un dragón. Pelé, además de virtuoso, era bravo, pegaba codazos, “había que matar al negro”, recordó el ‘Coco’ Basile. Pelé fue un ídolo pop y una máquina de hacer plata. Fue el único futbolista en ser retratado por Andy Warhol y su llegada al Cosmos de Nueva York fue el primer intento por convertir a los esquivos gringos en hinchas del fútbol. Y casi lo logra. Apareció como invitado especial en el programa de Johnny Carson seis veces en un año y protagonizó una de las mejores películas jamás hechas sobre fútbol –y también sobre la II Guerra Mundial–: Escape a la victoria, de John Huston.Escape a la victoria es el gran clásico del cine futbolero. Foto:Archivo particularLos partidos que jugaron los nazis con equipos de territorios ocupados fueron trágicos, el más famoso fue el de los mártires de Kiev en 1942, durante la ocupación ucraniana. La historia la retomó Hudson para hacer su película en 1981, pero se tomó una licencia poética, en vez de contar la verdad, que los jugadores del Dinamo de Kiev fueron fusilados después de ganarles a las SS 4-2, en la película, todos escapan y Pelé –el crac de una especie de selección de resto del mundo– marca un gol de chilena que hace saltar las lágrimas de solo recordarlo. La película tiene un elenco de lujo: Michael Caine, Sylvester Stallone (que tapa un penalti en el último minuto) y un verdadero combo de estrellas del fútbol, además de O Rei, están Bobby Moore, Osvaldo Ardiles (¡tienen que ver la bicicleta de Ardiles!) y el polaco Deyna.Y no podemos olvidarnos de una película que fue un completo fracaso en todos los sentidos y que hoy solo los más fanáticos la recuerdan: Hot Shot, de 1986, en la que Pelé interpreta a un viejo futbolista retirado llamado Santos que se esfuerza por entrenar y darle brillo a una joven promesa del fútbol estadounidense.***Uno de los mejores cuentos de toda la historia del fútbol se llama El 19 de diciembre de 1971. Su ritmo trepidante y delirante hace que sea una pieza para contarles una y otra vez a los amigos con unas cervezas. Pocas rivalidades son más fervorosas que la que tienen Rosario Central y su rival de ciudad, Newell’s Old Boys. Sabemos que el River vs. Boca es el partido con mejor marketing del mundo, pero empalidece si se compara con el fervor que despiertan canallas y leprosos. Esa locura la cuenta Roberto Fontanarrosa en su cuento inmortal: un grupo de hinchas decide secuestrar al viejo Casale, un seguidor de Rosario que, por cuestiones de salud, no puede ir al estadio porque tiene el corazón destrozado; pero en el barrio circula una leyenda: cuando el viejo va al estadio, Rosario Central es imbatible. Nunca vio perder al equipo. El secuestro es una obra de arte y en el último párrafo Fontanarrosa es capaz de lograr lo imposible y contarnos, casi que con exactitud, ese estado de éxtasis que se consigue en una tribuna popular cuando el equipo que amas gana. Abrazos que se convierten en avalanchas humanas, sacrificios al cielo, la desplomada del viejo Casale que sucumbe a su pasión. Uno de los secuestradores, el narrador del cuento, dice: “¡Más vale morirse así, hermano! Se murió saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de haberle roto el orto a la lepra por el resto de los siglos! ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo esa, hermano! Yo elijo esa”.El secreto de sus ojos Foto:Sony PicturesEn uno de los thrillers judiciales más emocionantes del siglo XXI, El secreto de sus ojos, Eduardo Sacheri, hincha furibundo de Independiente, afirma a través de uno de sus personajes: “El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios... pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín: no puede cambiar de pasión”. Es tan consecuente esa pasión que puede encontrar al asesino y violador de una mujer yendo todas las fechas que juega Racing en su estadio. El criminal no se perdía un solo partido. La escena, en la adaptación cinematográfica de Juan José Campanella, es un oda al fútbol.Hoy en día hay autores consagrados en el mundo de la pelota, pero en los años setenta era muy extraño que un intelectual, que un artista se reconociera como un “hincha” del fútbol. Solo basta recordar los aforismos que se repetían hasta la saciedad: “El fútbol es el opio del pueblo” o “Pan y circo”. No siempre eran frases histéricas. En el Mundial de Italia 1938, Mussolini hizo hasta lo imposible para que la Azzurra levantara la copa y él, de paso, brillar. En Colombia, Alejandro Pino Calad me contó una confesión que le hizo Alfonso Senior, uno de los míticos dirigentes del fútbol colombiano: “Después de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán y las repercusiones que tuvo el Bogotazo”, recordó Senior, “los únicos dos espectáculos permitidos eran el cine y el fútbol. Para calmar las aguas, el gobierno del entonces presidente Mariano Ospina Pérez organizó un campeonato que arrancó en junio de 1948, dos meses después del asesinato del líder liberal”.En El fútbol a sol y sombra, Eduardo Galeano pregunta: “¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”.Galeano nos recuerda que antes era casi que un deber moral para un intelectual detestar al fútbol. Rudyard Kipling trataba de “idiotas embarrados” a los futbolistas y Shakespeare puso al duque de Kent, uno de los personajes principales del Rey Lear, a pronunciar esta frase: “Oh vil jugador de fútbol”. En el siglo XVI todavía no existía el fútbol, pero sí existía un “deporte” muy parecido en el que una turba se dedicaba a patear hasta el cansancio una pelota por las calles y, en medio del alboroto, se rompían los huesos.Pero ningún otro intelectual hizo tan célebre su desprecio por este deporte como Jorge Luis Borges. El 2 de junio de 1978, a las 7 de la noche, la selección argentina debutó en el Mundial del que era organizador. El rival era Hungría. El país estaba paralizado, ¿y qué hizo Borges? A la misma hora citó a una conferencia sobre la inmortalidad. No era un mundial normal, la junta militar mandaba con puño de hierro y el evento no era más que un apartado más en su aparato de propaganda. La decisión de Borges de programar su conferencia a la misma hora y el mismo día del debut del onceno de Menotti no solo era un acto de resistencia contra el fútbol, sino también una cachetada a la dictadura, pero más de un intelectual de izquierda todavía se atreve a tildar de “facho” a un personaje tan complejo como el autor de Tlön, Uqbar y Orbis Tertius.Decía Juan Villoro en Dios es redondo que la literatura y el fútbol son difíciles de combinar. La imaginación está muy por debajo de lo que puede suceder en el terreno de juego –a menos que el ‘Cholo’ Simeone esté en el banco– cuando dos equipos repletos de genios se encuentran. Ninguna novela sobre un partido de fútbol podrá ser tan trepidante como el partido de ida que tuvieron el Paris Saint-Germain y el Bayern Múnich en las semifinales de la Champions 2026. O para no ir más lejos: ¿cómo podría ser creíble inventarse una remontada en los tres minutos finales parecida a la que le propinó el Manchester United al Bayern en la Champions del 99? ¿O que Mbappé haya hecho tres goles en la final de un mundial y haya perdido? Las novelas se quedan cortas, pero los cuentos, como el de Fontanarrosa, no. Y la más conocida de todas las antologías es Cuentos de fútbol, en la que está el de Fontanarrosa, por supuesto, y una joya de Osvaldo Soriano. Su creador es un exfutbolista, entrenador, mánager y, entre otras cosas, campeón del mundo con Maradona en México 86: Jorge Valdano. Solo escucharlo es apasionante, según Jorge Herralde, el creador del sello Anagrama, “Valdano habla como si ya estuviera editado”. Dirigió poco, pero dos de sus creaciones fueron sueños que aún permanecen en la retina de los hinchas, el Tenerife entre 1992 y 1994, y el Real Madrid de las temporadas 94-96 que no solo le puso un tatequieto al todo poderoso dream team de Johan Cruyff, sino que creó un estilo propio de juego y descubrió talentos tan letales en la cantera como Raúl González Blanco. Cuando las cosas no iban bien, la hinchada trataba de ofenderlo gritándole “¡Filósofo!”. A veces tienen razón los que creen que esto es un deporte de trogloditas.***Esta temporada, el Arsenal, después de 22 años, regresó a una final de Champions, y la jugó contra el PSG. Perdió, como casi siempre pierde, pero por suerte nos hizo delirar después de ganarle la Premier League, por fin, al Manchester City de Pep Guardiola, otro equipo de jeques árabes. La última vez que el Arsenal había sido finalista fue en el 2004, con el mágico equipo que lideraba Thierry Henry en el campo de juego y Arsène Wenger como técnico, y en ese momento ya era un clásico Fiebre en las gradas, de Nick Hornby. En esos años me lo recomendó Iván Mejía Álvarez, lo leí y no me pareció gran cosa, pero leer por primera vez no es leer, es apenas hojear. En esa época, ¿qué me iba a importar un relato en donde se comentaba un Arsenal 0 vs Stoke City 0 en 1968? Volví a leerlo y me di cuenta de que no lo había entendido; es poesía pura. Fiebre en las gradas es la vida de un hombre vista a través de una pasión. Hornby no recuerda su vida a través de los cumpleaños, sino por las veces que fue al estadio, al viejo Highbury. Sus nostalgias tienen que ver con la alegría que le daba ver un campo embarrado después de la lluvia transformado en torturado campo de guerra como Waterloo o Verdún. “Ver a un ídolo embarrado era algo hermoso”. En 1997, el libro se adaptó al cine, con Colin Firth como protagonista, y hoy es otro clásico futbolero.Tengo amigos, sin embargo, que dicen que el mejor libro que se ha escrito sobre el deporte amado es Fútbol, una religión en busca de Dios, la disección que le hace Manuel Vázquez Montalbán a esta pasión que nos convierte en orates. Lamentablemente, no se exhibe en las vidrieras de las librerías colombianas hace años. Tampoco es fácilmente atrapar Boquita, la historia que cuenta Martín Caparrós sobre su amado Boca Juniors.***Cuando no existía la televisión, el fútbol era un relato para el que no pudiera ir al estadio. Los partidos se escuchaban y se leían. Y para que un libro sobre fútbol tenga un imán, al menos en mi caso, al menos debe haber un tinte de verdad. Este es el caso de la extraordinaria novela La estrella y la memoria, de Eduardo Berti, un libro inclasificable sobre Eliseo Alegre, un hombre que vivía en un pueblo olvidado de la Patagonia argentina y que fue recordado por los que lo vieron como el mejor jugador de todos los tiempos.Y no se puede hablar de literatura y fútbol sin mencionar El miedo del portero al penalti, de Peter Handke, una de las obras cumbres del premio Nobel austriaco, sobre un tipo deprimido que alguna vez fue portero. Y hablando de porteros desgraciados, Eduardo Galeano le hace un glorioso perfil en El fútbol a sol y sombra a Moacir Barbosa, el mejor arquero de la historia del Vasco da Gama. Barbosa formó parte del equipo ideal del Mundial de 1950, pero haber recibido dos goles en la final contra Uruguay lo convirtió en el protagonista del Maracanazo, la mayor desgracia del fútbol brasileño, un tragedia que ni siquiera fue opacada por el 1-7 de Alemania en 2014. Durante la preparación del equipo de Carlos Alberto Parreira al Mundial de 1994, Barbosa quiso saludar a Romario, Bebeto y compañía, pero el asistente técnico, Mario ‘Lobo’ Zagallo, lo impidió. No quería que la mala suerte que arrastraba los contaminara. Poco antes de morir en el año 2000, a los 78 años, abatido por el olvido, la pobreza y la tristeza, afirmó: “En Brasil, la pena más larga que puede tener un criminal por matar a alguien es de 40 años. A mí, por dos goles que me hizo Uruguay, me dieron cadena perpetua”.Nicolás Samper, uno de los hombres con una de las mejores bibliotecas futboleras del país y autor de libros como El arquero que murió en la cancha y El sueño del Tigre, me recomendó un perfil que el periodista Ronald Reng hizo sobre Robert Enke, el portero que iba a ser titular de Alemania en el Mundial de Sudáfrica en el 2010 y que un año antes decidió acabar con su vida arrojándose a un tren. El libro se llama Una vida demasiado corta y muestra como nunca antes los miedos que puede tener un portero y los riesgos que trae contar con ‘compañeros’ como el holandés Frank de Boer.En el 2003, Enke tenía 25 años y todo parecía brillar para él. Después de una temporada soñada en el Benfica fue contratado por el Barcelona. Tenía que disputar el puesto con otros dos grandes arqueros, el argentino Roberto Bonano –conocido, como Fernando Redondo, por ser un gran lector de escritores como Cortázar y Borges– y la joven promesa del arco catalán, Víctor Valdés. Lamentablemente para él, su técnico era Louis van Gaal, alguien no muy reconocido por sus cualidades humanas. La decisión del holandés fue darle la titularidad a Bonano y empezar a probar en partidos de Copa del Rey al joven talento alemán. Fue contra el Novelda, un equipo de la cuarta división española, que empezó la debacle. En un partido que ese Barcelona debió ganar de manera aplastante, perdió 3-1. Solo en uno tuvo responsabilidad Enke, pero violando cualquier código de vestuario, su compañero, Frank de Boer, salió a culparlo de los goles. En la rueda de prensa dijo, de manera despectiva: “El portero pudo haber hecho algo más”. Enke no volvió a ser tenido en cuenta por Van Gaal y su destino fue el Fenerbahçe de Turquía, donde, después de firmar su contrato, solo estuvo en Estambul tres semanas. Estaba en un pozo depresivo del que salió gracias a su llegada al Tenerife español y al regreso a la Bundesliga. El entrenador Jürgen Klinsmann lo llamó para conformar el equipo que saldría subcampeón de la Euro 2008 y fue tenido en cuenta en las eliminatorias a Sudáfrica, con Joachim Löw con seleccionador. Pero la depresión reapareció en el 2009 y esta vez no pudo apagar la sensación de ponerle fin al dolor.La crónica deportiva ha tenido un gran cultor en el mundo anglosajón: Gay Talese. Y, hasta él, un genio para hablar de boxeadores y beisbolistas, en sus memorias tiene un relato apasionante de cómo fueron los penales entre las chinas y las norteamericanas en el Mundial femenino de 1999. En el periodismo, el referente durante años fue la revista El Gráfico, de Argentina. Para mí no había nada más excitante que encontrarla en algún kiosco de revistas y leer las crónicas de Dante Panzeri; Borocotó y Julio César Pasquato, Juvenal. En Colombia también se hizo un semanario escrito con Nuevo Estadio, una publicación dirigida por Javier Giraldo Neira y que sirvió como semillero del periodismo futbolero como Carlos Antonio Vélez, Javier Hernández Bonnet y César Augusto Londoño. As fue otra publicación de renombre, pero era, como Nuevo Estadio, meramente informativa; sin embargo, hubo dos revistas fabulosas llenas de buenas historias: la Revista del América, dirigida por el escritor Umberto Valverde, que supo convertir una revista de un club de fútbol en la más esperada semanalmente en los kioskos. Bajo su mando salieron 155 ediciones entre 1982 y 1994, justo en la era de oro del América, cuando fue ocho veces campeón de Colombia, tres veces subcampeón de la Libertadores y tenía como máximos dirigentes a los hermanos Rodríguez Orejuela y el dinero de la mafia se movía sin cesar en las canchas. Hubo otra gran iniciativa futbolera: Deporte Gráfico, dirigida por otro escritor salsero, el pastuso José Arteaga.Autogol, de Ricardo Silva Foto:Archivo particularEn los últimos años se han publicado varios libros en Colombia que merecen estar en el podio, como los de Mauricio Silva, el primero sobre el 5-0 y el segundo sobre esa pasión que despierta Millonarios con El mejor equipo del mundo. También Nicolás Samper la reventó con su biografía sobre Falcao. Ricardo Silva Romero hizo un clásico sobre el asesinato de Andrés Escobar: su novela Autogol; hay dos películas futboleras: La pena máxima y Golpe de Estadio. Y el artista Álvaro Barrios, para el Mundial de Rusia 2018, hizo para la revista Donjuán una soberbia pintura de James Rodríguez en la que aparece como un atormentado san Sebastián. Y otro que hizo un dibujo de James fue Yoichi Takahashi, el creador de la serie animada Supercampeones.La música también ha tenido hits: en Italia 90 todos cantamos la balada Un’estate italiana, y en el 2010 el Waka Waka de Shakira fue un éxito mundial. Debo confesar que desde 1986, con Pique, no sé cómo se llaman las mascotas de los mundiales, pero todavía colecciono suvenires con el inolvidable rey de las mascotas: el inolvidable Naranjito de 1982, pero lo que nunca pasará de moda será el álbum de Panini. Es un deber de todo futbolero tener empastados todos los álbumes llenos, desde el de 1970 hasta el que ya viene, el que ya empieza, el Mundial en el que va a jugar Lucho Díaz.Señoras y señores, llegó el Mundial. Que nadie llame, que nadie ponga citas. El estado actual es, como alguna vez escribió Eduardo Galeano, “cerrado por fútbol”.Recomendado: Néstor Lorenzo en BOCASNéstor Lorenzo es la nueva portada de la Revista BOCAS. Foto:Retrato de Vladdo LEA TAMBIÉN Sigue toda la información de Cultura en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.