Es casi imposible separar el “Gol del Siglo”, el que marcó Maradona a los ingleses en el 86 y que allanó el camino a Argentina para alzar su segunda Copa del Mundo, del histórico relato de Víctor Hugo Morales: “Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?”. La imagen aparece en la retina de todos los que vimos ese gol en directo o en diferido (y lo seguimos viendo 40 años después), y la voz del periodista deportivo está pegada al gambeteo – “lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, el genio del fútbol mundial…”-. Está pegada al baile que da a los cinco ingleses incluido el portero que intentaron frenarlo – “ta-ta-ta-ta-ta… Gooooool... Gooooool... Gooooool... ¡Quiero llorar! ¡Dios Santo, viva el fútbol!”-. Narrar un partido es un arte que trasciende el momento, que hace a la cultura deportiva de un país y produce hitos en la memoria colectiva.

Por estos días mundialistas hay un debate abierto en torno al oficio del narrador. Las dos cadenas que tienen derechos de la transmisión de los partidos en España, Dazn y RTVE, han optado por reemplazar el esquema clásico de relator + comentarista + experto (normalmente un o una exfutbolista), por mesas (o sofás) de hasta cinco personas que conversan mientras ocurre el encuentro. En los foros de debate también conocidos como redes sociales, hay opiniones divididas: están los que valoran que la televisión se haya contagiado del formato conversacional más característico del streaming, los que agradecen una merma en los gritos apasionados que impregnan las retransmisiones sobre todo en Latinoamérica y a veces aturden, y están los que echan de menos ese relato que informa de lo que sucede, guía a la audiencia detrás del balón (quién lo tiene, a quién se lo pasa, por qué es peligroso que lo reciba tal mediocampista, qué jugador zurdo no va a pegar bien ese derechazo y viceversa). Los detractores, a su vez, también tienen distintas posiciones: los más tolerantes buscan alternativas al relato, como por ejemplo ver el partido en la TV mientras escuchan la narración en la radio, y los más radicales quieren silenciar por completo estos comentarios porque distraen de lo que está ocurriendo en el campo de juego. El debate no es nuevo: en 2008, Enric González ya abogaba en una columna por ver los partidos con el sonido ambiente de la tribuna. Para él, la banda sonora de las gradas suma una información muy relevante sobre el encuentro con su frialdad o su congoja o sus pitidos o su euforia.