El cambio climático genera fenómenos cada vez más extremos que desafían a la agricultura. Desde la ciudad argentina de Santa Fe, la investigadora Raquel Lía Chan creó semillas transgénicas que buscan combatir una de las grandes amenazas del campo: la sequía. Ella y su equipo del Instituto de Agrobiotecnología del Litoral lograron modificar semillas de trigo y soja a partir de un gen de girasol que activa un mecanismo de respuesta de las plantas al estrés por la falta de agua. Gracias a ese desarrollo que las vuelve más tolerantes a la sequía, Chan acaba de ser reconocida por L’Oréal-Unesco entre las cinco mejores científicas del mundo. Los organizadores del premio internacional reconocieron la importancia de su hallazgo para transformar “los fundamentos de la biología vegetal en innovación agrícola gracias a su descubrimiento de genes y mecanismos biológicos que mejoran la tolerancia de las plantas a los cambios ambientales”.Chan (Buenos Aires, 66 años) se recuerda como una niña muy curiosa, que preguntaba las cosas 20 veces hasta encontrar una respuesta que le pareciera válida, y señala esa curiosidad como el germen de su vocación científica. Alentada por sus padres, trabajadores sin estudios universitarios que como tantos argentinos veían en la educación una vía de ascenso social, estudió Química en Israel, hizo el doctorado en la ciudad argentina de Rosario y volvió a emigrar rumbo a Francia para hacer el posdoctorado. Al volver a su país natal, terminó por instalarse en Santa Fe cuando se creó la carrera de Biotecnología en la Universidad Nacional del Litoral, en los años noventa, y buscaban profesores de ingeniería genética y biología vegetal. Lo que había empezado como una pregunta —¿por qué algunas plantas se marchitan enseguida y otras no?— derivó en una investigación de décadas, con resultados reconocidos en todo el mundo. Cree que, salvo excepciones, los científicos no son genios, sino personas apasionadas por lo que hacen, resilientes y trabajadoras, como ella y su equipo. A finales de 2021, cuando el mundo se recuperaba tras la pandemia de covid-19, la Agencia de Bioseguridad de Brasil aprobó la venta de harina de trigo transgénico HB4. El teléfono de Chan no dejó de sonar durante días. Las semillas nacidas en su laboratorio santafesino —unos 450 kilómetros al noroeste de Buenos Aires— comenzaban a ganar terreno en los campos y mercados sudamericanos y a llamar la atención en países tan distantes como Estados Unidos y Australia. El premio, dotado con 100.000 euros, vuelve a ponerla bajo los focos y la científica responde en una rueda de prensa virtual desde la ciudad en la que reside desde hace casi tres décadas. “Es un reconocimiento a todo el equipo”, asegura. El galardón, el segundo consecutivo para una científica argentina, da visibilidad a las investigaciones nacionales en un momento de gran recorte presupuestario decretado por el Gobierno de Javier Milei. “A las ciencias experimentales nos está matando”, advierte Chan al hablar sobre una reducción de fondos que es generalizada, pero tiene todavía mayor impacto en disciplinas que requieren numerosos insumos para la investigación, como su instituto. Entre 2012 y 2016, esta científica fue directora del Conicet, el mayor organismo de investigación de Argentina. En esos años, la inversión en ciencia era del 0,3% del PIB, un porcentaje que considera insuficiente, pero que doblaba el actual, que ronda el 0,15%. La caída de las becas de investigación y de los fondos para financiar proyectos en curso han provocado una gran fuga de cerebros que no se detiene.“Retrocedimos varios casilleros”, lamenta antes de afirmar, categórica, que “para dejar de ser un país pobre hay que hacer ciencia”. Chan hace también autocrítica al señalar que los científicos deberían hacer más divulgación sobre su trabajo y la importancia que tiene para el desarrollo de cualquier país.La galardonada considera también que es necesario dar la batalla sobre los organismos modificados genéticamente. En su opinión, “los transgénicos se asocian con una mala palabra”, pero se trata de una opinión que responde más al desconocimiento que a evidencias científicas que demuestren que son dañinos para la salud. “El primer transgénico fue la insulina”, pone a modo de ejemplo, al contar que la hormona que hoy reciben los diabéticos para regular la glucosa en sangre se creó a partir de un organismo genéticamente modificado para evitar tener que extraerla del páncreas del cerdo, como antes. Cree que más pronto que tarde, también desaparecerán los recelos que hoy existen sobre cereales y otros alimentos modificados genéticamente.
Raquel Chan, científica argentina premiada por crear semillas tolerantes a la sequía: “Se asocia los transgénicos con una mala palabra”
La biotecnóloga ha sido reconocida con el Premio Internacional L’Oréal-Unesco por haber modificado el trigo y la soja con un gen de girasol adaptado al estrés hídrico












