EditorialLahbib Abdelaziz, asesinado por un dron marroqu�.E.M.Actualizado Martes,
junio
23:05Audio generado con IAEl asesinato del l�der saharaui Lahbib Abdelaziz pone de relieve la inquietante normalizaci�n de la pr�ctica de eliminar a dirigentes inc�modos mediante operaciones militares cuya legalidad apenas se debate, como muestra el silencio del Gobierno espa�ol y de buena parte de la comunidad internacional.La muerte de Abdelaziz -hijo del fundador del Frente Polisario y llamado a desempe�ar un papel central en el futuro del movimiento independentista- ha sido recibida con una llamativa indiferencia por el Ejecutivo, m�s all� de la petici�n de explicaciones de Sumar. Ese silencio resuena a�n m�s teniendo en cuenta que Marruecos atraviesa el periodo de mayor fortaleza diplom�tica de las �ltimas d�cadas gracias a la red de alianzas que Mohamed VI ha tejido alrededor de un objetivo central: consolidar la marroquinidad del S�hara.El monarca alau� ha convertido la diplomacia en una herramienta de poder tan importante como el ej�rcito. La normalizaci�n de relaciones con Israel, la estrecha sinton�a con Washington, el acercamiento a las monarqu�as del Golfo y una intensa ofensiva diplom�tica en �frica han ido inclinando progresivamente el tablero a favor de Rabat. EEUU reconoce la soberan�a marroqu� sobre el territorio desde 2020. Francia ha reforzado su respaldo al plan de autonom�a. Y Espa�a rompi� en 2022 con el statu quo para alinearse con la propuesta marroqu� en uno de los mayores giros de la posici�n tradicional de Estado desde la Transici�n que a�n no ha sido explicado. Cuatro a�os despu�s de la carta de Pedro S�nchez a Mohamed VI, los ciudadanos desconocen qu� obtuvo Espa�a a cambio ni cu�les eran los objetivos estrat�gicos perseguidos.La muerte de Lahbib Abdelaziz en este contexto puede interpretarse como la demostraci�n de fuerza de un actor que se comporta con creciente impunidad en un entorno geopol�tico que le es cada vez m�s favorable gracias el aval de Washington. La ausencia de reacci�n internacional pone de relieve un nuevo equilibrio de poder en el que algunos pa�ses act�an sin temor a represalias por saltarse las normas internacionales.











