Actualizado Martes,
junio
18:06Spielberg no es Stanislaw Lem. Tampoco es muchas otras personas —ni siquiera el Spielberg de ahora es exactamente el de hace 40 a�os—, pero de forma radical no existe nadie tan esencialmente distinto al cineasta estadounidense como el escritor polaco autor de, entre otras obras mayores, Solaris y que dej� esta reflexi�n para la posteridad: "No necesitamos otros mundos. Necesitamos espejos. No sabr�amos qu� hacer con otros mundos". Spielberg lleva toda una vida (confesi�n suya), desde que cumpli� cinco a�os exactamente, interesado en los OVNIS, en los contactos extraterrestres y est� convencido de que la c�lebre paradoja de Fermi (Si, como queda comprobado, hay tantas posibilidades de vida fuera de nuestro planeta, �por qu� seguimos sin saber nada de nuestros vecinos?) est� ya casi a punto (pero casi casi) de no ser m�s que un malentendido solucionable con un abrazo intergal�ctico. Y para que quede clara su postura profundamente humanista por c�ndidamente a favor de los extraterrestres y sus otros mundos, primero fue Encuentros en la tercera fase, luego ET, m�s tarde se tom� unas vacaciones de tanto optimismo con La guerra de los mundos y, por �ltimo, El d�a de la revelaci�n, la definitiva, pese a sus derivas entre m�sticas y solo extra�as.La pel�cula que hace la n�mero 37 de su filmograf�a se puede leer como un resumen perfecto de su concepci�n del cine en su vertiente m�s entusiasta, adictiva y popular. Y como tal funciona en fondo y forma. La cinta protagonizada mano a mano con solvencia y mucho cari�o por Josh O'Connor y Emily Blunt coloca al primero en el papel de ritual h�roe obsesivo y esencialmente bueno que antes que �l hicieran suyo actores como Roy Scheider, Richard Dreyfuss, Harrison Ford o Tom Hanks (O'Connor es menos machirulo que todos ellos), y a la segunda (soberbia) como esas mujeres que han surgido en la �ltima parte de su su cine al lado de la Meryl Streep de Los archivos del Pent�gono o Michelle Williams en Los Fabelman. Uno y otra, u una y otro, mejor, aparecen en la pantalla deslumbrantes y perfectos (y muy divertidos) como los representantes o portavoces de unos espectadores que ven en ellos la versi�n mejorada de lo que cualquiera de nosotros siempre quisimos ser: sensibles, amables, inteligentes, pugnaces y buenos en el mejor sentido de la palabra bueno. Pocos directores entienden tan bien el poder de la sala de cine para capturar las m�s secretas y, sin embargo, comunes ambiciones del patio de butacas.El d�a de la revelaci�n habla, ya se ha dicho, de la posibilidad del contacto en el Monte del Diablo o donde sea. Pero m�s all� de lo obvio, su centro de atenci�n es la pelea por dar o no a conocer (revelar, por tanto) la ingente informaci�n acumulada sobre los distintos encuentros que en la historia de la humanidad ya han sido. As�, de un lado se encontrar�an los que conf�an en la necesidad de que todo salga a la luz y, del otro, los que temen que demasiada luz ciegue m�s que ilumine. Como en Los archivos del Pent�gono, pero sin el Washington Post de por medio. Digamos que los ejes de coordenadas de Spielberg dan poca opci�n al desamparo, la confusi�n o incluso la iron�a.Con este punto de partida, y pr�cticamente desde la muy impresionante primera imagen de la primera secuencia, toda la pel�cula se entrega, a un ritmo entre desopilante (que no solo trepidante) y desquiciado, a correr con esa magistral coreograf�a de las escenas de acci�n de la que solo es capaz el director. Atentos a la secuencia del tren. Mientras, en una trama en paralelo entre el misterio y el desconcierto, un tipo extra�o y muy sabio (Colman Domingo) construye el escenario de una casa. S�, no es una casa, en un trampantojo que representa un hogar. Y mientras, un villano (que en verdad no es tal y al que da vida Colin Firth) ensaya merced a la tecnolog�a de otros mundos una suerte de viajes extracorp�reos en una persecuci�n incesante que tanto recuerda a las de Indiana Jones. Y mientras, un John Williams �pico. Y mientras, la versi�n m�s bizarra, desinhibida y, por momentos, desconcertante del director en mucho tiempo. Y mientras, la emoci�n, la emoci�n de un Spielberg empe�ado de un tiempo a esta parte en redactar su particular testamento vital. Si Los Fabelman contaban el camino hacia el cine del autor, �sta se atreve a narrar el por qu� de su insistencia y, apurando, de su eternidad. As� de ambicioso. Y raro incluso.La pel�cula se disfruta toda ella como un suspiro, como un acontecimiento, como una celebraci�n del cine por el cine, del optimismo frente a los agoreros, de la esperanza contra los c�nicos y del humanismo en su versi�n menos comprometida y antivoltairiana incluso. Se antojan discutibles, eso s�, las escenas m�s conflictivas o, por decirlo de alg�n modo, metaf�sicas (no diremos cu�les exactamente por aquello de no avanzar expectativas). Y la candidez con la que son tratados los medios de comunicaci�n es m�s propia de un hombre del siglo pasado (que, en definitiva, es lo que es Spielberg y lo que somos muchos de nosotros), de cuando era posible que la verdad pareciera de verdad y una mentira simplemente ofend�a. Eso que se ve en la pel�cula ya no pasa. Digamos que, de los dos finales superpuestos, uno de ellos brilla en su atrevida y casi gamberra inocencia y el otro descorazona en su ingenuidad abrasiva. Pero hasta esto es marca de la casa. Por apurar la cr�tica, y ya fuera de la pel�cula en su sentido estricto, no queda claro si es o no materia de pol�mica que la pel�cula coincida con el nuevo furor con aspecto de densa y est�pida cortina de humo con que ha vuelto la ufolog�a a la agenda pol�tica m�s descabellada. Pero eso es otro asunto.Lo que queda es una pel�cula para directamente zambullirse en ella y de su mano celebrar el mito inagotable de Steven Spielberg, pese a todo y pese a todas y cada una de sus rarezas. Quiz� la reflexi�n de Lem no ande tan lejos de la del propio cineasta: los otros mundos son en verdad espejos y ning�n espejo comparable en profundidad, claridad y emoci�n al cine, el cine de Spielberg.—Director: Steven Spielberg. Int�rpretes: Emily Blunt, Josh O'Connor, Colin Firth, Colman Domingo, Eve Hewson, Wyatt Russell. Duraci�n: 145 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.













