El próximo 31 de julio se cumplirán doscientos años del último auto de fe celebrado en España. Lo narró el historiador Josep Fontana en su libro “De en medio del tiempo: La segunda restauración española, 1823-1834” (Crítica, 2019):

“Cayetano Ripoll, nacido en Solsona en 1778 y educado en Barcelona -donde había aprendido «la gramática y algo de filosofía»-, fue soldado hasta fines de 1823 y, carente de recursos, se puso a enseñar las primeras letras a los niños de la huerta de Ruzafa, en las afueras de Valencia, con un interés y una abnegación ejemplares (…)La escuela donde enseñaba era una barraca que habían construido los propios vecinos”. Dijo a una vecina que “sabía más que los curas”, no quiso abjurar de sus errores ante sus inquisidores y fue sentenciado a morir colgado en la horca y a ser quemado. La sentencia precisó que como «en el día en ninguna nación de Europa se quema o materialmente se condena a las llamas a los hombres», la quema «podrá figu rarse pintando varias llamas en un cubo, que podrá colocarse por manos del ejecutor bajo del patíbulo ínterin permanezca en él el cuerpo del reo y colocarlo, después de sofocado, en el mismo».