El retorno de Irán a los enfrentamientos militares a gran escala con Israel ha agravado el conflicto que comenzó en febrero, no solo al convertir por primera vez los ataques israelíes contra Hizbulá en un casus belli directo para Irán, sino también al volver a involucrar a los hutíes de Yemen en el conflicto, con consecuencias aún impredecibles.
Algunos en Teherán, animados por lo que perciben como éxitos militares del pasado y envalentonados por el control del estrecho de Ormuz, desearían convertir este momento en un punto de no retorno en la conflagración con Israel. Una minoría acogería con agrado el abandono de las negociaciones de alto el fuego con EEUU, un resultado por el que llevan semanas presionando.
Pero incluso ahora hay otras voces en Teherán que creen que Irán puede, por el contrario, aprovechar las tensiones entre Israel y EEUU para acelerar un acuerdo con un presidente estadounidense desesperado por salir de una guerra que se está convirtiendo en una alarmante muestra de impotencia diplomática y militar estadounidense.
La publicación de Donald Trump en las redes sociales, en la que instaba a Irán e Israel a dejar de dispararse mutuamente, no daba la impresión de ser la de un hombre que tuviera el control de la situación. La decisión de Irán de anunciar que pondría fin a sus operaciones siempre y cuando no se produzcan nuevos ataques israelíes demuestra que los defensores de una guerra total son minoría.














