Siempre impresionan las primeras novelas capaces de exhibir una madurez técnica inesperada, y ese es el caso de Los incendios, de Marian Peyró, un debut en el que la estructura funciona como un engranaje perfecto, el tono se mantiene coherente en todo momento, y las intenciones generales de la autora no vacilan ni por un segundo. Pero más allá de todo esto, la lectura del libro también invita a preguntarse cuáles son esas intenciones o quién será el receptor adecuado.La novela española contemporánea lleva muchos años regresando a los pueblos, ya sea para mitificarlos, convertirlos en metáfora, reivindicarlos o condenarlos, y digo que “regresa” porque pocas veces (alguna hay) se escribe con la naturalidad de pertenecer a ellos, sino que se erigen en tema, fetiche o espejo para el urbanita. Por ahí van los tiros en Los incendios, que sería un reverso trágico, ochentero y sin costa (hablamos de un pueblo castellano) de Verano Azul.Peyró narra dos historias encerradas en cuatro días de agosto de 1988: la de dos madres que en su juventud se amaron, pero tuvieron que renunciar a ese amor por miedo a las habladurías y la condena social, y la de sus hijos, Cristina y Joaquín, guapísimos ambos, que se sienten atraídos nada más conocerse. Además, tenemos una especie de quinto en discordia (según la expresión de Robertson Davies), Paco, un chaval excéntrico que vive todo el año en Las Gargantillas, viste un traje absurdo, está enamorado de Cristina, y será fundamental en la evolución de los acontecimientos.La estructura funciona como un engranaje y el tono se mantiene, pero cabe preguntarse quién será el receptor adecuadoComo digo, hay recursos técnicamente complejos que Peyró maneja con una gran eficiencia. Pienso, sobre todo, en la combinación de puntos de vista, con capítulos narrados alternativamente por Cristina, su madre Ana María, Paco, la narradora e incluso el hermano de Cristina. El trenzado narrativo es impecable. Quizás le cueste algo más lograr que cada voz suene distinta a las otras, pero sí reconocemos ciertos matices.Ahora bien, conviene tener claros dos elementos conflictivos: estilísticamente, Los incendios es una novela con momentos algo retóricos que se arriesgan a sonar relamidos, en una cuerda floja que seducirá a algunas lectoras y a otras las alejará. Hablo de adjetivación y de metáforas, entre las cuales destaca la de los incendios forestales como correlato de las emociones que experimentan los personajes.Y este mismo elemento, el de los incendios, me lleva al segundo punto, que es la amenaza del cliché en una narrativa tan tradicional, tan necesitada de contrastes saturados y arquetipos. Por eso, el giro final de la trama de Cristina y su pretendiente Pedro resulta más predecible que fatal, aunque no le falte capacidad de impacto y simpaticemos con las intenciones de fondo.A cambio, Peyró resuelve muy bien otras escenas clave. Presten atención a esa misa de domingo con la que arranca el último capítulo, fantástica, plagada de detalles y observaciones sutiles, o en los corrillos de adolescentes en la plaza, tan verosímiles. También se atreve con varias escenas de sexo, siempre peliagudas, y sale viva del avispero. Y la atmósfera ochentera, con su música mainstream (Hombres G, A-ha, Raffaella…) sonando de fondo, está muy bien capturada.En definitiva, Los incendios no es la novela más “rabiosamente contemporánea” (por permitirme yo mismo un cliché) que van a leer este año, pero si usted es el target adecuado, disfrutará.Los incendios Marian Peyró Alianza, 2026230 páginas. 18,95 euros