“Recuerdo las pateras. No digo ver una, pero sí a los primeros niños que vinieron en ellas y que entraron a clase en el cole de Níjar. Entonces se introdujo la palabra patera en nuestras vidas. La primera fue una niña, luego llegaron más. No sabían castellano, acababan de llegar de Marruecos, estaban en situaciones complicadas. No hablábamos el mismo idioma y los metían en clase. Recuerdo la segregación. El racismo en el recreo. Y recuerdo, en ese recreo, intentar acercarme a esta primera niña, intentar jugar con ella. Nunca se llegaron a integrar con el resto. Pero eso me pasaba a mí también. Yo entendía ese sentimiento de que no perteneces. Imagino que ahí se conectó algo”.Ian de la Rosa no debería estar aquí, estadísticamente hablando, porque en el mundo no hay mecanismos que lleven a alguien como él a estar aquí. La gente nacida en una familia humilde de un pueblo con 40 asentamientos chabolistas en Almería, sin más vínculo con el universo cultural que la televisión de su casa, suele tener demasiado en contra para llegar a dirigir cine. Las personas trans con talento para las historias de gente pobre y marginada se encuentran con tantas puertas cerradas que se quedan en el camino antes de liderar a cientos de personas en un set con un guion escrito por ellas.Pero Ian de la Rosa (Almería, 37 años) está aquí, en su casa de La Latina, en Madrid, hablando de su película Iván & Hadoum, la historia de amor entre una inmigrante y un hombre trans, que se estrena esta semana tras haber sido aclamada en la Berlinale, donde ganó el Premio Teddy (el festival de Berlín se ha convertido en la primera parada de las grandes óperas primas españolas últimamente: Verano 1993, de Carla Simón; Cinco lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa; Sorda, de Eva Libertad, o Las niñas, de Pilar Palomero). O en el Festival de Málaga, donde recibió tres galardones. Es su primer largometraje tras dos cortos: el primero, Victor XX, lo hizo hace 11 años y fue premiado en Cannes (tercer premio en Cinéfondation); el segundo, Farrucas, estuvo nominado al Goya. “Lo que ha generado Iván & Hadoum sobrepasa lo que había imaginado y deseado en los muchos años que ha costado hacerla”, celebra.Detrás de estos éxitos hay una historia menos apoteósica, pero más interesante, la de alguien que es más él mismo estando aquí que donde el mundo le había colocado. Un hombre que un día de 2003, a los 15 años, dijo algo que le enfrentaba directamente a su entorno, la primera en una serie de luchas contra la propia identidad que le había sido impuesta:—Yo voy a dirigir películas.El adolescente, que entonces respondía por el nombre de Rosa, se lo dijo a sus padres, a su hermano pequeño y a una de las pocas amigas que tenía en clase, y en ese contexto aquello sonó como sonó. “En un ambiente como Níjar, eso está muy lejos. Más en una familia que no sabe nada, absolutamente nada, no solo de cine, sino de cualquier ámbito artístico. Mis abuelos apenas sabían leer o escribir: les pilló la Guerra Civil y fueron campesinos, incluso inmigrantes, porque no eran de Almería, eran de Granada y Jaén. Mis padres fueron los primeros de sus familias en ir a la universidad. Estudiaron Trabajo Social, quizá también por eso tengo esta cosa de lo social, aunque la etiqueta de cine social me da escalofríos, me parece elitista. Claro, mis padres, pobres, no se lo creían, no acababan de entender de dónde venía esto. ‘Pero si nadie de nuestra familia…’. No se rieron pero sí fue: ‘¿Cómo que directora de cine?’. ¡Pues como Almodóvar! Yo solo conocía a Almodóvar”.—¿Qué veía usted en estas películas para proyectar su identidad en ellas?—Me embelesaba. Vivía lo que estaba pasando. Como cualquier chiquillo, creo, no sé.—Hay niños que van para compositores y que al ver una película se fijan en la música. O que van para fotógrafos y se fijan en las luces.—Yo entraba en la historia, en la emoción. Las veía una y otra vez, obsesivamente, primero una y luego pasaba a otra. También la escritura siempre había estado ahí.—¿Le realizaba más ese mundo que el entorno que le rodeaba en ese momento?—Tenía una clara necesidad, a partir de los 15, de salir del pueblo. Era una rebelde. Me salvaba que era buena estudiante, en eso nunca fallé, pero tenía esa rebeldía. Era básicamente una infancia-adolescencia trans, de las que ahora se podría identificar mucho mejor, pero en el momento ni yo podía identificar. O, más que trans, de no conformidad con la dictadura del género (¿qué es el género, realmente?), el no adoptar ciertas reglas.Un detalle importante para entender de qué familia estamos hablando: De la Rosa es zurdo. En el colegio, en parvulitos, intentaron corregírselo y su padre les frenó: su hijo estaba bien como estaba. La falta de apoyo familiar suele ser el primer obstáculo de estas historias, el único insalvable quizá. No aquí. Los padres apoyaron a De la Rosa en esto, en el resto y quizá todo lo que haya salido bien después se deba a ese gesto. “Mis padres fueron mis primeros productores y, luego, mis mayores aliados”.Apoyarlo en este caso era aceptar que De la Rosa no estaba bien donde estaba, que, a diferencia de cualquier heterosexual, debía buscar su identidad fuera de la familia y no dentro de ella. Le dejaron mudarse a Granada a estudiar bachillerato artístico. “Tanto ellos como yo entendimos que me estaba ahogando emocionalmente en Níjar, que necesitaba otra cosa, que yo no encajaba. Creo que entendieron que ese paso era necesario para que yo pudiera no quedarme atrapado en ciertas cosas. Gracias a eso, entré en un camino de desarrollo, de apertura”. De Granada fue a Barcelona, a estudiar Dirección de Cine en la Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya (ESCAC). Para cuando se estaba graduando, a los 25 años, ya había iniciado los pasos para ser un hombre trans.—¿Qué pasó en esos 10 años, entre los 15 y los 25?—Fui lesbiana. Estuvo muy bien. Pero siempre había esa sensación, que había algo más y no sabía lo que era. Empecé a vislumbrarlo en Barcelona, cuando conocí a las primeras personas trans en mi vida, chicos trans. Recuerdo, al principio, el miedo, el querer huir de esas personas, el tardar un par de años en poder acercarme sin que me diera pavor. Tú sabes que hay algo por dentro que te está diciendo que ahí, en ellos, tienes un espejo, pero debes tener una madurez emocional, o al menos no tener más salidas, intentarlo todo antes de transitar. Porque es la última opción. Cualquier cosa te valdría antes. Como lesbiana, como sea, pero no dar esos pasos. Ahora mirándolo con la perspectiva del tiempo y con lo que soy hoy, digo: ay, tendría que haberlo hecho antes. No lo digo con pesar. Simplemente, guau, qué miedo tenías y mira lo feliz que eres ahora. Pero, claro, para llegar aquí…Su proyecto final de carrera fue su primer trabajo como director, el cortometraje Victor XX (2015). El protagonista, Victor, vive en Almería, todavía en el cuerpo de mujer con el que nació, todavía responde al nombre de Mari Ángeles, y todavía no le ha dicho a su novia marroquí, Rahma, que el tránsito se está convirtiendo en una inevitabilidad en su cabeza. “Ahí estoy yo, proyectándome”, sonríe De la Rosa. Hay un plano especialmente significativo a medio camino de sus 20 minutos de metraje: Victor, semidesnudo, se mira en el espejo; se cubre los pechos, se coloca un bulto en las bragas. Entonces saca una cámara de vídeo y se mira a través de la lente, como intentando entender su reflejo primero como imagen creada por él mismo. En sí mismo es un momento poético, pero sabiendo la vida de su creador, parece un testimonio de la relación de De la Rosa con el cine. “No he visto aparato más fuerte para ver los entresijos del alma que una cámara”, asiente. “La cámara desvela. Cuando está bien colocada, que no es siempre, desvela capas”.Victor XX tuvo suerte en Cannes pero confrontó a De la Rosa con otro gran obstáculo. “Fue un desierto volver de Cannes. Fue como: ah, has ido a Cannes. Quizá yo no estaba preparado, quizá no lo estaba nadie. La industria no atravesaba su mejor momento, eso seguro, no es como ahora, que está mucho más fuerte. En ese momento, tuve la sensación de que nunca volvería a rodar”. Era esa idea, meridiana y dolorosa, de que él efectivamente no debía estar aquí, porque qué hace alguien armado solo con su talento, carente de recursos sociales o económicos, en una industria como la del cine. “Es un deporte de ricos: por eso siempre hablo de la necesidad de escuela de cine pública. Hay muchas voces que se quedan en el camino y enriquecerían mucho el panorama. Yo me he pasado muchos años sin dinero, viendo cómo los de mi generación, mis contemporáneos, tiraban y hacían sus vidas normativamente hablando, lo que se supone que tienes que hacer tú. Su casa, sus hijos, sus proyectos vitales. Y yo no. No, es que yo asumí este riesgo a los 15”.Además, estaba la realidad de que él no solo era un chico de pueblo en un juego de ricos; era un hombre trans en un mundo cis. “En siglo y cuarto de historia del cine, ha habido ciento y pocos directores hombres trans: no hemos conseguido que hubiera más”, lamenta. La cultura sí ha tenido una fascinación con las mujeres trans en los últimos años: solo en el mundo hispanohablante, autoras como Alana S. Portero (cuyo best seller La mala costumbre comparte mucho del imaginario de De la Rosa) o Camila Sosa Villada (Las malas); estrellas musicales como Arca o Villano Antillano, personajes públicos como Elizabeth Duval o Valeria Vegas, actrices como Lola Rodríguez, películas como Una mujer fantástica (2017) han normalizado a un colectivo hasta entonces marginal. “Se ha avanzado muchísimo en 10 años y no a pasitos”, celebra De la Rosa. Los hombres trans no han tenido la misma suerte.Se refugió en el teatro (si el cine lo hacen los ricos para los pobres, el teatro al menos son pobres hablándole a los ricos): en la obra Trans (més enllà), estrenada en el Festival de Aviñón en 2018, contaba, junto a otros no actores, su experiencia. “Pude curar muchas cosas y entender de dónde venía al ver la reacción del público”. Ahí fue cuando dejó de firmar con su apellido, Ian Garrido, y pasó a llamarse Ian de la Rosa, un homenaje al nombre que fue suyo y del que no reniega. En 2020 contribuyó a los guiones de Veneno (2020), el primer drama de Los Javis y la primera gran serie sobre una mujer trans. Más tarde dirigió un capítulo en su continuación, Vestidas de azul (2023).Mientras, empezó a trazar su propio plan. Si todo iba a ser tan difícil, si para él cualquier proyecto iba a consumirle más años, más sacrificio, si todo iba a doler más que a los demás, ese proyecto tenía que valerle la pena. Tenía que salirle directamente del alma, porque su pedazo de alma le iba a costar. Debía reflejar su forma de ver el mundo, demostrar que sintiéndose tan desplazado en su lugar de origen, no estaba solo: ahí se acordó de su infancia, de los recreos, de las pateras. “Empecé a investigar el tema de la identidad trans más allá de lo transgénero. Lo hispanomarroquí, por ejemplo, es transcultural. Siento esta conexión de grupos política, identitaria y socialmente discriminados por no pertenecer a la hegemonía o no ser normativos, que se entienden entre ellos”. Hizo un corto bajo esta premisa: Farrucas (2021), sobre niñas hispanomarroquíes de El Puche, un barrio marginal de Almería, apoyado por la productora Carlotta Schiavon, quien acababa de fundar Vayolet Films y prometía dejarle libertad.Farrucas fue nominado al Goya, lo cual ayudó a dar el siguiente paso: un largometraje. Esta vez, De la Rosa añadió un componente explícitamente trans a la propuesta, pensando en el miedo que él había sentido a declararse así en su día. En los últimos años, sí, las mujeres trans del cine han pasado de ser monstruos —Juego de lágrimas, El silencio de los corderos, Psicosis— a ser personas, pero los hombres trans, históricamente inexistentes en la pantalla, siguen igual. “Y ¿qué es peor, no existir o existir aunque te castiguen? Te digo que es peor no existir. La no existencia es una violencia que no soy capaz de describir. El que tú no seas visible, que no hay nada con lo que compararte, es, no sé, ni un desierto. El desierto es arena, pero el vacío…, ¿cómo se lidia con eso? Por eso yo quería que mi primera película fuese una historia de amor con un chico trans. Me parecía tremenda la deuda que tenía el relato cinematográfico con cuerpos como los nuestros”.Iván & Hadoum es la destilación de todo este viaje, un victoria si no del colectivo, desde luego personal. Un recordatorio de la perogrullada más olvidada del cine: cuando se le dan medios a gente que es distinta, se muestran realidades distintas. En este caso, la historia de amor entre un carretillero en los almacenes de unos invernaderos almerienses, un hombre trans, y una mujer hispanomarroquí que trabaja en la cinta envasadora. Hay escenas de sexo trans que no se han visto antes en el cine español; los diálogos, que en estas historias suelen ser panfletarios, aquí son naturales y precisos. Hay esa cámara que, bien colocada, desvela capas. También para De la Rosa es el reflejo de su viaje. Cuando, en enero, ganó el Teddy en la Berlinale, él fue con un séquito de 15 personas. Sus padres; sus compañeros del teatro. Su novia, Mar.Aquel premio, más los tres de Málaga, sugiere una trayectoria larga para su director. Y, para él, más tiempo es más posibilidades de que siga sucediendo lo nunca visto. “La vida es muy larga. Veo clara la línea que quiero seguir y dentro de esa línea descubrir cosas que ahora soy incapaz de ver, porque de eso trata el juego. Si me etiquetaron de niña en el cole y mira lo que he hecho, ¿qué más pruebas necesitas para saber que todo muta?”.