Cuando tenía 15 años, mi madre migró a este país buscando una oportunidad para sostener nuestra vida. Durante siete años no pudimos abrazarnos ni compartir una comida ni acompañarnos en los momentos difíciles ni vivir juntas lo cotidiano. Crecí viéndola a través de una pantalla, escuchándola por llamadas o audios, aprendiendo a extrañarla mientras intentábamos sobrevivir cada una desde lugares distintos.
Hace apenas seis meses pudimos reencontrarnos nuevamente. Y creo que fue ahí donde entendí una realidad de la que casi no se habla. Cuando hablamos de migración, muchas veces hablamos de fronteras, de papeles, de empleo, de racismo, de pobreza o de violencia institucional. Y está bien hacerlo. Pero hoy quiero hablar de una parte de la migración que casi nunca se nombra: de las hijas e hijos que se quedan. De quienes crecimos viendo a nuestras madres marcharse para intentar sostener la vida desde otro país. Porque detrás de muchas mujeres migrantes hay también una generación de niñas y niños creciendo con miedo, incertidumbre y una sensación constante de espera.
Esperar a que mamá consiga trabajo, que consiga papeles, que encuentre un alquiler, que pueda enviarnos dinero, que pueda traernos. Y mientras tanto, una aprende a vivir con dudas demasiado grandes para la edad que tiene.













