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En 1977, una de las bandas más influyentes de la escena estadounidense decidió romper con las fórmulas tradicionales de la industria musical. En lugar de apostar por canciones breves y comerciales, presentó una composición de casi 17 minutos que ocupó por completo una cara del disco y combinó rock, folk, arreglos orquestales y una narrativa poco convencional.

Casi cinco décadas después, aquella apuesta continúa siendo considerada una de las obras más ambiciosas de la historia del rock. Se trata de Terrapin Station, la icónica composición de Grateful Dead que, pese a su extensa duración y estructura compleja, logró consolidarse como una pieza fundamental dentro del repertorio de la banda.

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La canción formó parte del álbum homónimo lanzado en 1977 y representó un cambio importante para un grupo conocido principalmente por sus extensas improvisaciones en vivo. Esta vez, la banda concentró toda esa creatividad en una producción de estudio cuidadosamente elaborada.