Héctor Schamis
Actualizado 08/06/2026 - 01:27h.
«Los regímenes autoritarios aprenden unos de otros. Comparten tecnologías y sistemas de propaganda. Detrás de Maduro están Cuba, Rusia, Irán, China y Hezbollah, proporcionando armas, sistemas de vigilancia y recursos de supervivencia económica. Hacen que el régimen sea más robusto y más brutal». Son palabras de Jørgen Watne Frydnes, presidente del Comité Noruego del Nobel, pronunciadas en diciembre pasado en la entrega del Nobel de la Paz 2025 a María Corina Machado. Se trató de un discurso valiente, una pieza de doctrina que identifica una verdadera 'Internacional de la Autocracia'. El Comité del Nobel denunció abiertamente a dictaduras que intentan ocultar sus crímenes detrás del velo de un lenguaje antiimperialista, supuestamente liberador y pretendidamente progresista. Era de esperar y desear, aquella fría mañana de Oslo, que el giro doctrinario en el Nobel tuviera influencia en la política exterior de la Unión Europea (UE).
Pues no ha sido el caso. Con frecuencia, la retórica antiamericana, de rutina en las dictaduras mencionadas, es bien recibida por el progresismo europeo. Ello ocurre en particular con la socialdemocracia escandinava, sobre todo en relación a la narrativa de la izquierda latinoamericana y especialmente en relación a Cuba. De hecho, ha prevalecido entre ellos una ingenuidad inadmisible: dar por sentado el discurso de La Habana a costa de la realidad. O sea, soslayando que se trata de un sistema de partido único en el cual se vota entre 470 candidatos para ocupar 470 escaños, donde la sociedad ha sido despojada de los más elementales derechos y libertades, el Estado jamás sufre un fallo judicial adverso y la misma familia ejerce el poder desde 1959. Se trata de un totalitarismo patrimonial; por ende, represivo. Nada de eso puede ser progresista.









