El hombre se rio nerviosamente.-Este es nuestro segundo suicidio de hoy.Su esposa a�adi�:-Nos re�mos porque, si no, llorar�amos.Llevaban 15 horas de viaje, y este era su segundo retraso porque alguien se hab�a colocado sobre las v�as para morir. Los dem�s pasajeros emitieron una ronda de sonidos resignados y contrariados -�ah�, �oh�- antes de volver a pegarse a sus tel�fonos. Luego todos empezamos a observar la actualizaci�n del retraso en la pantalla del vag�n: un minuto m�s, luego otro m�s...Como suele ocurrir en los trenes nocturnos, nuestras miradas iban alternando entre la miseria reflejada en los rostros de los dem�s viajeros y la nuestra propia en el cristal de la ventana. Cuando el tren entre Hannover y Berl�n volvi� a ponerse en marcha y el revisor comenz� a comprobar los billetes, nadie se molest� en preguntar si realmente alguien hab�a muerto. Todos solo quer�an llegar a casa.He escrito un libro sobre el hogar, sobre c�mo debemos redefinirlo para escapar de la locura pol�tica que ha estado devorando Europa durante los �ltimos diez a�os. Desde enero he estado viajando sin descanso: una interminable gira de presentaci�n por todo el continente. Y ahora, despu�s de innumerables trayectos, puedo afirmar -para que conste- que en 2026 los retrasos ferroviarios causados por intentos de suicidio habituales duran entre 15 y 20 minutos, mientras que los retrasos a�reos provocados por ciberataques son impredecibles.Y con la misma certeza tambi�n puedo decir esto: Europa est� exhausta, mucho m�s que una escritora que lleva seis meses durmiendo en hoteles por la noche y viajando o actuando durante el d�a. Es un agotamiento profundo, casi existencial. Y est� muy extendido, hasta el punto de convertirse en un aut�ntico esp�ritu de la �poca. Es este agotamiento profundo el que le da a Europa su nuevo rostro: un entumecimiento dif�cil de sacudirse, un coraz�n guardado en un congelador porque ya no quiere volver a romperse. Y reconozco ese estado. Es el coraz�n impotente de un superviviente que espera que pase el tiempo, quiz� incluso la vida misma, simplemente para que transcurra.En 2016, cuando tuve que abandonar mi pa�s pr�cticamente de un d�a para otro, comprend� lo que significa ser una superviviente. Si quieres seguir viviendo, tienes que anestesiarte emocionalmente, guardar tu coraz�n en el congelador y sentir menos. De lo contrario, la impotencia ante la incertidumbre, la falta constante de seguridad y la sensaci�n de haberte vuelto irrelevante pueden destruirte de forma irreversible.Cuando la vida se convierte en mera supervivencia, en una cuesti�n de seguir adelante, uno simplemente se calla y soporta mil golpes. Aprieta los dientes y contin�a.Desde fuera, puede parecer que una persona no tiene coraz�n. Pero, por dentro, hay un alma que lucha desesperadamente contra la vulnerabilidad, intentando mantenerse unida. Ese es el estado emocional de la Europa actual y, como he repetido en numerosos escenarios de este continente durante los �ltimos seis meses, las emociones colectivas tienen profundas consecuencias pol�ticas.Si haces pol�tica en Europa o reflexionas de cualquier manera sobre su futuro, ten en cuenta este hecho. La gente de este continente est� en modo supervivencia, en un profundo apag�n del alma que no puede disiparse con advertencias estridentes de cat�strofes ni con gritos procedentes de un futuro sombr�o. Sus rostros permanecen inexpresivos cuando se les habla del futuro en esos t�rminos.Por muy elocuente y convincente que seas, parecen casi aburridos cuando repites todos los argumentos apocal�pticos. Sin embargo, como ocurre con los supervivientes como yo, sus corazones solo se derriten cuando encuentran belleza, ternura y cualquier cosa que les recuerde su propia humanidad o vulnerabilidad. Y eso es algo que comprend� escuchando el sonido de su silencio.Cuando hablas desde un escenario, percibes los cambios sutiles del silencio. El silencio de la atenci�n genuina, el de los corazones abiertos, suena m�s suave que el silencio indiferente. Cuando tus palabras son absorbidas por ese tipo de silencio, como oradora, a pesar de la distancia entre el escenario y el p�blico, casi sientes una caricia sobre la piel, una caricia compasiva.Eso fue lo que ocurri� en �msterdam, hace ya no s� cu�ntas semanas, cuando pronunci� estas palabras muy suavemente: �Muchos piensan en los refugiados o los inmigrantes como personas que mendigan ayuda. En realidad, ellos llevan consigo sabidur�a. Llevan la sabidur�a de sobrevivir sin perder la moralidad. Son quienes lo han perdido todo y han tenido que reconstruirlo todo desde cero. La moral dominante de hoy nos dice que debemos sobrevivir por nuestra cuenta. Peor a�n, nos dice que solo podemos sobrevivir pisote�ndonos unos a otros. Pero los inmigrantes y refugiados saben que eso no es cierto, y muy pronto muchas m�s personas en Europa tendr�n que enfrentarse a esa realidad. No puedes sobrevivir solo. Solo puedes sobrevivir junto a otros. La moral dominante nos repite constantemente que los seres humanos son ego�stas, centrados en s� mismos y desagradables. Pero somos m�s hermosos que eso. Este mundo no nos permite ser tan hermosos como realmente somos�.Si me preguntan, no hay ninguna gran revelaci�n en lo que acabo de decir. Sin embargo, cada vez que pronuncio ideas como estas en escenarios de toda Europa percibo una especie de duelo silencioso en el ambiente. Como si toda la audiencia estuviera lamentando la p�rdida de su mejor versi�n, porque este mundo ya no les permite ser esas personas. Una sensaci�n de comuni�n llena el espacio, liberando al p�blico del peso de s� mismo.�Nos han ense�ado que el yo es algo que debemos proteger constantemente, cuidar y situar en el centro de todo. Pero, en realidad, el yo es la carga m�s pesada que existe, y todos necesitamos a otra persona que nos ayude a llevarla. No somos seres ego�stas, como nos dice el sistema dominante. Al contrario, somos seres capaces de desprendernos de nosotros mismos, y es as� como sobrevivimos y seguimos siendo humanos durante el proceso. La gran pregunta de nuestro tiempo es c�mo colocar esta verdad en el coraz�n de una pol�tica aut�ntica�.Despu�s, cuando se acercan a hablar conmigo, muchos tienen los ojos llenos de l�grimas. Y todos hacen la misma pregunta, con la voz temblando entre risas nerviosas:-No s� por qu� estoy llorando.Reconozco ese temblor, esa sensaci�n de desmoronamiento emocional inesperado. Es el momento en que la superviviente deja que se derrita su coraz�n congelado y recuerda a su yo fr�gil y agotado. Es la alegr�a de soltar por un instante la f�rula de acero del entumecimiento emocional, pero tambi�n el miedo a no poder volver a endurecerse para enfrentarse al mundo exterior.Este agotamiento y la sensaci�n de soledad que forma parte inseparable de �l tendr�n muchas consecuencias pol�ticas para Europa. Y no ser�n buenas. A menos que algunos pol�ticos valientes encuentren dentro de s� mismos la capacidad de hablar del amor humano y del coraz�n humano sin sentir verg�enza.Ece Temelkuran es periodista y una de las columnistas m�s influyentes de Turqu�a. Premio Internacional de Periodismo de EL MUNDO, es autora de Juntos: un manifiesto contra el mundo sin coraz�n (Anagrama, 2022)
El coraz�n exhausto de Europa
El hombre se rio nerviosamente.-Este es nuestro segundo suicidio de hoy.Su esposa a�adi�:-Nos re�mos porque, si no, llorar�amos.Llevaban 15 horas de viaje, y este era su...










