Una bandada de helic�pteros revolotea sin descanso el cielo de la plaza de Cibeles, donde m�s de un mill�n de personas aguardan con entusiasmo la ansiada llegada del papa Le�n XIII. Sobrevuelan el espacio a�reo para que no quede ning�n cabo suelto en cuestiones de seguridad. La marea de fieles se extienden m�s all� de la Puerta de Alcal�, llegan hasta la plaza de Col�n y se asientan junto al museo del Prado. Son algo m�s de las 9.00 horas y un mensaje se repite una y otra vez para desesperaci�n de m�s de uno: "�Probo, probo, probo!". Se ultiman en italiano los �ltimos detalles de la megafon�a, mientras la muchedumbre se hace preguntas sobre cu�l ser� la ruta del Papa. "�Har� la rotonda el papam�vil o acortar� para llegar al Ayuntamiento?", se pregunta uno de los asistentes, bajo un sombrero de paja con el que se protege de los afilados colmillos del sol madrile�o."Les pedimos que eviten levantar carteles y ondear banderas", advierten desde la organizaci�n, mientras un rumor se empieza a apoderar de ese gran templo al aire libre en el que se ha convertido la capital. "�Por all� viene el Papa!", avisa uno de los cientos de voluntarios, bajo la gorra naranja del uniforme. Resuena entonces el cl�sico mensaje que tienen por costumbre corear los m�s j�venes: "�Esta es la juventud del Papa!". Encara la rotonda de la plaza de Cibeles con algo de retraso respecto al horario previsto, pero, s�, respeta la rotonda, antes de acceder al consistorio madrile�o por la calle Alcal�.Y en el zagu�n del edificio, el Pont�fice recibe la Llave de Oro de la ciudad, de manos del alcalde de Madrid, Jos� Luis Mart�nez-Almeida, y en presencia de la Familia Real al completo. "Que Madrid siga siendo una ciudad acogedora e integradora, donde la vida en sociedad se inspire en los aut�nticos valores humanos", deja escrito en el Libro de Honor, un mensaje para el recuerdo de la capital, antes de que d� comienzo la gran celebraci�n. Probablemente, no haya mejor palco para vivir la gran cita con el Papa que el balc�n del Banco de Espa�a, donde un pu�ado de personas se arremolina para no perder detalle. Abajo, junto al escenario principal para 600 personas, sillas marcadas con el nombre de los asistentes m�s ilustres. "�En esta primera fila estar� Pedro S�nchez?", pregunta una joven, desconocedora de la ausencia del presidente del Gobierno. "A esto no viene. No le va", apunta su acompa�ante, que vienen de hacer doblete tras la vigilia de la plaza de Lima. Poco a poco las botellas de agua se van apropiando de la escena. Aprieta el calor.Miles de personas en la calle de Alcal� para presenciar la misa.ALBERTO DI LOLLIPero la misa no s�lo se vive en el coraz�n de Cibeles. Hay muchas historias alejadas de ese epicentro de la eucarist�a. Por ejemplo, la de Mar�a, de 52 a�os, que aguarda sobre la valla de la Biblioteca Nacional. Sujeta la silla de su hijo mayor, con discapacidad, y al que dice que no han dejado entrar al carril central de la Castellana para ver la celebraci�n. "Nos han metido en un sector donde daba el sol y no se ve�an las pantallas, y realmente yo he venido porque a �l, que no lo va a poder ver, le hac�a ilusi�n", protesta. Al ver la situaci�n, una voluntaria se ha acercado para conducirles hasta una carpa de descanso, donde han introducido la silla del chaval junto a los voluntarios, y desde donde alcanza a ver una de las pantallas que retransmiten el oficio.Reconocen los voluntarios que el aforo de los sectores estaba calculado al mil�metro y lamentan que haya personas que no hayan podido entrar. "Pas� lo mismo, da mucha pena porque se quedan fuera sin poder ver las pantallas, pero no podemos hacer nada", apunta Teresa, voluntaria del sector W9. Adriana, de 25 a�os, espera con un grupo de j�venes junto a un centenar de personas frente a un paso de cebra. "Ten�amos QR, pero no hemos podido entrar en nuestro sector, hay much�sima gente", apunta.M�s de uno, por cierto, lleg� hasta Cibeles a trav�s de las salidas de emergencia de Metro. En la estaci�n de Pr�ncipe de Vergara se abrieron esas compuertas ante la marea de fieles que quisieron vivir de cerca un hecho hist�rico. Decenas de sacerdotes, bajo paraguas blancos, dieron la comuni�n a cientos de personas, mientras las voces del coro y el incienso empapaban el coraz�n de la ciudad. Antes de la procesi�n del Corpus Christi lleg� la bendici�n de Le�n XIV. Una p�gina imborrable que ya forma parte de la historia de la capital.