Escribo esto desde Frankfurt, donde llevo más de cuarenta años y donde el debate filosófico alemán serio ocurre a pocos kilómetros. Han vive y trabaja en Berlín. Lo que puedo decir con certeza, desde este lado del Atlántico, es que en los círculos donde se discute a Habermas, a Honneth, a la herencia de la Escuela de Frankfurt, el nombre de Byung-Chul Han no aparece. O aparece como aparece una anécdota: con una sonrisa breve y un cambio de tema. Es sábado por la mañana. Sobre la mesa ratona —entre el control remoto y el vaso de agua— descansa un libro de tapa minimalista, título con resonancias germánicas. La sociedad del cansancio, La expulsión de lo distinto o La agonía del Eros. El título varía; el alivio que produce es siempre el mismo. Porque eso es, ante todo, lo que ofrece Byung-Chul Han: alivio. El lector abre el libro y encuentra su propio agotamiento devuelto en categorías. Ya no es que no llega, que no puede, que algo falla. Es que vive en una sociedad del rendimiento que explota al sujeto desde adentro. Como escribe Han: “La violencia de la positividad no es privativa, sino saturante; no es exclusiva, sino exhaustiva” (La sociedad del cansancio, p. 12).
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