En 1953, Berlanga estrenó su magistral película Bienvenido, Mister Marshall. Saltándose la censura, la película describe el momento de mayor pobreza del franquismo. Quince años después de terminar la Guerra Civil, el único proyecto vital de muchos jóvenes para huir de la pobreza era emigrar, así como conseguir favores políticos para geolocalizar las inversiones que venían del amigo americano. Las inversiones llegaron mucho después y no fueron por beneficencia. Llegaron porque Franco abandonó el sistema autárquico y la planificación, abrazó la economía de mercado, eliminó las trabas para hacer negocios y dio seguridad jurídica a las empresas internacionales para invertir en España. Setenta y cinco años después, es una pena que el genio de Berlanga haya fallecido y no pueda hacer una versión igual de cómica para dejar en evidencia el ridículo de nuestra clase política, de izquierdas y de derechas, en su afán por atraer inversiones chinas. China es el líder industrial mundial y es la única vez en la historia en que el líder ha sido formado y educado por los líderes anteriores. Las multinacionales americanas y europeas quisieron aprovecharse de los bajos salarios chinos y deslocalizaron masivamente su producción allí. Los chinos exigieron abrir sociedades conjuntas controladas por el Gobierno, producir buena parte de la cadena de valor en China, y no solo la maquila, además de imponer la transferencia tecnológica. Paralelamente, formaron a sus jóvenes ingenieros en las mejores universidades americanas y europeas. Desde el año 2000, especialmente desde 2015, China ya exporta bienes de alto valor añadido, con tecnología propia que, en muchos casos, es más avanzada que la de sus competidores occidentales. En 2015, Xi Jinping señaló en su plan quinquenal diez sectores clave para apoyar dentro de su política industrial: inteligencia artificial y digitalización, robótica, ingeniería oceánica y construcción naval, trenes, automóvil eléctrico, equipamiento eléctrico, maquinaria agrícola, materiales avanzados y biotecnología. Han cumplido esos objetivos con éxito y acaban de aprobar un nuevo plan quinquenal para seguir avanzando. Desde el año 2000, la producción industrial en Estados Unidos y Europa está estancada, mientras que en China se ha multiplicado por once veces Hasta 2007, su producción industrial crecía cerca del 20 % anual y se duplicaba cada tres años; ahora crece alrededor del 6 %, pero sobre una base que ya representa un tercio de la producción industrial mundial, más que toda la de Estados Unidos y Europa juntas. Donald Trump ya impuso un arancel adicional del 25 % a las importaciones chinas en 2017 y otro del 45 % en 2025. Las exportaciones chinas a Estados Unidos se han desplomado un 50 % en el último año, el consumo interno chino está deprimido tras el estallido de su burbuja inmobiliaria y las empresas chinas, como es lógico, buscan nuevos mercados en los que colocar sus productos y el principal mercado de consumo mundial es Europa. Opinión La prioridad del modelo chino es crear empleo y mejorar los salarios en China y, para los dirigentes chinos, el fin justifica los medios. Según el modelo Balassa-Samuelson, que enseñamos en las facultades de Economía, cuando una economía experimenta un shock tan intenso de productividad en su sector industrial exportador, el tipo de cambio tiende a apreciarse. El aumento de la productividad provoca una subida de los salarios que se traslada a los sectores de servicios, donde la productividad no crece tanto, lo que aumenta la inflación y provoca una apreciación del tipo de cambio real. A largo plazo, los tipos de cambio siguen la regla de Fisher y varían de forma similar al diferencial de inflación entre dos economías. Desde 1980, cuando China abandonó el sistema de planificación comunista —en el que los precios los fija el Gobierno— y migró hacia una economía de mercado —donde los precios los fijan las empresas—, el IPC se ha multiplicado por 6,5, mientras que en Estados Unidos lo ha hecho por cuatro. La diferencia supone un 250% más de incremento de precios en China y, manteniendo constante el diferencial de productividad, el tipo de cambio del yuan frente al dólar podría haberse apreciado en una proporción similar. El yuan cotizaba en 1981 alrededor de 1,5 por dólar y, según la regla de Fisher, podría situarse hoy cerca de 4. Sin embargo, cuarenta y cinco años después cotiza cerca de 7. Esto implica que, gracias a la infravaloración de su moneda, China abarata los salarios de sus trabajadores medidos en dólares, y esa es una de las claves de su competitividad y de su capacidad para inundar el mundo de productos más baratos que los de sus competidores. Si a la regla de Fisher le añadimos el efecto Balassa-Samuelson, China debería tener un tipo de cambio muy inferior a 7 frente al dólar. ¿Por qué China incumple las reglas macroeconómicas que parecen cumplirse en la mayoría de las economías? La respuesta, como casi todo en China, no es sencilla. Principalmente porque el Gobierno chino interviene en el tipo de cambio. Primero mediante un sistema de tipo de cambio fijo hasta 2005 y, desde entonces, mediante un régimen que los economistas denominamos "flotación sucia". Supuestamente, China tiene un tipo de cambio flexible desde hace veinte años, pero en la práctica no es así. Tener un tipo de cambio infravalorado encarece las importaciones y genera presiones inflacionistas. En teoría, ello debería conducir a una apreciación del tipo de cambio real. Sin embargo, eso no sucede principalmente porque China sigue contando con una enorme reserva de mano de obra procedente de regiones menos desarrolladas, con salarios más bajos y dispuesta a emigrar a las zonas urbanas más avanzadas, y el Gobierno mantiene un sistema de permisos de residencia que limita la movilidad interna. Por otro lado, China exige a las empresas extranjeras producir en el país una parte sustancial de la cadena de valor y, en muchos casos, transferir tecnología. También desarrolla políticas industriales que en Europa denominaríamos compra pública innovadora. Por ejemplo, BYD tiene su sede en Shenzhen y el ayuntamiento de esa ciudad aprobó un plan para electrificar toda su flota de autobuses, adjudicando los contratos a BYD. China también manipula el tipo de interés. En China apenas existe un Estado del bienestar y las familias mantienen históricamente tasas de ahorro muy elevadas por motivos de precaución. En 2025, la tasa de ahorro familiar rondó el 25 %, aproximadamente el doble que en España. Ese dinero tiene muchas restricciones para invertirse fuera del país y una gran parte termina en depósitos bancarios con remuneraciones muy bajas. Con esos recursos, el Gobierno fuerza a los bancos a conceder préstamos a las empresas por debajo de los tipos de mercado. Eso ayuda a explicar la sobrecapacidad de numerosos sectores y los reducidos márgenes empresariales. La consecuencia es que China remunera poco al capital. Ello ayuda a explicar que la bolsa de Shanghái siga en 2026 por debajo de los niveles alcanzados en 2007, mientras que la bolsa estadounidense se ha multiplicado varias veces desde entonces. BYD ha pasado de producir 100.000 coches en 2018 a cerca de cinco millones en 2025, pero el precio de la acción vale aproximadamente lo mismo que hace 8 años. Es decir, BYD es un enorme éxito empresarial, salvo para sus accionistas. El objetivo prioritario del Gobierno chino es crear empleo y elevar los salarios. La intervención pública en la economía es muy intensa y resulta difícil sostener que China sea una economía de mercado caracterizada por un capitalismo salvaje. ¿Por qué vienen las empresas chinas a invertir en España? Fundamentalmente porque la Comisión Europea y el Consejo de la Unión Europea han impuesto aranceles, especialmente a los automóviles. Sin embargo, fieles a su modelo, muchas empresas intentan traer trabajadores y componentes desde China y evitan la transferencia tecnológica. ¿Por qué nuestros políticos, de izquierdas y de derechas, les ponen la alfombra roja, les ceden suelo industrial y les conceden ayudas públicas sin apenas condiciones? Porque repiten la ingenuidad que Berlanga caricaturizó en Bienvenido, Mister Marshall. Si una empresa china quiere producir en España, debería traer aquí una parte sustancial de la cadena de valor, contratar trabajadores españoles y operar bajo las reglas laborales y sindicales españolas, como hicieron durante décadas muchas empresas alemanas, francesas o americanas. Si además aporta tecnología, debería facilitar también su transferencia, tal y como China exigió a las empresas occidentales. Otro caso flagrante que apenas se comenta y que podría provocar tensiones industriales es el del tabaco. Las empresas estadounidenses y europeas del sector llevan décadas operando en Europa y España; compran hoja de tabaco en Extremadura, producen y desarrollan tecnología aquí, cumplen la regulación europea y pagan salarios por encima de la media. Con estas inversiones, están transformando un modelo productivo y han convertido a Europa en líder de producción y exportador de productos sin combustión. Mientras tanto, China está inundando el mercado español con estos productos, muchos de ellos sin cumplir con la estricta legislación europea y a través de contrabando, eludiendo impuestos y controles. Esta asimetría comercial les permite vender a precios mucho más bajos, en competencia desleal, perjudicando en última instancia a las empresas legítimas que operan dentro de la ley, y poniendo en riesgo la alta calidad exigida y necesaria en este tipo de productos, la seguridad de los propios consumidores y el liderazgo europeo en este sector industrial. O Europa adopta una estrategia industrial más firme frente a China o la crisis industrial continuará agravándose. Con el tiempo hemos aprendido que fue un error permitir su entrada en la Organización Mundial del Comercio sin exigir previamente una convergencia regulatoria más profunda. El pasado no puede cambiarse, pero sí pueden tomarse decisiones para el futuro. Como dice el proverbio chino, todo gran camino empieza por un paso. El primer paso sería exigir que las empresas que se instalan en Europa generen empleo local, desarrollen cadenas de suministro locales y compitan bajo las mismas reglas que las empresas europeas.
Bienvenido, Mr. Chang
China exige duras condiciones a las empresas españolas que se establecen allí y, sin embargo, en España les ponemos alfombra roja sin exigirles que cumplan esas mismas condiciones aquí
China multiplicó producción 11x desde 2000, liderando 10 sectores (IA, robótica, auto eléctrico) con tecnología propia competitiva. Con aranceles US 45% y yuan infravalorado, inunda Europa con productos competitivos en precio, replanteando supply chain y sourcing tech.








