ExplicativoEl ejercicio se ha transformado en una extensión de la jornada laboral, volviéndose una carga y no una cura para la salud.Al registrar datos personales de forma sistemática con aparatos como relojes inteligentes, el ejercicio ha pasado de ser un alivio del estrés a ser una de sus fuentes. Foto: iStock06.06.2026 22:01 Actualizado: 06.06.2026 22:01

En las últimas décadas, la frontera entre la actividad física y la lógica de mercado se ha vuelto casi invisible. Lo que antes era una expansión natural del cuerpo y un espacio de recreación, ha sido colonizado por la lógica productiva. Hoy no “hacemos deporte” sino que más bien “producimos bienestar”. El ejercicio físico se ha transformado en una extensión de la jornada laboral, afectando a la salud física y mental de niños y adultos, y desconectándolos de la esencia misma del movimiento humano: el placer.Un impacto preocupante de esto se observa en la infancia. Tradicionalmente, el juego era un espacio autogestionado, sin más reglas que las que los propios niños establecían y sin más fin que el disfrute. Sin embargo, la obsesión actual por el rendimiento competitivo precoz ha profesionalizado el patio de recreo. LEA TAMBIÉN Cada vez más temprano los niños son inscritos en disciplinas con entrenamientos estructurados y metas rígidas. Esta exigencia no viene sin consecuencias: desde el punto de vista fisiológico, la especialización y el entrenamiento de alta intensidad temprano provocan daños musculoesqueléticos que antes eran exclusivos de atletas olímpicos: fracturas por estrés, tendinitis crónicas y daños en las placas de crecimiento, ignorando los consejos de sociedades como la American Medical Society for Sports Medicine, que recomienda como norma no entrenar más horas semanales que la edad del niño en años. Pero el daño más profundo es el simbólico. Al sustituir el juego libre por la competencia reglada, el niño deja de explorar su cuerpo de forma creativa. El movimiento se vuelve una respuesta a una orden externa, no un impulso interno. Cuando el deporte se convierte en “trabajo” antes de los diez años, el riesgo de abandono deportivo —un burnout infantil— es altísimo. Luego, al llegar a la adolescencia, muchos jóvenes asocian el ejercicio con la presión y el fracaso, alejándose para siempre de una vida activa.El cuerpo está diseñado para moverse; la dopamina y las endorfinas son los premios evolutivos por el movimiento. Pero cuando ese movimiento está mediado por la presión del resultado, la gratificación se desplaza del proceso al dato finalUn segundo empleoEn la edad adulta, la distorsión toma otra forma: la cuantificación. Vivimos en la era del self-tracking: la práctica de registrar y analizar datos personales de manera sistemática a través de la tecnología. Relojes inteligentes, aplicaciones de rendimiento y redes sociales han convertido el trote matutino o la sesión de gimnasio en un conjunto de datos que deben ser optimizados. El ejercicio ha pasado de ser un alivio del estrés a ser una de sus fuentes. Cuando el valor de una actividad física depende exclusivamente de las calorías quemadas, los kilómetros recorridos o la comparación con los estándares de una comunidad digital, el cuerpo deja de ser un sujeto para convertirse en un objeto de gestión. Esta “obligación medible” genera una relación neurótica con la salud. Si el reloj no registra la actividad, parece que esta no ha ocurrido. Si no se superan las marcas del día anterior, el sentimiento es de ineficacia. Esta presión no solo agota la mente: destruye el cuerpo. La lesión por sobreúso en aficionados es el resultado directo de ignorar las señales propioceptivas —información sensorial generada en músculos y articulaciones que permite al cerebro conocer el movimiento y fuerza del cuerpo— del organismo en favor de las métricas. LEA TAMBIÉN El adulto moderno, agotado por su jornada laboral, se impone un entrenamiento extenuante bajo la premisa del “no pain, no gain” (sin dolor no hay ganancia), ignorando que el cortisol generado por el estrés competitivo se suma al estrés profesional, lo que desemboca en fatiga crónica y desmotivación. La consecuencia final de todo lo anterior es la pérdida del placer natural.El cuerpo está diseñado para moverse; la dopamina y las endorfinas son los premios evolutivos por el movimiento. Sin embargo, cuando ese movimiento está mediado por la presión del resultado, la gratificación se desplaza del proceso al dato final. Ya no se disfruta el correr, se disfruta el haber terminado y haber cumplido la meta.Esta desconexión nos vuelve analfabetas corporales. Dejamos de saber cuándo nuestro cuerpo necesita descanso, cuándo necesita un estiramiento suave o cuándo pide un esfuerzo explosivo, porque la planificación externa manda sobre la sensación interna. LEA TAMBIÉN Cambiar el ‘chip’Para restablecer nuestra salud y equilibrio, es necesario desmantelar la idea del deporte como producción. Volver al movimiento lúdico significa redescubrir la actividad física como fin en sí mismo. No es abandonar el esfuerzo, sino cambiar el motor que lo impulsa.En la infancia debemos reivindicar el juego, devolviendo a los niños ese tiempo no estructurado, con menos ligas competitivas y más árboles a los que trepar. El juego libre es la base del desarrollo cognitivo y emocional: el espacio donde se aprende a negociar, a imaginar y a amar el movimiento por lo que se siente, no por la medalla que se gana. En los adultos, el primer paso hacia la salud es, paradójicamente, dejar el reloj en casa de vez en cuando. Escuchar el ritmo de la respiración sin compararlo con un gráfico de frecuencia cardíaca. Permitirse entrenar a una intensidad baja solo por el placer de sentir el aire o la fuerza de los músculos, sin la presión de la ‘quema calórica’ y centrándose en el propio movimiento lúdico como una invitación a la exploración. Probar una disciplina nueva no para ser el mejor, sino por la curiosidad de aprender un patrón motor diferente. LEA TAMBIÉN Si logramos separar el movimiento de la lógica del beneficio y el rendimiento, no solo reduciremos las lesiones y el agotamiento, sino que recuperaremos un pilar esencial del bienestar humano: la alegría de moverse por el simple y maravilloso hecho de hacerloSolo así, el ejercicio dejará de ser una carga para volver a ser una medicina no solo para el cuerpo, sino para el alma.GONZALO MARTÍN PÉREZ ARANA (*) Y ANTONIO RIBELLES GARCÍA (**)The Conversation (***)(*) Profesor titular de Anatomía y Embriología Humana, Universidad de Cádiz,(**) Profesor titular de Anatomía Humana, Universidad de Cádiz.(***) Es una organización sin ánimo de lucro que busca compartir ideas y­ conocimientos académicos. ­Este artículo es reproducido aquí bajo licencia de Creative Commons. Sigue toda la información de Salud en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.