El hombre moderno tiene terror del avance de la historia. Terror al verse empujado adelante por el nuevo grito tecnológico o sentir que se cae del tren de la Historia. En el sur de Luisana, fuera de cuadro del híperturístico carnaval de Nueva Orleans y en pueblos que a veces ni siquiera los vigilan los GPS, el Courir de Mardi Gras desata un eterno retorno carnavalesco fuera de la Historia y que dista de ser un caos. Porque roza la celebración, la chispa que nos hace humanos y no bots, y que mantiene a los hombres y mujeres unidos en comunidad e identidad. Primero el cuerpo: apuntes de una ensoñación de Carnaval, de Kevin Rabalais, un reportaje en blanco, negro y barro, fotografías y crónicas, es la invitación a que el diablo meta la cola. Y dispare un tiro para el lado de los justos, en los pantanos del Tío Sam. O más bien se ponga en carrera, que es el antiguo sentido de courir en francés, la lengua de los inmigrantes galos católicos que arribaron a América en el siglo XVIII. Perseguidos en Francia, luego desplazados por los colonizadores ingleses, y a posterior silenciados por the americans, en estas zonas olvidadas pero inspiradoras de la cultura gótica norteamericana, los rebautizados cajún viven un reverdecer de sus costumbres, en la cual la tradición de los Mardi Gras cumple un legado iluminador. Kevin Rabalais, narrador y docente norteamericano, fotógrafo en el hálito documentalista de Dorothea Lange y Sebastião Salgado, hace una década emprendió la aventura de integrarse a estas corridas de veinticuatro horas previas a la contrición de Cuaresma. Trabajadores petroleros, rurales y portuarios se visten con sobras de la sociedad del consumo y salen a los caminos con el lema “Peca. Arrepiéntete. Repite”, cantar, comer y gozar.