Considerando en fr�o"El Papa agustino, misionero y matem�tico, sabe que el hombre no florece a pesar del l�mite sino a trav�s de �l"El papa Le�n XIV preside una Vigilia de Oraci�n con j�venes en Madrid.EFEActualizado Domingo,
junio
01:56Audio generado con IANo es la cultura del enfrentamiento sino la del encuentro la que genera estabilidad. No debemos caer en la tentaci�n de ganar popularidad avivando el fuego de la polarizaci�n. Los enfoques identitarios pueblan el mundo de fantasmas. Se necesitan hombres y mujeres que intuyan en la oscuridad la luz.Con cuatro sentencias rotundas fij� Le�n XIV el guion moral de su visita apost�lica a una Espa�a que vuelve por desgracia machadiana a ser el trozo de planeta por donde vaga errante la sombra de Ca�n. La primera autoridad moral del mundo estrech� la mano de la pen�ltima -seamos piadosos con PS en lo que dure el santo viaje- y tambi�n la de Felipe VI, a quien se le ve notoriamente c�modo en la cercan�a de Le�n, como si hablaran un mismo lenguaje institucional. Este Papa es estadounidense pero es hispanoamericano, luego es espa�ol. Por eso cit� enseguida al Big Four del santoral patrio: Santiago, Juan de la Cruz, ��igo de Loyola y Teresa de Jes�s. Cuatro nombres incalculables que no solo cambiaron la historia de la fe sino tambi�n de la literatura. As� lo reconoci� el Rey: "La fe cat�lica est� enraizada en nuestro pa�s, y sin ella nuestra historia y nuestra cultura no se entender�an". La mejor izquierda siempre lo comprendi�; la peor derecha nunca lo valor�.Prevost comenz� la visita con buen pie doctrinal: sin bajarse del avi�n ya se hab�a declarado madridista. "El Papa es de todos los equipos, pero Prevost es del Real Madrid". Que me corrija Florentino si me equivoco, pero sospecho que estamos ante al primer pont�fice verdaderamente blanco de la historia. Quiz� la elecci�n del Santiago Bernab�u para el multitudinario encuentro de ma�ana cumplir� una secreta ilusi�n del alma prevostiana, al modo en que el secretario papal Voiello cultivaba secretamente su afici�n al N�poles en la sagrada serie de Sorrentino.Pero Prevost es un agustino, y eso significa conciencia hist�rica, altura intelectual y entrega misionera. Por eso, tras cumplir con el besamanos en el Palacio Real y formular los principios de su viaje se dirigi� a un centro de acogida del barrio de Lucero, gestionado por C�ritas en la encrucijada que conecta Carabanchel, Latina y Aluche: el otro Madrid. Porque como apunt� el cardenal Cobo, la ciudad de Dios de san Agust�n se empieza a construir desde los lugares que Italo Calvino llamar�a las ciudades invisibles. "Si est�s en Madrid, eres de Madrid", dijo Cobo, lo que viene a ser una reformulaci�n castiza de esa antigua verdad que anima al peregrino seg�n la cual todos los caminos llegan a Roma.Consciente del foco que siempre le acompa�a, Prevost elige depositarlo sobre el recinto de los descartados. Los rostros que seg�n su enc�clica deben seguir ocupando el centro de la historia, si no queremos despe�arnos por la pendiente del tecnofascismo preconizado por pijos siniestros como Peter Thiel, que confunde al ser humano con un algoritmo seguramente porque nadie le quiso a tiempo, y ya es tarde para un amor desinteresado.Los j�venes se agolpan en la plaza de Lima con sus mochilas colmadas de una ilusi�n que los gur�s de los partidos pol�ticos contemplan con una mezcla de estupor y envidia. Ser� muy f�cil estos d�as componer la triste figura del racionalista altivo, incapaz de comprender a esos chavales traicionados por todas las ideolog�as que acuden a o�r a un se�or de 70 a�os vestido de blanco. Al parecer no promete la clave del �xito para invertir en criptos sino que repite un mensaje que acumula ya dos mil a�os. Una veintea�era da testimonio de su conversi�n; otro explica la causa inexplicable de que en el �ltimo momento decidiera no tirarse por la ventana; aquel ha hallado fuerzas renovadas para cuidar de su padre, postrado hace a�os en una silla de ruedas.El Papa agustino, misionero y matem�tico, sabe que el hombre no florece a pesar del l�mite sino a trav�s de �l. Sabe tambi�n que el verdadero realismo no reduce la pol�tica a la moralidad, pero tampoco la entrega a la violencia. Los m�s perspicaces extraer�n claves oblicuas de sus discursos a los espa�oles -me remito al primer p�rrafo-, pero que nadie espere de �l un posicionamiento ideol�gico al uso, un gui�o a la oposici�n o una mano al Gobierno. El programa de Le�n XIV no se mide en legislaturas. Lo suyo no es dictar un mandato sino m�s bien cursar una invitaci�n. La destina al fiel y al ateo, al religioso y al profano. Y a ninguno de nosotros, extenuados habitantes del pa�s del muro, siquiera por el espacio de siete d�as nos viene mal alzar la mirada.












