A todos nos ha pasado alguna vez. Te despistas un momento, hueles algo raro y cuando vuelves a la cocina… ya es tarde, el guiso se ha agarrado. No hace falta entrar en pánico ni tirarlo directamente, porque en muchos casos se puede salvar con algunos trucos sencillos. Lo importante es actuar rápido y no empeorar la situación. Con un poco de cuidado, puedes arreglar el plato y, de paso, aprender para que no te vuelva a pasar. Porque sí, esto forma parte del aprendizaje en la cocina, aunque fastidie en el momento.

Lo primero: no remover el guiso

Cuando detectas que un guiso se ha quemado, el error más común es removerlo enseguida. Es lo peor que puedes hacer, ya que mezclarás el sabor quemado con el resto del plato. Lo mejor es retirar la olla del fuego inmediatamente y dejarla reposar unos minutos. Así evitarás que el calor siga cocinando y empeore el problema. Este paso es clave, tanto si estás haciendo unas lentejas estofadas como un pollo guisado o un ragú de ternera. Mantener la calma aquí marca la diferencia.

Cambiar el guiso de recipiente

Una vez apartado del fuego, pasa el contenido a otra olla limpia, pero sin rascar el fondo. Lo que se ha pegado se queda donde está, y tú te llevas solo la parte aprovechable. Hazlo con cuidado, usando una cuchara o cazo, para no arrastrar restos quemados. Puede parecer un detalle menor, pero es fundamental para salvar el plato. Este truco funciona especialmente bien en recetas como un cocido de garbanzos o un estofado de ternera, donde hay bastante líquido.